Por qué no da igual de qué material es tu camiseta

Hace unos días conocíamos que la Xunta de Galicia se está planteando presentar a los Fondos Europeos de Recuperación Post-covid un proyecto de Inditex para producir viscosa desde Galicia. El anuncio generó controversia no sólo porque se basa en el cuestionado modelo de plantaciones forestales – que de bosque tienen poco – que muchos apuntan como una de las razones de los repetidos incendios en la región, sino también por la agresividad del proceso de tratamiento que requiere la viscosa.

Pocas veces nos preguntamos de qué están hechas las telas de las prendas que nos ponemos. Tenemos la falsa ilusión de que no hay mucha diferencia entre unas u otras, más allá de su apariencia, color o caída. En cierto modo es verdad. Las telas que hoy en día utiliza la industria proceden de tan sólo unas pocas materias primas, a menudo las más contaminantes. Del petróleo, en su mayoría.

Así, según la Fundación Ellen MacArthur, un 63% de las fibras utilizadas proceden de esta materia prima. Un 26% corresponden al algodón, mientras que un 11% serían otras fibras, entre ellas la polémica viscosa. Y ya sean fibras procedentes de materias primas orgánicas, o fibras sintéticas, la mayoría tienen otro elemento en común. Salvo aquella minoría que han sido fabricadas con procesos más respetuosos, suelen estar tratadas con una gran cantidad de compuestos químicos que a menudo no son tratados de forma adecuada y acaban contaminando comunidades cercanas, o incluso lejanas.

Así, según Greenpeace, la industria textil utiliza unos 3500 compuestos químicos para convertir las materias primas en telas. De ellos, aproximadamente un 10% son peligrosos para el medio ambiente o los seres humanos. La organización asegura que se han dado avances en la industria en los últimos años, pero miles de comunidades en el mundo siguen sufriendo los impactos de esos vertidos.

Fuente: Fundación Ellen MacArthur

Y su impacto está muy lejos de ser el mismo. En general, la industria se ha decantado por las fibras con una mayor huella medioambiental, porque son más baratas, más fáciles de procesar y ofrecen un mejor resultado en el proceso de confección. En muchos casos, esas fibras podrían producirse con procesos más respetuosos, pero también más caros, por lo que son todavía una excepción.

Este es el caso de las fibras sintéticas que, como ya hemos apuntado, suponen más del 60% del total. El impacto del poliéster, nilon y acrílico depende mucho de la materia prima utilizada. Así, las fibras fabricadas con materia prima virgen suelen tener un impacto mucho mayor en ecosistemas que aquellas producidas con los residuos de alguna otra industria relacionada. También tiene menor impacto si se utilizan materiales reciclados, como botellas. Sin embargo, menos del 3% de las fibras que utiliza la industria textil son recicladas, tanto en fibras sintéticas como naturales.

Por otra parte, ya sean nuevas o recicladas, las fibras sintéticas tienen el problema de los microplásticos que se desprenden durante los lavados. No obstante, hay bolsas especiales que se pueden usar durante el lavado para retener las partículas que se desprenden, como la GuppyFriend. Otra de las grandes desventajas con respecto a las fibras no sintéticas es que no se degradan fácilmente en el medioambiente y pueden tardar entre 20 y 200 años en desaparecer. Esto es especialmente preocupante cuando el material textil supone hasta el 20% del residuo total global.

En el balance positivo, en comparación a la mayoría de fibras naturales, especialmente el algodón, las fibras sintéticas no requieren de suelo agrícola y también tienen una huella hídrica menor. No obstante, si el agua no es tratada de forma adecuada, se puede desprender antinomio, y otras sustancias peligrosas como cobalto, sales de manganeso, o bromuro de sodio.

Entre las fibras orgánicas, el algodón representa aproximadamente el 90% del total. En general tiene una imagen positiva por su origen orgánico, pero su producción requiere de una gran cantidad de suelo. En concreto ocupa el 2,4% del suelo agrícola global. Y su uso de agroquímicos y agua es aún mayor. Así, las plantaciones de algodón usan el 16% de los insecticidas y el 6% de los pesticidas a nivel mundial, según la Pesticides Action Network. En cuanto al uso de agua, según WWF se necesitan unos 20.000 litros de agua para producir un kilo de algodón, equivalente a una camiseta y un par de vaqueros. Su producción siguiendo estándares de sostenibilidad supone una gran diferencia, asegura la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Así, el impacto sobre la crisis climática se reduce hasta un 46%, la acidificación de tierra y agua que produce se reduce un 70%, el potencial de erosión del suelo cae un 26%, y el uso de agua también se reduce un 91%. En cuanto a la productividad por hectárea, tan discutida cuando se habla de la producción orgánica, estudios apuntan a que un sistema de rotación podría mantener los niveles de producción similar a los de la agricultura sintética.

Otras de las fibras de origen orgánico utilizadas son el lino y el cáñamo que, a pesar de ser mucho menos dañinos para el medioambiente, con un menor uso de agua y de agrotóxicos, tienen un uso marginal en la industria, generalmente porque son percibidas como menos agradables al tacto que el algodón.

Las fibras orgánicas de origen animal, aparte de las consideraciones éticas que suponen, también tienen importantes impactos asociados. Tradicionalmente, el cuero era un subproducto de la industria cárnica y láctea y, por tanto, su impacto se centraba en el procesamiento. Sin embargo, a medida que el precio del cuero aumentó, se convirtió en algunos casos en motor primario de la producción de ganado, con los impactos de gases de efecto invernadero y de deforestación ya conocidos en el caso de la ganadería industrial. Según PETA, cada año mil millones de animales son sacrificados sólo para obtener cuero. Además, el cuero suele ser tratado con cromo, un compuesto químico muy tóxico que ha sido declarado carcinogénico en seres humanos y que causa también afecciones respiratorias.

La producción de lana y de piel, tipo visón, también tiene impactos medioambientales similares al cuero en cuanto a uso de suelos y contaminación de aguas por las granjas. Además, durante el proceso se utilizan varios químicos, especialmente en el tratamiento de las pieles para evitar que se pudran. Así, según el Banco Mundial, sería una de las industrias más contaminantes por metales tóxicos, aunque el informe fue publicado en 1999.

La seda sería otra de las principales fibras de origen animal. Además de ser muy criticada porque el proceso requiere matar a los gusanos, también se utilizan químicos para limpiar la seda que a menudo acaban en las aguas de las comunidades cercanas.

Entre las fibras orgánicas, la que está ganando mayor terreno en los últimos años es la ya mencionada viscosa y otras telas tipo rayón. Proceden de la celulosa de árboles o hierbas como el eucalipto o el bambú, y se han relacionado con deforestación en países como Indonesia y Brasil. Sin embargo, uno de los elementos más controvertidos de la viscosa son los químicos necesarios en su tratamiento, que rara vez son tratados de forma adecuada antes de ser desechados. Así una investigación de la organización Changing Markets en Indonesia, China e India encontró que los fabricantes liberan aguas residuales sin tratar, contaminando los lagos y ríos locales.

Esas son las cifras, pero apenas conocemos las historias personales que hay detrás. En Carro de Combate queremos llenar ese hueco con nuestra investigación #ModaBasura, cuya campaña de financiación está a punto de terminar. Durante la primera fase conseguimos los fondos necesarios para investigar los impactos socioambientales de la producción y la fase de residuos. Ahora queremos poder investigar también cuáles son las diferencias entre una camiseta hecha de algodón y otra de poliéster, o cualquier otra fibra, más allá de esas cifras. Nos quedan sólo 4 días para recaudar los fondos necesarios, o al menos acercarnos al óptimo para poder iniciar la investigación. Si quieres ayudarnos, puedes hacerlo aquí.

Actualización: la campaña de crowdfunding finalizó con éxito en diciembre de 2020. Sin embargo, sólo conseguimos fondos para investigar los objetivos mínimos que nos habíamos propuesto. Si quieres colaborar para que podamos expandir la investigación, puedes hacerte mecenas aquí. A partir de 30 € te enviaremos además una copia de nuestro libro.