El azúcar se tiñe de sangre en Camboya

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Texto publicado originalmente en Periodismo Humano

 

Hace siete años, unos hombres vinieron a hacer un agujero en las tierras en las que Chay Ty solí­a plantar su arroz. Ella se extrañó y preguntó al jefe de la comunidad. “Sólo toman muestras para hacer unos análisis”, le respondió. Unas semanas después, las máquinas empezaron a aplastar y a limpiar el terreno, sin previo aviso. Así­ es cómo se enteró de que le iban a quitar la tierra.

El gobierno de Camboya otorgó en julio de 2006 la gestión sobre el terreno donde plantaba Chay Ty y otras 200 familias, en Srae Ambel, al sur del paí­s, a dos empresas azucareras, la Koh Kong Sugar Industry y la Koh Kong Sugar Plantation. Las empresas limpiaron el terreno de arroz y otros vegetales y plantaron caña de azúcar para abastecer a la refinerí­a que instalaron en el mismo pueblo. Las familias se quedaron así­ sin su principal medio de subsistencia y sin ningún tipo de compensación.

IMG_9059Tras la concesión, la vida cambió radicalmente en la comunidad. Sin tierra en la que cultivar, las familias se quedaron sin dinero. Muchos emigraron y los que se quedaron ya no pueden pagar ni el colegio de sus hijos. “Antes podí­a permitirme enviar a todos los niños al colegio. Ahora he dejado sólo a los chicos. Las niñas ya no van”, asegura Chay Ty, que tiene cinco hijos, dos de los cuales son niñas. La tierra y el agua se fueron contaminando poco a poco por los quí­micos que se usan en los cañaverales y en la fábrica. Los rí­os dejaron de tener peces que pescar y en los campos aledaños a los cañaverales todo lo que crece muere al poco tiempo.

Camboya vive desde hace varios años una ola de expropiaciones que ha afectado al 22 por ciento de la tierra y a unas 400.000 familias, según Licadho. En el caso del azúcar, se calcula que unas 4.000 familias han perdido sus tierras o sus casas por el acaparamiento de fincas destinadas al sector azucarero. Una industria que es reciente en el paí­s y que se ha desarrollado bajo el paraguas del acuerdo preferencial “Everything But Arms” (EBA, Todo menos armas) que la Unión Europea concede a los paí­ses menos desarrollados para que puedan importar sus productos en Europa con ventajas impositivas. “La propia empresa ha reconocido que no estarí­a en Camboya si no fuera por el EBA. Creo que es una prueba suficiente de que está relacionado”, asegura Matthieu Pellerin, en referencia a la empresa tailandesa KSL, verdadera propietaria de la plantación en Sra Ambel y que también ha sido acusada de acaparamiento de tierras en su paí­s de origen.

Tras años de lucha, los campesinos de Srae Ambel parecen estar cerca de una victoria. El Cambodian Center for Human Rights ha asegurado que durante las discusiones entabladas con la Koh Kong Sugar en marzo de 2013, el nuevo director general se comprometió a devolver la tierra a los aldeanos de Srae Ambel aunque pedirá, a cambio, unas tierras alternativas. Probablemente no estarán demasiado lejos, ya que la caña no puede almacenarse más de 12 horas y la empresa no parece dispuesta a desmantelar la fábrica. Mientras, los aldeanos de Srae Ambel han demandado a la empresa británica Tate & Lyle, que compra el azúcar que crece en sus antiguas tierras, y le piden casi 12 millones de euros, como pago atrasado de lo producido más una compensación por daños y perjuicios. Lo han hecho en los mismos tribunales ingleses, desafiando al gigante azucarero en su propio territorio. Antes ya lo han intentado en Tailandia y Camboya, pero los procesos están paralizados y los campesinos temen no recuperar nunca sus tierras. La compañí­a ha ofrecido dinero a algunos campesinos, en general a los que más han protestado, pero ellos quieren que se reconozca que la tierra es suya”, asegura Man Vuthy, uno de los trabajadores de la ONG Community Legal Education Center (CLEC) que ofrece asistencia en el proceso legal.

Tras muchas batallas perdidas, el fin de la guerra parece más cercano que nunca. Por el camino, muchos han perdido sus pertenencias y algunos han dado su vida, como el activista An In,asesinado en 2007 mientras tomaba fotografí­as de la zona. Pero ganar será, sin duda, una prueba de que la industria no es invencible y que las cosas se pueden hacer de otra manera, con un poco más de dulzura.

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Este texto es una adaptación de un capí­tulo del libro “Amarga Dulzura”, nuestra investigación sobre la industria del azúcar que acabamos de publicar. Puedes leer el capítulo entero aquí. Para conseguir el libro en formato electrónico, y muchos otros materiales que hemos publicado, puedes hacerte mecenas aquí y ayúdarnos así a seguir investigando.