De las Madres de Ituzaingó a la Red de Pueblos Fumigados: la lucha contra la soja transgénica en Argentina

El monocultivo de soja deja a su paso comunidades desplazadas, deforestación de bosques nativos y millones de litros de agrotóxicos a base de sustancias tan peligrosas como el glifosato. Este es el segundo reportaje de una serie de tres que fue posible gracias a los mecenas que aportaron para su financiación en nuestro crowdfunding en Goteo de 2018. El primer reportaje, sobre el contexto del avance de la soja en Argentina y Paraguay, puede leerse aquí. Quienes quieran más información, la encontrarán en nuestro libro ‘Los monocultivos que conquistaron el mundo’ (Madrid: Akal).

* Imágenes: Huerquen, comunicación en colectivo

 

Marcela Ferreyra, Norma Herrera, Vita Ayllon, Julia Lindon. Son cuatro de los nombres propios que encarnan la lucha de las Madres de Ituzaingó Anexo, que desde 2002 abanderan la lucha contra la contaminación por agrotóxicos en la provincia de Córdoba, el corazón de la producción sojera en Argentina. Fueron las primeras que pusieron el dedo en la llaga: el monocultivo sojero, que por entonces avanzaba rápidamente en todo el Cono Sur, dejaba ganadores y perdedores, Y entre estos últimos estaban ellas, las vecinas de Ituzaingó y de otros barrios aledaños a las plantaciones, que se veían expuestas a las fumigaciones desde el aire con agrotóxicos tan potentes como el glifosato, un poderoso pesticida creado por la multinacional Monsanto (hoy parte de Bayer) y que se vende en conjunto con su semilla de soja transgénica Intacta RR, intervenida genéticamente para resistir al poderoso pesticida, que acaba con todo tipo de malezas.

Ituzaingó Anexo es un barrio de las afueras de la capital cordobesa; allí, los cultivos de soja prácticamente llegan prácticamente a las puertas de las casas. Cuando comenzaron su andadura estas mujeres, no sabían a qué se debía: sólo habían detectado que sus hijos morían de leucemia o nacían con malformaciones; que, en el barrio, los abortos espontáneos crecían drásticamente. Al comienzo, cuentan ellas, mapearon las enfermedades que se sucedían en el barrio y, frente a la nula respuesta de las autoridades, se organizaron para buscar respuestas: “Comenzamos a apreciar que habían aumentado ciertas dolencias, y creíamos que era por causa del agua. Pero después logramos que nos ayudasen expertos y, con ellos, determinamos que el causante de nuestros problemas era el glifosato”.

La conclusión de las Madres de Ituzaingó fue que las enfermedades de sus hijos y vecinos las habían provocado las fumigaciones con agrotóxicos que caían, literalmente, sobre sus casas. En 2006, la Dirección de Ambiente municipal realizó análisis de sangre a la población del barrio de Ituzaingó y, de 30 niños analizados, 23 tenían presencia de pesticidas en sangre; de una población de 5.000 habitantes, en 2008 había 200 enfermos de cáncer [1]. Las y los afectados denunciaron además el creciente número de alergias respiratorias y de piel, espina bífida, malformaciones en el riñón, problemas de osteogénesis y enfermedades neurológicas.

La lucha de estas mujeres, a las que pronto se sumaron nuevos colectivos, logró arrancar a las autoridades una medida cautelar que prohibió las fumigaciones en zonas aledañas a sus viviendas [2]. Aquel fallo apuntó no sólo al glifosato, sino también al endosulfán, un insecticida que ya había sido denunciado por la Red de Acción sobre Plaguicidas (PAN) por su relación con deformidades congénitas, desórdenes hormonales, parálisis cerebral, epilepsia, cáncer y problemas en piel, vista, oído y vías respiratorias. Las investigaciones académicas daban resultados contradictorios, pero las evidencias empíricas estaban ahí, en forma de cuerpos enfermos.

“Fuera Monsanto”
Tras la irrupción de las Madres de Ituzaingó, cuya semilla germinó en movimientos sociales como la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, la Red de Abogados de Pueblos Fumigados o la campaña Paren de Fumigarnos, la resistencia del pueblo argentino a los agrotóxicos no ha dejado de crecer. Los activistas han denunciado que los partidarios del monocultivo sojero despliegan estrategias diversas para bloquear cualquier acción efectiva, desde la culpabilización de las víctimas al desprestigio de los estudios científicos que cuestionan el uso de agrotóxicos.

Los desafíos no han hecho sino aumentar, pero se han logrado no pocos triunfos. Uno de los más sonados fue cuando, en 2013, una prolongada acampada en la localidad cordobesa de Malvinas Argentinas logró bloquear la construcción de una planta de maíz transgénico de Monsanto en ese municipio. El objetivo de la multinacional estadounidense era, según afirmaba en su website, convertir a la provincia en “el centro estratégico de la industria maicera en la región”. Monsanto había aterrizado en Malvinas Argentinas con el apoyo de los gobiernos municipal, provincial y nacional y con una doble promesa, empleo y progreso: 400 nuevos puestos de trabajo en una localidad de población mayoritariamente obrera. Pero los cordobeses no estaban conformes, así que se organizaron –Asociación Malvinas Lucha por la Vida, Madres de Ituzaingó Anexo, Acampantes– y transmitieron sus reclamos al gobierno municipal, al provincial, a la Casa Rosada, a la Justicia. Sostuvieron el acampe durante meses y lograron parar los planes de la trasnacional biotecnológica.

La entonces mandataria argentina, Cristina Fernández de Kirchner, hizo públicos los planes de Monsanto para Malvinas Argentinas apenas cuatro días después de que comenzara en Córdoba un juicio pionero, que en 2012 sentó en el banquillo de los acusados a dos productores de soja y al propietario de una de las avionetas que, durante años, fumigaron con glifosato los campos de soja del barrio de Ituzaingó Anexo; el juicio concluyó con dos sentencias a tres años de prisión condicional.

Las resistencias en torno a Monsanto siguen sin aparecer en las portadas de los diarios y sin entrar en la agenda gubernamental, pero se fortalecen en los territorios. En palabras del investigador Mauricio Berger, que acompañó a las Madres de Ituzaingó en todos estos años de militancia: “Estas comunidades rechazan que su territorio sea convertido en una zona de sacrificio; se oponen a toda una red de funcionarios públicos, académicos, activistas, profesionales y organismos que intentan hacer una valla de contención frente al avasallamiento de las corporaciones sobre una muy débil institucionalidad ambiental”.

 

NOTAS

[1] Fuentes:
Bravo, Elizabeth (comp.) (2015) Un mal cabalga con el viento. La toxicidad y cancerogenicidad del glifosato. Evidencias desde América Latina. Quito: Red por una América Latina Libre de Transgénicos.
Rulli, Jorge Eduardo (2009) Pueblos fumigados. Los efectos de los plaguicidas en las regiones sojeras. Buenos Aires: Del Nuevo Extremo.

[2] Los productores sojeros están obligados desde entonces a alejar al menos 500 metros sus fumigaciones, o 1.500 metros en caso de ser fumigaciones aéreas. Véase Rulli, Op. Cit.