Mujer bonita es la que lucha

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Poco que celebrar, mucho por lo que luchar y sobre todo, incontables mujeres a las que recordar este 8 de marzo. Mujeres anónimas, invisibilizadas, porque no aparecen en los libros de texto. Lo recordaba este artí­culo, y es un debate muy vigente: apenas un 7,5% de las referencias en los libros de texto son a mujeres. Obviamente, la milenaria cultura patriarcal ha tenido mucho que ver, pero no son pocos los nombres de mujeres ilustres que se conocen y, sin embargo, se siguen obviando en los libros de texto. Cuentan de la hermana de Platón; de la mujer de John Stuart Mill. Quién sabe cuántas hermanas, esposas, concubinas más.

Pero hay un vací­o en los libros de historia que es el más llamativo y sin embargo el menos denunciado: los cientos de miles de mujeres quemadas en Europa durante siglos de caza de brujas. Cientos de miles de asesinatos que se saldan en los manuales escolares con una breve reseña de una frase. Mujeres quemadas en toda Europa por defender sus papeles ancestrales, su conocimiento de las plantas medicinales, y también sus tierras: ellas encabezaron la resistencia contra los cercamientos, el proceso por el cual, primero en Inglaterra y después en toda Europa, los nuevos vientos del capitalismo convirtieron las tierras comunales en fincas privadas y cientos de miles de campesinos se vieron obligados a dejar el campo y migrar hacia las ciudades, donde les esperaban jornadas de 16 horas en una fábrica y salarios que no les permití­an salir de los tugurios. Proletarización, se llamó aquel proceso que también pasa de puntillas sobre los libros de texto, y es que, no se nos olvide, la misma inercia por la que se invisibiliza a las mujeres oculta también las resistencias al capitalismo. La historia siempre la escribieron los vencedores.

Ahora que ya tenemos derecho a votar y a ir a la universidad, y con ello la tentación de pensar que el feminismo ya no tiene sentido, no está de más recordar que esa misma ausencia de las mujeres en los libros de texto, y en un idioma donde se supone que nosotras, sólo a veces, debemos sentirnos incluida cuando se habla de «el hombre», está en la base de los feminicidios y las violaciones que en todo el mundo siguen siendo el vergonzoso pan de cada dí­a.

Leo ayer, dí­a de homenajes y flores, que en 2013 una mujer fue asesinada cada 30 horas en Argentina, un 22% más que en 2009. Leo también que más de la mitad de las mujeres europeas han sufrido acoso sexual y una de cada tres, violencia sexual o fí­sica. Llama la atención que en ese mapa de la violencia machista se registren í­ndices mucho mayores en Dinamarca que en España: obviamente, una mujer española y una danesa no definen de la misma forma la palabra «agresión».

En España, la violencia machista sigue mucho más instalada en el imaginario colectivo, en esos micromachismos de cada dí­a que naturalizan el problema hasta invisibilizarlo.En América Latina, la situación está un par de pasos por detrás de España. Eso se percibe en las actitudes y en los cuerpos. La actitud de las mujeres que aguantan con resignación -¡e incluso con agrado!- las manifestaciones más babosas y agresivas del piropo. Los cuerpos de las mujeres eternamente insatisfechas con sus cuerpos, porque los cuerpos reales están mal vistos en una sociedad donde el ideal de belleza es la muñeca Barbie. Así­ que las mujeres deben pasarse la vida pasando hambre, y pasando por el quirófano, para llegar a parecerse -pero nunca alcanzar, obvio- el ideal de las modelos retocadas con photoshop.

Con sus variables culturales, claro: en Colombia, muchas mujeres se ponen tetas y usan fajas para reproducir las deseables curvas latinas; en Argentina, las mujeres se obstinan en estar flacas como las modelos de las pasarelas. Más allá de esas diferencias, un denominador común: las mujeres no están a gusto en sus cuerpos; más bien emprenden una guerra sin cuartel contra sus cuerpos para obligarlos a encajar en un molde imposible.

La batalla actual del feminismo radica hoy, a mi entender, en comprender y visibilizar el hilo de continuidad que enlaza estos procesos: el silencio en torno a la caza de brujas de los siglos XVI y XVII, el maltrato psicológico y fí­sico, el piropo, el abuso sexual, la anorexia, la cirugí­a plástica, los concursos de belleza, el derecho al aborto. Son fenómenos que requieren análisis diferenciados, pero son todos ellos consecuencia directa del patriarcado opresor para el que las mujeres deben ser sumisas y bonitas. Sus cuerpos son objetos de consumo para el disfrute del varón, pero el cinismo es tal que, si sucumben a esa provocación sexual constante y quedan embarazadas, deberán cumplir su ancestral obligación de ser fábricas de niños a los que, por cierto, deberán criar sin ningún tipo de apoyo social.

La primera batalla, la más fundamental, es sobre nuestros cuerpos. Eso implica luchar por el derecho sobre nuestros úteros, pero también sobre el resto de nuestro cuerpo: el derecho a ser hermosas aunque no respondamos a los parámetros hegemónicos de la belleza. ¡El derecho a envejecer! El derecho a destinar nuestras energí­as a ser madres, si queremos, y a emplear nuestra energí­a creativa en otros proyectos, si así­ lo preferimos. El derecho a poder volver a casa tranquilas por la noche -¡sin miedo!-, o desenvolvernos naturalmente en el trabajo, o ponernos la ropa que nos de la real gana, sin la amenaza constante de que un hombre nos ponga la mano encima sin que le hayamos invitado. El derecho, también, a invitar a los hombres a que nos toquen con sus manos cuando nosotras queramos. El derecho, en fin, a apropiarnos de nuestros cuerpos. La batalla es larga y definitiva, pero la lucha empieza por pequeños gestos. Un ejemplo provocador y que comienza a aparecer en el debate: en esta extraña sociedad que habitamos, no depilarse puede ser un gesto revolucionario para una mujer, porque la obligará indefectiblemente a enfrentar la mirada de desaprobación de los y las demás.

Os comparto un regalo: ilustraciones contra la reforma del aborto en España.