Empleadas domésticas: la sombra de la violencia

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Hok Pov acababa de perder su trabajo en la fábrica textil en la que habí­a estado cinco años cuando recibió una oferta para irse a Malasia como empleada doméstica. Querí­a seguir en Camboya, pero estaba harta de ganar apenas 80 dólares mensuales y Malasia era una buena oportunidad para poder ahorrar. Una agencia le habí­a prometido un puesto como empleada doméstica en una familia china del paí­s. No era la primera vez que lo hací­a. Años antes ya habí­a estado en el mismo paí­s y la experiencia habí­a sido buena. Esta vez no tendrí­a tanta suerte.

Los apenas 5 meses de estancia de Pov en Malasia fueron poco menos que un infierno. Apenas le daban de comer y tení­a que estar siempre disponible para trabajar. No podí­a salir de la casa o llamar a su familia. Y lo peor de todo, la mujer pagaba sus enfados con ella y le daba palizas varias veces por semana. Ella fue, sin embargo, una afortunada. No sufrió abusos sexuales.

La situación de las empleadas domésticas en medio mundo suele ser especialmente dramática, ya que su trabajo se desarrolla en la intimidad del hogar, donde nadie puede controlar o denunciar. Pov consiguió escapar y una ONG la ayudó a volver a casa. Pero muchas no son tan afortunadas.

Es difí­cil saber cuántos trabajadores domésticos hay en el mundo, ya que buena parte desarrollan sus actividades de forma clandestina. La OIT calcula que hay entre 33 y 100 millones de personas trabajando en casas ajenas y que se concentran principalmente en Asia. La mayorí­a de ellos, hasta un 80 por ciento, son mujeres que a menudo son además inmigrantes de paí­ses pobres en otros más ricos.

Como en el caso de Pov, muchas de estas mujeres son confinadas a los hogares, se les retiran sus pasaportes y se les prohí­be salir de las casas en las que trabajan. Un 45 por ciento no tiene ningún dí­a libre y a muchas les retienen los salarios durante meses para asegurarse que no van a fugarse. Este sistema suele contar a menudo con agencias o brokers que trabajan en los paí­ses pobres de origen y que son cómplices de los abusos. Muchas trabajadoras son literalmente traficadas.

Las historias como las de Pov no ocurren sólo en paí­ses como Malasia. En Europa, buena parte de las empleadas domésticas también son extranjeras y ejercen su actividad en negro. Según una investigación realizada entre 2006 y 2007 en Gran Bretaña por Kalayaan, organización por los derechos de los empleados domésticos inmigrantes, el 86 por ciento de las mujeres de este colectivo trabajaban más de 16 horas al dí­a, 70 por ciento se quejaron de abusos psicológicos y 56 por ciento no tení­an una habitación privada en la casa de sus empleadores, según recoge IPS.

Hoy se celebra el Dí­a Internacional de la Mujer Trabajadora, que este año está centrado en la violencia que sufren las mujeres en sus puestos de trabajo. Las empleadas domésticas no son las únicas expuestas a abusos, pero sí­ de las más vulnerables y por eso hemos querido recordarlas en Carro de Combate.