En España, el consumo de medicamentos es habitual y creciente. El último informe sobre prestación farmacéutica en el Sistema Nacional de Salud (SNS) señala un gasto a través de recetas médicas de 13.865 millones de euros en 2024, un 4,9 % más de factura farmacéutica que en 2023. Dicha cifra ha ido en aumento en los últimos años espoleada por el envejecimiento de la población, una mayor incidencia de las enfermedades crónicas y la ingesta de antidepresivos. Esta última, de hecho, se ha elevado un 40 % en la última década haciendo saltar las alarmas del SNS no solo por sus repercusiones sobre el bienestar de las personas o por el gasto sanitario que ocasiona esta deriva, sino por su impacto sobre el entorno natural. A nivel mundial, el crecimiento de la población y su mayor nivel de vida o los avances médicos contribuirán a un creciente uso global de medicamentos durante los próximos años.
Este aumento continuado del consumo de fármacos, unido a las brechas en los sistemas de gestión y tratamiento de este tipo de residuos o de hábitos poco responsables por parte de ciertas empresas y personas consumidoras, supone un riesgo cada vez mayor para los ecosistemas. Por un lado, por la capacidad de los residuos de productos farmacéuticos para recorrer largas distancias en el medioambiente cuando son solubles en agua; por otro, porque son fácilmente absorbibles por parte de materia sólida, como pueden ser los lodos, y por último, porque pueden bioacumularse, por ejemplo, en diversos organismos.
La presencia de otro tipo de contaminantes emergentes en el medioambiente no hace sino agravar el problema, pues facilita bien la transformación de los fármacos en nuevos compuestos (a menudo de consecuencias aún desconocidas), bien su persistencia en el medio. “Actualmente, existe un cóctel muy importante de microcontaminantes y ese es uno de los grandes problemas: muchísimos químicos persistentes que se asocian, se pueden combinar, pueden incluso potenciar las propiedades nocivas desde el punto de vista medioambiental…; los fármacos, por ejemplo, si se asocian a los nanoplásticos pueden incluso intensificar su persistencia. Hay que buscar puntos de sinergia para encontrar soluciones”, explica Gorka Orive, catedrático en Farmacia de la Universidad del País Vasco (EHU), investigador del IIS Bioaraba e impulsor del primer Título universitario propio sobre farmacontaminación.
De hecho, este último proyecto nace de la necesidad de combatir la falta de información al respecto por parte de los y las profesionales del ámbito sanitario y de quienes se preparan para serlo, como medida inevitable hacia una farmacología más sostenible. “Existen datos bastante preocupantes incluso sobre el conocimiento que tiene el alumnado (del Grado en Farmacia) acerca, por ejemplo, de la existencia del punto SIGRE: un 30 o 40 % del que acaba la carrera la desconoce”, señala Orive. El mencionado Título de Experto en Farmacontaminación capacita tanto a profesionales del ámbito sanitario como medioambiental con el fin de tender puentes entre ambos mundos y atajar lo que sin duda supone un problema: que la farmacontaminación no reciba la suficiente atención por parte de los profesionales sanitarios, que son quienes prescriben, dispensan y administran medicamentos.
Un amplio abanico de efectos adversos
Los desechos de medicamentos se asocian a múltiples impactos ambientales y problemas de salud por sus efectos toxicológicos. Por ejemplo, contribuyen a la aparición de resistencias antimicrobianas en los humanos, uno de los grandes retos de salud pública en la actualidad y un fenómeno que ya se ha calificado de pandemia silenciosa; también a los trastornos reproductivos y cambios de comportamientos en ciertas poblaciones de peces (principalmente por residuos hormonales y de medicamentos psiquiátricos) o a la desaparición de determinadas especies, entre otros. Porque los fármacos se acumulan en los ecosistemas, exponiendo a los animales a concentraciones superiores a las testeadas para el uso terapéutico. Un buen ejemplo de esta última consecuencia es la que protagonizó la población del buitre dorsiblanco bengalí (Gyps bengalensis) hace ya varios años: el ave rapaz más abundante de la tierra se situó al borde de la extinción a causa de un fármaco, el caso dio la vuelta al mundo.
El caso de los buitres: A finales de la década de los años 90, en la región de Rajastán, al norte de la India, la mitad de los buitres del Parque Nacional de Keoladeo habían muerto, unos años más tarde no quedaba apenas un 1 %. Los resultados de una investigación al respecto arrojaron que la población del buitre dorsiblanco bengalí había sufrido un colapso, dando lugar a la caída más rápida en la población de un ave jamás registrada en la historia. Y todo ello a causa de un medicamento: el antiinflamatorio no esteroideo diclofenaco, que se administraba, por ejemplo, a las vacas. Este fármaco, en su uso veterinario, resultaba ser extremadamente nefrotóxico para estas aves necrófagas, provocándoles la muerte. La India prohibió la producción y venta del diclofenaco en 2014.
Los estudios que tratan de probar el impacto ecotoxicológico de la farmacontaminación aumentan en tanto que la situación se agrava y crece la sensibilidad al respecto. Uno de ellos es el llevado a cabo por la investigadora Maitane Alzola Andrés a través del análisis de la presencia de fármacos en efluentes hospitalarios y su bioacumulación en cetáceos varados en la costa vasca. Alzola detectó al menos la presencia de un fármaco en el tejido del 70 % de los delfines analizados para la elaboración de su tesis doctoral.
Por otra parte, un estudio pionero de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Murcia (UMU) ha identificado ibuprofeno y azitromicina, entre otros compuestos, en el organismo de cetáceos varados, la mayoría delfines de diferentes especies, en la costa mediterránea. Marfarisk , acrónimo del proyecto Mamíferos marinos como indicadores de riesgos por contaminantes ambientales emergentes en las costas de la Región de Murcia, evidencia que los océanos están amenazados por la acumulación de contaminación química, siendo las aguas residuales una de las fuentes y los fármacos, grandes persistentes en el medio acuático. “Los océanos están recibiendo de forma continua residuos de fármacos procedentes de la actividad humana, y las aguas residuales podrían ser una de las principales vías de entrada (aunque este extremo no puede asegurarse de forma concluyente). La detección de fármacos como el ibuprofeno o la azitromicina en cetáceos varados demuestra que estos compuestos no solo llegan al medio marino, sino que pueden incorporarse a los organismos a lo largo de la cadena trófica”, señala Emma Martínez, profesora de Toxicología en el Departamento de Ciencias Sociosanitarias de la UMU e investigadora principal del estudio.
Martínez explica que, de hecho, estos fármacos no eran compuestos de elección para el estudio en cetáceos, ya que se consideraban sustancias con escaso potencial bioacumulativo y, por tanto, se pensaba que no llegarían a especies superpredadoras. Sin embargo, los resultados cuestionan esa suposición. “Es importante matizar que la presencia de estos fármacos no implica necesariamente un efecto tóxico inmediato, sino que actúa como un indicador de la presión química a la que están sometidos los ecosistemas marinos. Estos compuestos están diseñados para ser biológicamente activos y algunos pueden resultar relativamente persistentes en estas especies, lo que plantea interrogantes sobre sus posibles efectos a largo plazo, especialmente en animales longevos como los cetáceos”, subraya esta investigadora.
Alteración de ecosistemas y salud pública
“Nos debemos preocupar de que los fármacos tienen un impacto medioambiental incluso cuando los excretamos no porque nos preocupemos por el ecosistema per se, sino porque somos parte del ecosistema y alterar su salud va a tener una repercusión sobre la nuestra; desde una perspectiva egoísta nos debemos preocupar de cual es el impacto de los fármacos”, explica Unax Lertxundi, jefe de la Sección de Farmacia de la RSMA (Red de Salud Mental de Araba) del Servicio Vasco de Salud y, junto a Gorka Orive, precursor del proyecto Basque Sustainable Pharmacy BSP para la investigación, divulgación y formación en el ámbito de la farmacontaminación. Sin ir más lejos, el episodio de los buitres en India puso de manifiesto cómo el rápido declive de una especie clave para el ecosistema está asociada a un aumento en las tasas de mortalidad humana (de al menos un 4,2 %, en promedio entre 2000 y 2005, para el citado caso).
La presencia global de fármacos: Precisamente, ambos investigadores, Unax Lertxundi y Gorka Orive, participaron en un ambicioso estudio a escala global, publicado en Nature Sustainability en 2024, en el que se midió la presencia de 61 fármacos diferentes en el agua de río a través de 1.052 ubicaciones de 104 países en todos los continentes. Aproximadamente, el 43 % de los puntos muestreados presentaban niveles de al menos un medicamento que excedían lo que se considera seguro para la salud ecológica. Y en los sitios más contaminados se detectaron mezclas complejas de varios ingredientes farmacéuticos activos. Este tipo de contaminación “representa una amenaza tanto para los humanos como para la vida silvestre”, advierte dicho estudio.
Sin embargo, la contaminación ambiental por fármacos es un asunto muy complejo. En primer lugar, porque es de carácter global y, como tal, implica a múltiples agentes con visiones e intereses muy diferentes; de hecho, se han detectado residuos farmacéuticos en el medioambiente en todo el mundo y se han llegado a identificar hasta 1000 principios activos, tanto de uso humano como veterinario, en diversos compartimentos ambientales. En segundo lugar, porque se estima que la información sobre el riesgo ecotoxicológico del 88 % de los fármacos comercializados es desconocida, tal y como recoge el equipo de Generation Green Working Group, de la Universidad de Helsinki, en su publicación de 2025 Medicines and The Environment, Challenges and solutions for sustainable pharmacy. Y en tercer lugar, porque hablamos de un producto que es imprescindible: “No podemos olvidarnos de que estamos hablando de los medicamentos, que son un contaminante especial porque no podemos prescindir de ellos, y esta visión hay que mantenerla en todo momento”, señala Lertxundi.


