Esto es lo que la moda significa en la lucha contra la emergencia climática

Hace tan sólo un año, el cambio climático ocupaba buena parte de las portadas de periódicos y abría telediarios. Se celebraba, como durante estos días, la Semana de Acción Climática y atajar las causas de la emergencia climática parecía una prioridad en la agenda internacional. Pandemia mediante, las noticias sobre cambio climático han prácticamente desaparecido de nuestro cotidiano.

Y, sin embargo, la amenaza sigue ahí. Ya hablamos aquí de que el positivismo lanzado durante la cuarentena sobre la reducción de emisiones era exagerado. Durante los peores momentos de confinamiento, las emisiones se redujeron sólo un 17%. Insuficiente para cumplir los objetivos del acuerdo de París. Y la ONU ha alertado de que las emisiones ya han vuelto prácticamente a los tiempos previos a la pandemia.

¿Y qué tiene que ver la industria de la moda con todo esto? Un 10% de todo.

O eso es al menos el porcentaje de emisiones que se calcula que genera esta industria cada año con respecto del total, según Naciones Unidas. Así, las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la producción de textiles, que alcanzan los 1.200 millones de toneladas anuales, son más elevadas que las de todos los vuelos internacionales y el transporte marítimo combinado.

La consultora McKinsey reduce esta huella a «tan solo» el 4% de las emisiones globales, pero aún suficientemente importantes para equiparar las de Alemania, Francia y Reino Unido juntas.

Y la cosa irá a peor. Según algunas estimaciones, se espera que las emisiones del sector aumenten más del 60 % para 2030.

 

¿Y cómo es posible que la industria de la moda, que puede parecer menos intensiva en recursos contaminantes que otras, tenga una huella tan grande? Una de las principales razones es que fabrica para tirar. Cada año se producen al menos 100.000 millones de prendas, es decir, unas 13 prendas por persona y año. Por supuesto, el reparto no es equitativo y el consumo en países del norte es mucho mayor que en países del sur. Y para consumir tantas prendas, tenemos que cambiarlas rápido. Así, se estima que muchas piezas de ropa se desechan tras sólo siete o diez usos. Y que más del 30% de la ropa que engrosa los armarios europeos no se ha usado en, al menos, un año. Otras muchas prendas, aproximadamente un 2%, nunca llegan a ser vendidas y acaban en incineradoras.

Otra de las razones es que el proceso de fabricación es altamente ineficiente. Según la Fundación Ellen MacArthur, del total de la fibra que entra en la industria textil, un 87% acaba en un vertedero o incinerada. «Cada segundo, el equivalente de un camión de la basura lleno de textil es tirado en un vertedero o quemado», sostiene la organización. Y, a pesar del esfuerzo mediático que se ha hecho para promocionar iniciativas de upcycling y reciclaje, sólo el 3% de las materias primas procede de materiales reciclados. De las materias nuevas, la mayoría, hasta un 63% de la materia prima, son fibras sintéticas procedentes del plástico. Otro 26% es algodón, un cultivo que suele producirse con una huella medioambiental muy alta.

No son los únicos impactos socioambientales de la industria textil. Por ejemplo, la moda es la segunda industria más demandante de agua, y genera alrededor del 20% de las aguas residuales del mundo, liberando anualmente medio millón de microfibras al océano.

En Carro de Combate queremos investigar estos impactos más en profundidad para entender mejor cómo la contaminación que deja la industria de la moda afecta a millones de personas. Para hacerla realidad, estamos recaudando fondos en Goteo que nos permitan financiar los viajes y liberar el tiempo necesario que una investigación como esta requiere. Aún estamos lejos del mínimo necesario y, si no llegamos, todo se devuelve y el proyecto no saldrá adelante. ¡Ayúdanos a seguir investigando! #SubeteAlCarro

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