La dimensión medioambiental del coronavirus

Vivimos tiempos en los que necesitamos desesperadamente noticias positivas. Algo que nos dé un poco de esperanza en nuestras largas jornadas confinadas. Algo que nos diga que estas semanas de incertidumbre tienen al menos alguna cara optimista. Que no todo es malo.

Y una de esas caras optimistas a los que muchos se han aferrado ha sido la medioambiental. ¿Quién no ha recibido durante las últimas semanas a través de su Whatsapp o Telegrama las fotos de los canales de Venecia más limpios que nunca?  ¿O visto en Twitter las fotos de los animales que tomaban las calles de las principales ciudades? O mapas satélites mostrando grandes descensos en la contaminación en las principales ciudades del mundo que se han puesto en cuarentena. O ha sentido que en sus balcones y terrazas hay más mariposas o se escuchan más pájaros. Hay quien habla incluso hay quien habla de un estudio que dice que la reducción de la contaminación ha (o había, cuando se publicó, porque los números ahora no son los mismos) salvado más vidas de las que había supuesto la Covid19.

Al menos le estamos dando un respiro al planeta, se consuelan muchos.

Pero por desgracia (o por suerte), la naturaleza no funciona de forma tan simple. Los famosos dos grados de los que continuamente habla el IPCC, el panel de Naciones Unidas para el estudio del clima, van más allá de que ese aumento de temperatura haga que el nivel del mar aumente o que tengamos veranos tan tórridos que igual nos tenemos que mudar a Suecia. Es, simplemente, que se desconocen las reacciones en cadena que se van a producir cuando ese punto se alcance. En realidad, se desconoce tanto que ni siquiera hay un consenso firme sobre en qué punto se van a producir, pero la mayoría coincide es que sería conveniente no superar los 1.5C con respecto a los niveles preindustriales. Ahora estamos aproximadamente en una temperatura 1.1 grados superior a los niveles preindustriales, pero aunque se cumplan los objetivos más ambiciosos propuestos por el Acuerdo de París, es difícil que la temperatura se mantengan por debajo de los 3 grados.

Sí, la ecuación es mucho más complicada que simplemente reducir nuestras emisiones durante unas semanas o unos meses. Los cambios que se requieren son profundos y estructurales y no se trata simplemente de dejar de generar emisiones durante unos días al año. Ya lo avisaba el doctor en Ecología Fernando Prieto, en este artículo en Climática. Casi todas las crisis han resultado en una reducción temporal de emisiones, para luego volver a crecer de forma descontrolada. «Todavía no hay efectos evidentes en las concentraciones de CO2 en la atmósfera, y […] las anteriores crisis económicas no han tenido efectos significativos en el cambio de tendencia de las emisiones. Por ello, se puede concluir que una crisis puntual, aunque tenga dramáticas consecuencias económicas, como la actual de la COVID-19, es previsible que no tenga efectos significativos sobre el clima». De hecho, lo que en realidad hemos visto en las noticias estos días es que la concentración de CO2 en la atmósfera ha seguido creciendo, porque la maquinaria del clima no tiene un freno para parar y dar marcha atrás. Tiene su inercia, y como bien dice Prieto, el efecto sobre las concentraciones se verá en un tiempo.

Una de las imágenes que circulan estos días por las redes

Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de la Energía, también ahondaba en esa misma idea en esta entrevista con Ballena Blanca y aseguraba que las reducciones de emisiones de estos días no eran motivo de alegría. De hecho, Birol apunta a dos elementos muy preocupantes. El primero es que el parón económico que esta pandemia está suponiendo que se traduzca también en un parón en la transición hacia energías más limpias. El segundo es que importantes pasos que se habían dado, como el Pacto Verde Europeo, puedan dar marcha atrás por culpa de esta crisis.

Algunas tendencias ya se están confirmando. Así, Alejandro Tena contaba en Público que algunos gobiernos, como el de Estados Unidos, están aprovechando la crisis del coronavirus para relajar las regulaciones medioambientales. Además, la COP26, clave tras el fracaso de la COP25 celebrada en Madrid, ha sido pospuesta hasta 2021 a pesar de estar programada en un principio para noviembre. No es algo descabellado si se tiene en cuenta que a la cita oficial le preceden varias reuniones importantes de preparación que no serán posibles (la de junio, por ejemplo, se ha aplazado a octubre).

Otro efecto que ya estamos viendo es también el aumento de los plásticos de un solo uso incluso en sectores en los que su beneficio es bastante dudoso.

 

No obstante, tal y como plantea en este artículo Greenpeace, la verdadera cuestión no es tanto el uso de los plásticos durante estas primeras etapas de la pandemia – las grandes batallas, mejor una a una-, como lo que ocurrirá cuando la situación se normalice y ya no haya el peligro sanitario en el que vivimos ahora. ¿Mantendrá Europa la prohibición de plástico de un solo uso en entornos no sanitarios tras 2021 como se había aprobado? ¿Daremos varios pasos atrás en el debate abierto durante los últimos años sobre la basura que producimos?

Y sin embargo, hay espacio para el optimismo. Como ya apuntábamos al principio del confinamiento, es una oportunidad sin precedentes para repensar nuestro modelo de sociedad y economía. Y, esperemos, para relocalizar y apoyar una economía más justa y solidaria. Algunos aseguran incluso que es un campo de experimentación hacia el decrecimiento. Y la llamada de atención necesaria para que respetemos más la naturaleza, porque su desequilibrio probablemente generó esta pandemia, facilitando el contagio entre especies hasta llegar a nosotros. En definitiva, quizá no sean las que pensábamos, pero hay puertas que se han abierto. Y aunque todxs desearíamos que esto nunca hubiera pasado, tenemos una oportunidad nunca imaginada de reconstruir nuestras economías con valores más humanos. Tampoco vamos a desaprovecharla, ¿no? Amsterdam ya está mostrando el camino.