Por qué transformar el sistema agroalimentario global es la mejor forma de prevenir una nueva pandemia

2020 será, sin ninguna duda, recordado como el año de la pandemia. Cientos, miles de millones de personas en todo el mundo han visto cómo sus vidas se paralizaban, en la mayor experiencia colectiva que vivimos en décadas. Una recaída en el cuerpo, lo llamó el filósofo Santiago Alba Rico, porque la COVID-19 vino a recordarnos que somos un cuerpo, y por ello, somos vulnerables, y estamos expuestas a las consecuencias de nuestros actos.

Desde la ecología, campo del saber y de la militancia que acostumbra a visibilizar la complejidad de nuestra interacción con la naturaleza, lo venían advirtiendo hace años: si seguimos por el mismo sendero, se avecina el colapso: ciertamente, no era un virus la principal apuesta de los autores llamados ‘colapsistas’; apostaban más bien por el colapso energético -no habrá combustibles fósiles ni un sustituto adecuado para sostener la ingente cantidad de energía que hoy requiere nuestro sistema de producción, distribución y consumo, como explicaron Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes en En la espiral de la energía– o por una serie de catástrofes vinculadas al cambio climático.

Pero la pandemia que vivimos no es en absoluto, como se nos quiere hacer creer, un cisne negro: cientos de artículos científicos -algunos de ellos los cita Ferrán P. Vilar en este artículo repleto de referencias científicas- venían advirtiendo de que la destrucción de ecosistemas y la pérdida de biodiversidad habilita el surgimiento de enfermedades zoonóticas (es decir, que saltan de otras especies animales a humanos), como ya tuvimos ocasión de ver con anteriores versiones del SARS, con el virus del ébola y otros. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió en septiembre de 2019, apenas tres meses antes del brote del coronavirus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad COVID-19, de que nos enfrentábamos “a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio”. La llamaron ‘enfermedad X’, y hay quien cree que, en efecto, está por llegar un virus mucho más mortífero que el que hoy ha puesto en jaque al mundo tal y como lo conocíamos.

Como acostumbra a suceder, este tipo de mensajes prefieren ser ignorados, porque escuchar las evidencias científicas y tomárselas en serio implicaría abandonar las excusas y emprender realmente una transición ecosocial que nos permita virar hacia un vínculo sustentable con nuestro entorno. El investigador del CSIC Fernando Valladares lo explica en esta entrevista con gran claridad: el problema de fondo está en la destrucción de los ecosistemas y la pérdida de biodiversidad que implican. Un ecosistema sano sirve de barrera natural, y la diversidad de especies animales permiten la dilución de la carga vírica. Pero, si destrozamos los ecosistemas y obligamos a los animales que sobreviven a migrar y a estar más cerca de la población humana, entonces podemos encontrarnos situaciones como la que ahora vivimos.

Si hablamos de destrucción ecosistémica, el sistema agroalimentario industrial, al que Carro de Combate ha dedicado sus investigaciones en mayor profundidad -sintetizadas en nuestro último libro, Los monocultivos que conquistaron el mundo (Akal, 2019)-, es tal vez el mayor responsable. Según una publicación científica de 2015, si se cuantifican las causas de las enfermedades zoonóticas, un 31% tiene que ver con la deforestación y cambios de uso del suelo -y, dice la FAO, el 70% de la deforestación es consecuencia de la expansión de la frontera del agronegocio-, un 15% apunta directamente a la agricultura industrial y un 2% a las transformaciones en la industria alimenticia. Otro 13% tiene que ver con el comercio y transporte internacional, y aquí de nuevo influye el funcionamiento derrochador del sistema agroalimentario, pues los alimentos que se consumen en el Estado español recorren una media de 6.000 kilómetros hasta llegar a nuestro plato, pese a que muchos de ellos podrían cosecharse en el territorio español.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Además, el sistema agroalimentario nos afecta de un segundo modo en tiempos de pandemia: la sustitución paulatina de productos frescos por ultraprocesados, así como la producción con agrotóxicos de alimentos que tienen cada vez menos nutrientes, nos hace más vulnerables a la pandemia: porque nuestro sistema inmune está debilitado, y porque la dieta a base de ultraprocesados y comida basura es causante de algunas de las enfermedades -como la obesidad y la diabetes- que constituyen mayor riesgo para quienes contraigan la COVID-19.

Otro factor de riesgo es la industria cárnica global: los animales, hacinados y mal alimentados, tienen un sistema inmune deficiente, enferman fácilmente, y de este modo aumenta la probabilidad de enfermedades zoonóticas como la gripe aviar. Además, en un mundo globalizado en que ejecutivos y turistas viajan constantemente de una esquina a otra del planeta, lo que podría ser una epidemia localizada se convierte rápidamente en una pandemia mundial. Los ecólogos insisten en que, cuando hablamos de la vida, las causas y los factores que influyen en una circunstancia son variados y complejos. Así, a lo mencionado hasta ahora se une el cambio climático, pues la desaparición del permafrost y los glaciares puede hacer emerger virus nuevos para los que nuestro sistema inmunológico no estaba preparado.

No nos queda duda a estas alturas que la traumática pandemia que vivimos debe ser para nosotras un llamado a modificar la irracionalidad del actual sistema de producción, distribución y consumo. Es totalmente ineficiente en términos de energía y materiales, deja altísimos impactos socioambientales -cuando se destruyen los ecosistemas también se expulsa a las poblaciones que los habitan, y con ello no sólo se pierde biodiversidad sino también diversidad cultural-y beneficia sólo a unos pocos. Según el último informe de Oxfam, los 2.153 milmillonarios que hay en el mundo poseen más riqueza que 4600 millones de personas, el 60% de la población mundial.

Hoy más que nunca, es momento de avanzar hacia una transformación radical de nuestros estilos de vida. Tal vez mientras dure la excepcionalidad del confinamiento, aunque en desescalada, sea más difícil para algunas personas encontrar las opciones para un consumo más crítico y consciente; pero sí es un buen momento para pensar qué podemos modificar de nuestros hábitos: si, por ejemplo, es necesario pasar las vacaciones a diez mil kilómetros de casa o tal vez no es mala idea conocer esa región que tengo cerca y nunca visité. Es, ante todo, tiempo de apostar por la agroecología y el comercio de proximidad, y de exigir a nuestros gobernantes que faciliten estas iniciativas a través de legislaciones e incentivos. Probablemente, para ello será necesario un cambio cultural: prueba de ello es que, en cuarentena, se mantuviese la prohibición de ir al huerto propio, cuando conlleva muchos menos riesgos que ir al supermercado. En un sistema capitalista, lo que no pasa por el mercado no tiene valor ni precio. Pero ya es tiempo de que reconsideremos lo que realmente es valioso, y de que entendamos que valor y precio son conceptos muy diferentes.