2. La agonía de la remolacha – Valladolid – España

Este es el segundo capítulo de nuesto primer libro ‘Amarga Dulzura. Una historia sobre el origen del azúcar’ que publicamos en mayo de 2013. Cinco años después de su publicación, liberamos gradualmente su contenido. Sin embargo, si quieres conseguir una copia en formato de libro electrónico, hazte mecenas de Carro de Combate y ayúdanos a seguir escribiendo libros como éste.

La remolacha es el vegetal melancólico, el que más quiere sufrir.

No puedes exprimir sangre de un nabo”

Tom Robbins, Jitterbug Perfume

El día que viajé por primera vez a una de las muchas fábricas azucareras que hay a lo largo y ancho de Tailandia me di cuenta de lo familiar que me resultaba el olor que desprendía. En Valladolid, mi ciudad natal, siempre tuvimos una azucarera. Mis abuelos vivían bastante cerca y supongo que el olor llegaba hasta la casa. En realidad no recuerdo mucho de la fábrica de aquellos días. Cuando cerró, en 1991, yo tenía apenas siete años y sólo tengo una imagen vaga de una chimenea echando humo. Y del olor. Dicen que los olores son los recuerdos que más fieles se mantienen en el cerebro humano. En el mío, sin duda, se ha mantenido intacto durante todos estos años.

La provincia de Valladolid ha sido durante décadas una región ligada a la remolacha. Desde principios del siglo XX, la zona del Duero, que recorre la meseta castellana desde Soria hasta Portugal, se convirtió en la región con un mayor desarrollo de la remolacha de España. Valladolid surgió como el centro de aquella industria en esa región que entonces se llamaba Castilla La Vieja. El cultivo de la dulce raíz era entonces algo nuevo en el país. Durante siglos, España había obtenido su azúcar de las colonias americanas, esas en la que caña y esclavitud se daban la mano. La expansión de Napoleón a través de Europa no sólo provocó el bloqueo comercial del continente, sino que fue el momento de debilidad que buena parte de las colonias estaban esperando para comenzar sus procesos independentistas. La remolacha empezaba a cobrar sentido, aunque aún tardaría un poco en llegar. Al fin y al cabo, Cuba, la principal colonia azucarera, siguió ligada a la Península y el suministro estaba asegurado. La primera fábrica remolachera se instaló en Alcolea, Córdoba, en 1877. En los años siguientes se abrieron algunos ingenios más, pero fue la pérdida de Cuba en 1898 la que lanzó “una auténtica fiebre remolachero-azucarera” [1]. En los tres años siguientes se ponen en marcha 26 nuevas fábricas, dos de ellas precisamente en Valladolid. Una de ellas fue esa azucarera de Santa Victoria que estaba cerca de la casa de mis abuelos.

Santa Victoria sobrevive ahora como un esqueleto de ladrillo en una zona algo apartada de la ciudad, pero, al mismo tiempo, no muy lejos del bullicio del Paseo Zorrilla. Valladolid siempre estuvo cortada en dos por la vía del tren. Al oeste estaba el centro, las zonas más ricas y mejor provistas. Al este, buena parte de los barrios obreros. Luego había otros dos cortes naturales trazados por los ríos Pisuerga y el falso Esgueva. Digo falso, porque el trazado del Esgueva fue modificado a finales del siglo XIX para que no pasara por el centro de la ciudad, lo que sin duda ayudó, aunque no fuera de forma intencionada, en ese esquema mental de Valladolid. Muchos pensarán que mi recuerdo es algo exagerado, pero yo siempre estuve del otro lado de la vía y a mí siempre me pareció que algo nos separaba del resto de la ciudad.

Sin embargo, lo que yo tanto odiaba fue lo que probablemente salvó a Santa Victoria. Pegada a la vía, pero en su lado este, las instalaciones quedaron durante años abandonadas tras su cierre en 1991. Nadie parecía estar demasiado interesado por el suelo que ocupaba la fábrica, así que simplemente dejaron que acumulara polvo y moho. Años después, las instalaciones han sido reformadas y se han convertido ahora en una especie de centro de recreo y de actividad social. Algún día será el símbolo de una época pasada. Todavía tenemos muchas cosas en Valladolid que nos recuerdan que somos una provincia azucarera, pero quizá dentro de unos años sólo nos queden esos esqueletos de ladrillo como el de Santa Victoria.

Personas como Eutimio Cuesta son los primeros que están viendo cómo la industria muere rápidamente. A sus 54 años, lleva más de 25 plantando la dulce raíz en Villalbarba, un pueblo fronterizo con Zamora, pero no sabe si lo hará durante mucho más tiempo. “Cuando llegue la reforma no sé si habrá algo de remolacha aquí. Yo ya me he planteado dejar de plantar la mitad para la siguiente campaña, pero quien abandona la remolacha no la vuelve a coger”, explica. La reforma lo ha cambiado todo. Durante décadas, plantar remolacha en Europa fue muy rentable. Pero la época dorada ya pasó. El sector azucarero está ahora en proceso de liberalización, como veremos más adelante, y el precio que se paga hoy apenas cubre los costes de producción. “Ahora mismo se cobra por la remolacha casi el 50 por ciento del precio de antes”, asegura Cuesta. Antes de 2006, cuando se puso en marcha la reforma, la remolacha se pagaba a 48 euros por tonelada. Tras la reestructuración, el precio se estableció en 26 euros y se recurrió a subvenciones regionales y europeas para asegurar que los agricultores continuaban suministrando a las fábricas. “Con las subvenciones se llega a los 40 euros. Pero para seguir cultivando remolacha se necesita un precio de unos 46-47 euros [la tonelada]”, explica el agricultor.

En España, desde 2006 se ha abandonado aproximadamente el 50 por ciento del cultivo de remolacha. En el sur, donde es más cara producirla porque llueve menos, apenas resiste ya y Castilla y León se va rindiendo a la evidencia; cuando el mercado termine de liberalizarse, probablemente en 2017, la planta ya no será rentable. Los agricultores cambiarán de cultivo, pero se parará toda la maquinaria que durante décadas ha dado trabajo a buena parte de la provincia. “La remolacha es un cultivo que necesita mucha inversión, en transporte, abonos… pero por ello crea mucha riqueza en el entorno. Es lo que llamamos un cultivo social”, asegura Javier Narváez, secretario del consejo rector de Acor, una cooperativa azucarera con base en Valladolid.

La producción de remolacha en Europa ha estado muy ligada a las cooperativas. Aunque en Europa también hay otro tipo de asociaciones empresariales en el sector, las cooperativas se han llevado gran parte del mercado. Respondía en buena parte a una necesidad de la planta; el cultivo debe rotar a menudo por lo que las grandes plantaciones no tenían sentido. Así, en Francia, el principal productor del Viejo Continente, Tereos se ha convertido en la empresa azucarera más grande y una de las más importantes de Europa.

Sin embargo, la liberalización ha llevado a una mayor concentración de las empresas. En España, durante años el mercado había estado controlado por tres compañías. Una de ellas, Azucareras Reunidas de Jaén (ARJ), convirtió la única fábrica que tenía en una planta de biodiésel. Acor también ha comenzado a diversificarse y ahora produce aceites y biodiésel – el bioetanol fabricado a través de remolacha española no es competitivo, asegura Narváez – y refina azúcar de caña que importa del extranjero. Por su parte, Azucarera-Ebro, con sede también en Castilla y León, fue comprada por la británica AB Sugar Group, el segundo productor de azúcar del mundo.

En el campo, la mayoría ve la reforma un sinsentido. Uno de los objetivos era que los consumidores europeos dejaran de pagar tres veces más por un azúcar inflado por la hiperregulación. Los precios eran tan interesantes que todas las empresas querían producir al máximo, pero la Unión Europea imponía unos límites. Azucarera-Ebro decidió saltárselos y falsear los datos de producción durante tres campañas seguidas entre 1996 y 1999. El fraude fue descubierto y doce de sus directivos, condenados a penas de prisión de hasta casi diez años. El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, del PSOE, indultaría a dos de los directivos cuando ya estaba a punto de abandonar Moncloa, mientras que el Ejecutivo que le sucedió, de Mariano Rajoy -del PP- concedería la misma gracia a otros dos altos cargos. El poder de la industria del azúcar no entiende de afiliaciones políticas.

Pero volvamos al precio del azúcar. Durante los primeros meses tras la reforma, la nueva legislación cumplió con las expectativas y hubo una caída continuada en el precio. Sin embargo, poco después la tendencia se invirtió y los precios volvieron a subir rápidamente. “Al consumidor no le ha beneficiado. Antes se producía suficiente para consumir, pero ahora hay un 40 por ciento menos. Hay que importarlo pero no es más barato”, asegura Cándido Domínguez, del sindicato agrario Unión de Campesinos. El secretario del consejo rector de Acor da algunas pistas más. “La industria azucarera sí que está contenta. El precio en el mercado mundial lo pone el azúcar brasileño, y con el desvío de caña hacia el bioetanol, ha subido el precio internacional y con ello, los precios de la Unión Europea”, asegura Narváez.


Gráfico. Evolución de los precios del azúcar en la Unión Europea

A la industria parecen salirle las cuentas, pero no a los agricultores. Las fábricas se arriesgan, sin embargo, a quedarse sin materia prima si no incrementan el precio que pagan por la remolacha.“Los cálculos que nos hacemos los agricultores no son muy exactos, contamos lo que nos gastamos y lo que ganamos, pero no ponemos otras cosas como Seguridad Social o la amortización de maquinaria”, asegura Eutimio Cuesta. “Igual si hiciéramos todas las cuentas tendríamos que cerrar e irnos. Aunque tal y como está ahora todo, tampoco puedes irte a ningún sitio”.

NOTAS AL CAPÍTULO

1. La adopción y expansión de la remolacha azucarera en España (de los orígenes al momento actual), Estudios del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, María Jesús Marrón Gaite. 1992