¿Cuál es el precio real de las cosas?

Hoy en dí­a, no es extraño encontrar en los supermercados aparatos electrónicos que cuestan menos de 5 euros. O ropa que apenas llega a los dos euros. Precios que pueden parecer suculentos, pero que esconden un interrogante detrás: ¿cómo es posible que sean tan baratos? Esa fue la pregunta que se hizo la activista Annie Leonard cuando estaba a punto de comprar una radio que costaba apenas 3,5 euros. Leonard se puso entonces a investigar sobre la cadena de fabricación y residuos de cada producto y descubrió que simplemente la diferencia con el precio real la pagaban otros. Eso fue lo que reflejó en su “Historia de las Cosas” (The Story of Stuff).

Esa diferencia que ni el fabricante ni el consumidor pagan son las llamadas externalidades negativas. Se entiende por externalidad todo daño o beneficio provocado a personas que no participan en la compra-venta o consumo del producto y que no está contabilizado dentro de los costes de la empresa y, por tanto, en el precio. Estas externalidades pueden ser positivas, como los trabajos indirectos que puede originar una fábrica, aunque lo más habitual es que sean negativas.

Las principales externalidades negativas son medioambientales y socio-económicas. Las medioambientales se relacionan con la contaminación generada en los procesos productivos. Algunas actividades, como la minerí­a, son especialmente contaminantes: envenenan el agua y el aire y provocando enfermedades a los lugareños. A excepción de grandes catástrofes, es raro que las empresas paguen por estos perjuicios, aunque algunas demandas colectivas han prosperado, como el famoso caso que desenterró Erin Brockovich sobre la contaminación del agua con cromo hexavalente por una compañí­a energética.

Las externalidades socio-económicas se relacionan principalmente con las condiciones de trabajo de los empleados de la empresa. Largas jornadas, presión en la oficina, lugares sin ventilación o la presencia de compuestos tóxicos en las zonas de trabajo pueden desembocar en el desarrollo de enfermedades o en accidentes. Su coste no es anecdótico. Se calcula que en Europa los accidentes laborales y enfermedades profesionales suponen casi 500.000 millones de euros al año en pérdidas para las empresas y tratamientos sanitarios.

En ocasiones, los componentes ambiental y socio-económico se entremezclan, como ocurrió con el Desastre de Bhopal (India), en 1984, cuando la falta de condiciones de seguridad llevó a un escape de gas en una fábrica de pesticidas que mató esa misma noche a 8.000 personas. Se calcula que otras 12.000 personas han muerto desde entonces por causas asociadas y que 600.000 sufren sus secuelas.

Pero las externalidades no terminan en las fábricas. Los propios consumidores también podemos ocasionarlas, como es el caso del humo del tabaco, que puede afectar a la salud de terceros, especialmente en lugares cerrados.

Es difí­cil determinar cuánto costarí­a cada producto si las empresas compensaran por las externalidades negativas. En muchas ocasiones, un cambio en la estrategia de producción disminuye los perjuicios e incluso puede ser positiva para la reducción de costes generales en la empresa. Otras veces, las mejoras pueden incurrir efectivamente en un incremento de los gastos corrientes.

El comercio justo es probablemente lo que más se acerca a este modelo ideal de producto, aunque algunos detractores aseguran que ni siquiera en ese caso se pagan todas las externalidades. El comercio justo se enfrenta además a una de las grandes barreras del mercado de consumo: los usuarios lo ven como un producto más caro que sus análogos no éticos. Sus defensores aseguran que, si se considera la calidad, no se trata de productos más caros, puesto que este tipo de comercio alternativo busca precisamente eliminar intermediarios.

Lo cierto es que, sea antes o después, las externalidades siempre se acaban pagando. Ya sea con la salud de los trabajadores, el daño al medio ambiente, las arcas estatales o -en menos ocasiones- el pago directo de las empresas, a menudo el coste real acaba superando con creces el suculento precio que luce en las estanterí­as del supermercado.