Cuando los automóviles comen azúcar: El auge de los biocombustibles

Liberamos un nuevo capítulo de nuestro libro ‘Amarga Dulzura. Una historia sobre el origen del azúcar’ en el que investigamos esta industria. Recuerda que si nos quieres ayudar a seguir realizando investigaciones como ésta, puedes participar en nuestro crowdfunding en Goteo.

“Hoy, los automóviles devoran a la gente”
(Franz Hinkelammert)

Hubo un tiempo en que los seres humanos comían aceite, maíz y azúcar, mientras los vehículos se alimentaban de derivados del petróleo. Hoy en día las cosas se han complicado un tanto y los coches también consumen productos alimenticios. La tecnología por la que se convierte la caña de azúcar en un combustible similar a la gasolina se conoce desde hace décadas, pero ha sido en los últimos tiempos cuando, debido al aumento de los precios del petróleo, el etanol ha llegado a adquirir una importancia estratégica para la economía de ciertos países, como Brasil, que desde los años 70 está haciendo una firme apuesta por este producto.

Nos referimos con el nombre genérico de biocombustibles o biocarburantes [1] a las fuentes sustitutas del petróleo que se extraen de ciertos alimentos. Solemos distinguir dos tipos: el bioetanol, que sustituye a la gasolina y procede de vegetales ricos en azúcares, como la caña, la remolacha y el maíz; y, de otro lado, el biodiésel, que sustituye al diésel y se obtiene de aceites de girasol, colza y otros [2]. Nuestra atención se centrará aquí, por tanto, en el bioetanol o etanol de biomasa, que se produce por fermentación alcohólica de azúcares de diversas plantas, como la caña de azúcar, la remolacha o ciertos cereales ricos en carbohidratos.

En la actualidad, la producción mundial de biocombustibles ronda los 22 millones de toneladas anuales. En lo que respecta al etanol, Estados Unidos y Brasil copan el mercado: entre los dos, producen alrededor del 90 por ciento del etanol mundial, con Estados Unidos ligeramente a la cabeza. En 2007, Estados Unidos produjo 6,5 millones de toneladas, frente a los 5 millones de toneladas de Brasil. Eso sí: a los brasileños les gusta insistir en que su etanol, hecho a base de azúcar de caña, es de mejor calidad que el estadounidense, elaborado a partir del maíz.

El auge de los agrocombustibles ha provocado que cada vez mayor porcentaje de ciertos cultivos se dediquen a este uso. Esto es particularmente notorio en el caso del azúcar y el etanol: según la FAO, si en 2010 se dedicaba en torno al 20 por ciento del azúcar moreno que se producía a la elaboración de etanol, en 2021 se prevé que esa cifra supere el 30 por ciento [3]. En Estados Unidos, el país que con diferencia lidera la demanda energética mundial, se percataron de ello y, en época de George W. Bush, firmaron con Brasil, el mayor productor mundial de etanol, un acuerdo estratégico. Bush y el entonces mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, pactaron en 2007 impulsar en la región latinoamericana un polo productor de biocarburantes con el objetivo de garantizar a Washington el abastecimiento energético. Para David Harvey [4], esa estrategia se debe, de un lado, al intento de disminuir la vulnerabilidad de Estados Unidos fruto de su dependencia del petróleo; y de otro, de la presión del poderoso sector del agronegocio, que controla el Senado y es uno de los más poderosos lobbies del país.

Sea como fuere, el plan de la Casa Blanca era reemplazar un 20 por ciento de combustibles derivados del petróleo por etanol. Harían falta 130.000 millones de litros para satisfacer esa demanda, y, según publicó en ese momento la revista liberal The Economist, los Estados Unidos no tenían capacidad para producir más que una séptima parte de ese montante, sobre todo, por la falta de tierra disponible. Y si algo tiene América del Sur es mucha tierra y muy fértil.

Para garantizarse esa producción a un precio competitivo, Washington impuso ciertas condiciones a Brasilia, tanto en lo relacionado al volumen de producción como a la productividad del proceso: se obligaba, entonces, a mecanizar la recogida de caña, algo que, como ya hemos visto, los empresarios llevaban décadas posponiendo por falta de incentivos: ¿quién quiere acometer semejante inversión pudiendo contratar esclavos? Paralelamente, la Unión Europea apostaba también por los biocombustibles, y miraba hacia el resto del mundo como posibles exportadores: Brasil, Argentina, Malasia. Por su parte, los productores agrícolas de los países del Sur entendían que el impulso al etanol contrarrestaría los efectos negativos que, para ellos, han tenido los subsidios agrícolas de los Estados Unidos y la Unión Europea, tanto al maíz como a la remolacha azucarera. Sobre todo cuando, en los últimos años, los países ricos abandonaron algunas de las ayudas a las inversiones en el sector de los biocombustibles, una vez comenzaron a instalarse algunas dudas sobre sus bondades ambientales. América Latina, gracias a sus vastas superficies de tierra muy fértil, quedaba así configurada como una región muy atractiva para este tipo de inversiones.

Un matiz importante: al decir aquí “los productores”, nos referimos principalmente a los grandes productores. Al agronegocio y al terrateniente. El pequeño productor, el campesino, no suele dedicarse al cultivo masivo de caña o maíz destinados a la exportación, sino, más bien, a la producción diversificada de alimentos dirigidos al consumo propio o a la venta local. La expansión de los monocultivos, a la que está vinculada el ascenso de los agrocombustibles, promueve más bien el desalojo de comunidades campesinas a lo largo y ancho del planeta, como hemos venido documentando en este ensayo.

Brasil y el auge del etanol

Brasil es, una vez más, el ejemplo paradigmático. El país cuenta con una larga tradición de cultivo de caña de azúcar, pero ésta experimentó un cierto declive del que se recuperó con creces gracias al auge del etanol. Como ya hemos visto, la producción de caña de azúcar en Brasil responde al modelo de agronegocio industrial y exportador basado en el latifundio y el monocultivo, dominado por oligarquías locales y grandes empresas. Éstas se articulan en torno a tres grandes conglomerados: Cosan, Crystalsev y Copersugar. Con el reciente auge del azúcar, al compás del auge de los biocombustibles, la producción se ha desplazado del nordeste a la zona centro-sur, donde avanzan los cañaverales al ritmo de las ingentes inversiones internacionales que se alimentan, también, de la ayuda del Banco Mundial, el Banco Nacional de Desarrollo brasileño y otros organismos internacionales. Los discursos políticos hablan de sostenibilidad y reforma agraria; la realpolitik habla otro lenguaje: el de las multinacionales.

Brasil produce caña de azúcar para etanol desde 1975. Hoy es el principal productor mundial de este biocombustible: produce el 60 por ciento del etanol mundial con cultivos de caña que cubren tres millones de hectáreas; lo que no se queda en casa para alimentar los vehículos flex fuel, se exporta, y el principal destino es Estados Unidos, con quien, como ya vimos, Brasil firmó en 2007 un importante acuerdo comercial. Las cosas no pintan mal para el negocio brasileño del etanol: los productores aguardan el visto bueno de la presidenta, Dilma Rousseff, para que salga adelante una reforma que los técnicos ya avalan: que la mezcla de etanol en la gasolina suba del actual 20 por ciento hasta el 25 por ciento [5].

En el sur del país, en el estado de Mato Grosso do Sul, en la frontera con Paraguay, la caña de azúcar se vincula dramáticamente al exterminio del pueblo guaraní-kaiowá, una de las etnias aborígenes que más duramente ha sufrido las consecuencias del alza del precio de las materias primas, que ha provocado la reprimarización de las economías latinoamericanas [6].

Los guaraní-kaiowá viven muriéndose [7]. El 25 de marzo de 2013, el semanario Brasil de Fato publicaba un titular estremecedor: moría atropellada una niña en un campamento indígena. El conductor huyó sin asistir a su víctima. Es la sexta menor de edad muerta en esas circunstancias en ese campamento de Mato Grosso. Los miembros de la comunidad no tienen dudas sobre el carácter violento y provocado de esas muertes. Las familias sobreviven en ese campamento desde que las expulsaron de sus tierras ante el avance del agronegocio. Las investigaciones de la ONG Repórter Brasil apuntan a la implicación de dos de los mayores grupos del sector alimenticio del país, Grupo Bumlai y Grupo Bertin, propietarios de la usina de San Fernando, que procesa la caña de una hacienda próxima [8].

En toda América del Sur, los agrocombustibles se presentan como un sector muy atractivo, que se suma, para regocijo del pujante agronegocio, a ese oro verde que en todo el Cono Sur es, desde hace una década, la soja. Volviendo al etanol, Argentina es, a mucha distancia de Brasil, el segundo productor y exportador de la región. Otros países de más modesta producción también dirigen su mirada al etanol: así, Colombia, que produjo 287 millones de litros de este combustible en 2010 [9]. Uno de los mayores productores de azúcar del país, Riopalla Castilla, ha anunciado que invertirá durante los próximos años 800.000 millones de pesos (unos 340 millones de euros) para abrir una planta de etanol y ampliar su negocio de la caña de azúcar. Entre sus proyectos está construir una destilería para la producción de alcohol carburante en la región del Valle del Cauca, uno de los principales focos de resistencia indígena en el país. Paralelamente, la compañía prevé crear una planta de cogeneración de energía con capacidad instalada de 35 megavatios. También ha tomado en arriendo 2.000 hectáreas para sembrar planta aceitera.

Todas estas inversiones se hacen en nombre del desarrollo del país y de la apuesta por las “energías limpias y renovables”. Pero, ¿hasta qué punto los biocarburantes son, como dicen las empresas productoras y comercializadoras, una buena opción en términos medioambientales y sociales?

La polémica medioambiental

La polémica en torno al uso de los agrocombustibles ha acompañado su auge en los últimos años. En un principio, se presentaron como una solución al agotamiento de las reservas de hidrocarburos y a las trágicas consecuencias del cambio climático que éstos ayudan a provocar. Los biocombustibles pueden emplearse en usos como el transporte, a los que no llegan otras energías llamadas renovables -como la hidroeléctrica y la eólica-. Así que, bajo la etiqueta de energía verde y limpia, los gobiernos de los países desarrollados, como los de la Unión Europea y los Estados Unidos, subsidiaron la producción de etanol y biodiésel. Paralelamente, comprometieron ciertas metas pretendidamente ecologistas, como llegar a un determinado porcentaje de biocarburante en el consumo nacional. En Argentina, hace unos años se aprobó también una ley de fomento de los biocombustibles por la cual la gasolina y el gasoil debe mezclarse con un 5 por ciento de etanol y biodiésel, respectivamente. También comenzaron a otorgarse beneficios fiscales a quienes instalen biorrefinerías en el país [10]. Así que estos productos alcanzaron un auge sin precedentes tanto en Estados Unidos como en ciertos países en desarrollo, con Brasil y Argentina a la cabeza. Para muchos, los biocombustibles siguen siendo, hoy por hoy, la única alternativa al irremediable agotamiento de los hidrocarburos.

En los últimos años, las virtudes de los biocombustibles comenzaron a ponerse en cuestión. Para muchos ecologistas, no está claro que sean más benevolentes con el medio ambiente que los hidrocarburos; principalmente, porque promueven la deforestación y aumentan las dimensiones del dañino monocultivo, y con él, del avance de la desertificación de la tierra, en un momento en que, según datos de la FAO, el 25 por ciento de la superficie cultivable del planeta ya está dañada. Además, el proceso de producción de etanol o biodiésel puede llegar a consumir grandes cantidades de agua. Por último, y este factor es muy determinante en la opinión de muchos ecologistas, los biocombustibles crean la ilusión de que hay alternativas al que sería el único modo de hacer el sistema más sostenible: consumir menos y, sobre todo, despilfarrar menos.

Personas versus automóviles

En los últimos años, y especialmente después del estallido de la crisis financiera en 2008, otro dilema aún más agudo ha ganado protagonismo. En la última década, la demanda creciente de materias primas que, como el maíz y la caña, se emplean para producir etanol se sumó al aumento de la demanda de alimentos sostenida en los países asiáticos en auge, y ello, junto con la especulación en los mercados de futuro de alimentos – que alcanzaron un inusitado auge al calor de la crisis financiera internacional [11] –, provocó un preocupante aumento de los precios de alimentos básicos como el maíz o el arroz. Las consecuencias para los millones de personas que pasan hambre en el mundo han sido devastadoras. Y, aunque se ha detenido ese aumento alarmante que alcanzó su pico máximo en 2008, la FAO sostiene que los alimentos se mantendrán en precios comparativamente más caros a lo largo de la presente década [12].

La pregunta, inevitable en un mundo donde, según la FAO, unos 800 millones de personas sufren malnutrición – esa cifra se eleva a mil millones según los cálculos de ONG independientes –, es: ¿es ético destinar las tierras de cultivo a combustible de automóviles en un mundo con millones de hambrientos? Así lo expone el filósofo y economista Franz Hinkelammert: “Los automóviles devoran a la gente. Los autos tienen altos ingresos, los hambrientos en cambio no tienen ningún poder de compra. Lo que hoy se entiende por acción racional es que los autos en nombre de la acción racional tiene que tener preferencia. El concepto de racionalidad [vigente en el discurso dominante] en perfectamente perverso” [13].

Más aún: ¿existe un riesgo de que esa tensión se recrudezca? Hablando el lenguaje del capital – es decir, en términos monetarios –, producir etanol resulta ventajoso si el petróleo cotiza a más de 90 dólares, algo que tras años de bajos precios ya no resulta extraordinario [14]. Pero, ¿y si el precio del barril se dispara, digamos, a 200 dólares? La estrecha e inexorable ley de la oferta y la demanda dice que el aumento del petróleo automáticamente implicaría un incremento similar en el precio de los agrocombustibles y de las materias primas – es decir, los alimentos – con los que éstos se producen.

“Lo que se debate es el destino de la producción agrícola, una competencia por el uso de la tierra”, asegura un experto consultado por el diario argentino Clarín [15]. No piensa lo mismo Gregorio Antolín, director de la División Químico Alimentaria en el Centro Tecnológico CARTIF: “Si hubiéramos de escoger, obviamente la alimentación debe prevalecer, pero no creo que haya un enfrentamiento. Los medios que ahora existen son capaces de soportar la población que hay en este momento desde todos los puntos de vista”, afirma. Lo cierto es que, para muchos analistas, la subida exponencial de los precios de los alimentos en los últimos años tiene mucho más que ver con la especulación de alimentos en el mercado de futuro que con los biocombustibles. La volatilidad de las inversiones y las divisas tras el estallido de la burbuja financiera en Estados Unidos en 2008, a lo que siguió la crisis del euro, provocó dudas entre los inversores, que comenzaron a dirigirse hacia el mercado de alimentos. Lo que arroja una pregunta urgente: ¿deberían los alimentos estar sujetos a los movimientos meramente especulativos de los grandes fondos de inversiones? ¿Es lícito que estas operaciones puramente especulativas tengan efectos reales, y demasiadas veces mortales, en la vida de miles de millones de personas?

“No echemos la culpa a los biocombustibles: lo que tenemos que hacer es cambiar nuestro sistema de vida y reutilizar todas las cosas; y entonces nos sobrará para todo”, asegura Antolín. Por ejemplo: en el norte de Europa se está produciendo energía con los residuos urbanos. Algunos expertos, además, no ven que exista contrariedad alguna: para producir etanol a partir del maíz se utiliza únicamente el almidón, que es precisamente el componente más perjudicial para el ganado; en cuanto a la caña, el bioetanol se produce a partir de la melaza. Así lo explica Gregorio Antolín: “La caña puede dar azúcar y biocombustibles al mismo tiempo, planteando un proceso que atienda a ambas cosas. Se puede extraer el jugo de la caña y producir azúcar. Si sobra se puede producir etanol, pero si no sobra se puede usar el material celulósico para producir bioetanol de segunda generación”.

Antolín insiste en una idea: “La tecnología no se está utilizando de forma correcta: no se está aprovechando todo lo que se puede”. Si se utilizase, no tendríamos problemas, ni de escasez de alimentos, ni de energía. ¿Y entonces? “A las empresas que controlan el negocio del petróleo no les interesa que aparezcan competidores. Por eso han entrado fuertemente en el sector de biocombustibles, para controlarlo. Y su objetivo muchas veces no es la sostenibilidad ni el interés general, sino la búsqueda de la rentabilidad rápida”.

Una vez más, la búsqueda de la rentabilidad y la eficiencia entendida por una maximización del beneficio que sólo se mide en dólares, y que aparece, como indiscutido dogma, en todos los niveles de la cadena de producción. Así, los grandes conglomerados productores y distribuidores de etanol han sido señalados como empleadores de mano de obra esclava en Brasil, una práctica, como ya hemos visto, tristemente extendida en los cañaverales brasileños. Grandes distribuidoras como Petrobrás, Shell, Texaco e Ipiranga mantuvieron contratos con industrias como la Destilería Gameleira, que detenta el título de mayor liberación de trabajadores de esclavos de la historia brasileña: 1.003 jornaleros en 2005 [16]. De nuevo, esa perversa lógica -perversa y asesina- de la acción racional de la que hablaba Hinkelammert.

NOTAS AL CAPÍTULO
1. Hay quien prefiere el término agrocombustibles, porque el prefijo bio- se presta a confusión -en Europa bio suele utilizarse para referirse a productos agrícolas en cuya producción no intervienen procesos de síntesis- y dota al término de connotaciones positivas que, como veremos a continuación, son como mínimo cuestionables. Sin embargo, hemos optado aquí por utilizar ambos términos, pues sin duda biocombustibles es la expresión más generalizada.
2. En la actualidad se está investigando además la obtención de biocombustibles a partir de algas.
3. FAO, “Perspectivas agrícolas 2012-2021”. http://www.oecd.org/site/oecd-faoagriculturaloutlook/SpanishsummaryOCDEFAOPerspectivasgr%C3%ADcolas2012.pdf
4. D. Harvey, El enigma del capital, Madrid, Akal, 2010
5. http://economia.estadao.com.br/noticias/economia+brasil,aumento-de-etanol-na-gasolina-para-25-so-depende-de-dilma,140317,0.htm
6. Véase el último capítulo de este libro, dedicado al proceso de acaparamiento de tierras que se vive hoy en buena parte del mundo en desarrollo.
7. Véase http://www.miradasdeinternacional.com/2012/12/03/de-la-memoria-historica-a-la-propiedad-de-la-tierra-en-argentina/
8. http://www.brasildefato.com.br/node/12437#
9. http://www.fedebiocombustibles.com/files/Cifras%20Informativas%20del%20Sector%20Biocombustibles%20-%20ETANOL(29).pdf
10. Véase http://edant.clarin.com/suplementos/economico/2007/04/15/n-01400041.htm.
11. Para muchos expertos, otros factores como la demanda de soja o los propios biocombustibles es apenas anecdótico: la clave de estas subidas estaría en la especulación de los mercados de futuros, como veremos más adelante.
12. FAO, “Perspectivas agrícolas 2012-2021”. http://www.oecd.org/site/oecd-faoagriculturaloutlook/SpanishsummaryOCDEFAOPerspectivasgr%C3%ADcolas2012.pdf
13. Franz Hinkelammert, “La rebelión de los límites, la crisis de la deuda, el vaciamiento de la democracia y el genocidio económico-social”, 2013.
14. Para ofrecer una aproximación: el 8 de abril de 2013, durante la revisión de este texto, el barril de crudo cotizaba a 93 dólares.
15. “Los costos y beneficios del auge de los biocombustibles”, en Clarín, 15 de abril de 2007. http://edant.clarin.com/suplementos/economico/2007/04/15/n-01400041.htm
16. Y ello pese a que las citadas distribuidoras habían firmado el Pacto por la Erradicación del Trabajo Esclavo en Brasil. Cf. Leonardo Sakamoto, “A economia da escravidão”, Repórter Brasil. http://reporterbrasil.org.br/2006/04/a-economia-da-escravidao/

 

Imagen: recogida de caña de azúcar en Tailandia./ Laura Villadiego