¿Cuánto vale tu trabajo? La perversa lógica de la productividad

No es un misterio que no todos cobramos lo mismo. Hay profesiones que están mejor remuneradas que otras y hay paí­ses donde es más sencillo obtener un buen salario que en otros. Los que cobran poco siempre suelen tener una respuesta similar a su situación: son poco productivos.

La productividad se ha convertido en la palabra mágica de la economí­a. Los trabajadores son bombardeados continuamente con esta idea y se ha convertido en la excusa ideal para ir arañando poco a poco derechos laborales. Así­, se rompen contratos continuamente por «falta de rendimiento» y se imponen horas-extra, a menudo no remuneradas, para cumplir los objetivos.

En general, se define la productividad como la relación entre la producción y la cantidad de recursos utilizados para alcanzar dicha producción. Según esta definición, la productividad estarí­a desligada de las posteriores ventas del producto (excepto para aquellos cuyo trabajo sea propiamente vender) y, por tanto, los salarios también deberí­an estarlo, en caso de seguir la lógica arriba señalada. Así­, si un trabajador consigue ensamblar 3.000 piezas por hora, en vez de 2.000, su salario deberí­a ser mayor.

Sin embargo, numerosos estudios aseguran que el crecimiento de los salarios de la mayor parte de los trabajadores no ha ido de la mano de la productividad, que ha experimentado un  gran empujón durante los últimos siglos, primero con la Revolución Industrial y luego con el desarrollo de nuevas tecnologí­as.

Lo cierto es que los salarios, en general, no están directamente relacionados con la productividad. O al menos, no con ese concepto de productividad. Porque muchos aseguran que cuando se habla de productividad se hace referencia a los beneficios que la empresa obtiene con lo que ha sido fabricado, incluyendo, por tanto, las ventas y muchas otras variables. En muchas empresas este concepto sí­ que funciona, pero a menudo, los incentivos por mayores beneficios son destinados sólo a una pequeña parte de los trabajadores situados en los puestos más altos.

En general, los salarios se determinan por la capacidad de negociación del trabajador. La existencia de salarios mí­nimos más altos, los movimientos sindicales fuertes o las leyes laborales amplias suelen ser sinónimo de mejores condiciones laborales. Dentro de esta capacidad de negociación se sitúa además la exclusividad de las competencias del trabajador. Es decir, sustituir a un trabajador de una cadena de montaje en la que tiene que hacer un único movimiento suele ser sencillo, pero encontrar a un buen ingeniero industrial es más complicado, especialmente si se requieren habilidades especí­ficas. Y esto último sitúa al trabajador en una posición más fuerte a la hora de negociar el salario.

La productividad es, sin duda, un concepto útil para evaluar la actividad de una empresa pero es utilizada demasiado a menudo para violar derechos laborales. Así­, los defensores de las sweatshops, las fábricas con pésimas condiciones laborales que pueden encontrarse en la mayor parte de paí­ses subdesarrollados, aseguran que sus trabajadores cobran poco porque no producen lo suficiente y que sus trabajadores son además afortunados, porque cobran por encima del salario medio del paí­s (lo cual, a veces es cierto, y a veces no). Sin embargo, cuando Apple asegura que ha ganado 8.800 millones de dólares en beneficios netos durante el segundo trimestre de 2012, el concepto de baja productividad de sus trabajadores chirria un poco.

Hace unos dí­as se publicó un interesante informe, realizado por el banco suizo UBS, en el que se poní­a en relación el precio de los bienes y los salarios percibidos en 72 ciudades de todo el mundo. El estudio es especialmente interesante porque evalúa de una forma muy gráfica cuánto vale el trabajo de cada uno, determinando cuál es el tiempo necesario para comprar diferentes productos.

El informe muestra algo que ya se sabe sobradamente: algunos paí­ses tienen un mayor poder adquisitivo (entendido como la cantidad de bienes que su población puede comprar con la masa monetaria disponible) que otros. Así­, los habitantes de paí­ses en desarrollo necesita trabajar entre 4 y 10 veces más para poder comprar productos básicos. Sorprende, por ejemplo, que en Manila, capital de Filipinas, uno de los paí­ses con una gran producción de arroz, se tenga que trabajar 28 minutos para comprar un kilo de este producto, cuatro veces más que en Ginebra.

Lo que no dice el informe, aunque se puede deducir fácilmente, es que los trabajadores de los paí­ses en desarrollo no sólo son pagados por debajo de los salarios de los paí­ses ricos, sino de su propio nivel de vida, aunque trabajen en una sweatshop. Son los denominados trabajadores pobres (working poor). Bangladesh, paí­s que no está incluido en el estudio, es el summum de esta lógica. Con una de las densidades de población más altas del mundo, los salarios se encuentran también entre los más bajos. Comprar un apartamento en Dacca, la capital, puede, sin embargo, costar lo mismo que en Europa, debido a la fuerte demanda.

Por otra parte, tampoco se plantea a menudo la variable contraria: ¿cómo afectan los bajos salarios a la productividad? Una pobre remuneración obliga a los jornadas de trabajo más largas, lo que afecta a la condición fí­sica y la salud de los empleados. En casos extremos, las pobres condiciones salariales llevan a desnutrición y los trabajadores sufren desmayos y otros tipo de enfermedades, que sin duda afectan a la producción, como en el caso que ya vimos sobre Camboya. Además, los bajos salarios de los padres obliga a menudo trabajar a los hijos, que no pueden obtener una educación, que aumentarí­a su productividad futura.

Por supuesto, esta lógica no se da únicamente en paí­ses en desarrollo. Por ejemplo, la reciente reforma laboral española ha reforzado el poder de las empresas para utilizar este argumento con el objetivo de despedir a sus trabajadores o reorganizar sus labores. En el fondo del asunto está la calidad del trabajo y la lucha por que ésta sea tanto o más importante que los beneficios millonarios de una empresa.