Proteger el futuro del manglar para cuidar a las comunidades 

En el corazón del Delta del Saloum, el manglar intenta resistir entre el avance del cambio climático, la presión humana y décadas de prácticas agrícolas que han dejado una profunda huella en el paisaje.

En el Delta del Saloum confluyen las desembocaduras de los ríos Sine y Saloum, que serpentean durante kilómetros y conforman una extensa red de canales de agua parcialmente salada. Es un imbricado laberinto de manglares del que las poblaciones locales no sólo han obtenido históricamente alimento, sino que también ha sido un lugar de culto, como confirman los sitios funerarios en los que se han encontrado importantes objetos artesanales. Estos hallazgos ofrecen un testimonio claro de la larga historia de asentamientos humanos a lo largo de la costa de África Occidental.

Se trata de una zona declarada Reserva de la Biosfera desde los años 80, que conforma el segundo parque nacional más grande de Senegal y que en 2011 se convirtió además en Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Es un ecosistema tropical excepcionalmente rico en biodiversidad —especialmente en lo referente a distintas especies de aves— que sirve de medio de subsistencia para más de 100.000 habitantes. En este lugar, la población vive principalmente de la pesca y de la recogida del marisco que se cultiva en el manglar, pero desde hace ya unos años sufre las consecuencias del cambio climático, la sobreexplotación y el uso no sostenible de las zonas boscosas. Todo ello ha provocado erosión costera y salinización, amenazando el desarrollo local de la región.

Los manglares son ecosistemas muy especiales: allí donde el agua de los ríos se junta con la del mar, surgen especies arbóreas particulares —cuyas raíces se hunden bajo el agua salada— y también especies animales especialmente adaptadas al medio. Por eso se trata de lugares especialmente protegidos, puesto que las especies que albergan difícilmente pueden vivir en otros lugares. En los últimos años han sufrido enormemente por factores como la urbanización acelerada de las zonas costeras, el cambio climático y la sobreproducción. Tal y como explica el director de la División de Bosques de la FAO, Zhimin Wu: “Los manglares tienen un papel clave para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ya que proporcionan alimentos y medios de vida a las comunidades, protegen la costa frente a los desastres naturales, almacenan carbono y ayudan a mitigar el cambio climático”. Sin embargo, según datos de la UNESCO, entre 1980 y 2005 se perdió algo más del 40% de los manglares del planeta.

La buena noticia es que, desde entonces, la mayor parte de ellos se ha convertido en zonas protegidas. A pesar de ello, el estudio Los manglares del mundo, 2000–2020, realizado por la FAO, señala que durante las dos primeras décadas del siglo XXI se ha seguido perdiendo cobertura, aunque a un ritmo mucho menor (un 0,12% entre ambas décadas). Las principales causas de estas pérdidas, explica el informe, fueron el desarrollo de la acuicultura (27%) —los manglares son muy aptos para ello, lo que en ocasiones ha provocado un crecimiento descontrolado— y la “retracción natural” (26%), además de la conversión del terreno a otros usos, como plantaciones de palma aceitera (8%) o cultivo de arroz (8%).

El Delta se encuentra en una zona eminentemente rural donde empieza a despuntar el turismo, con el pueblo de Toubakouta, de unos 3.000 habitantes, como referencia. En los últimos años han florecido allí algunos hoteles y pequeños negocios —hostelería, venta de velas, productos naturales o bolsos— orientados al turismo, y se han instalado diversas ONG de carácter medioambiental y social. No en vano, en julio de 2023 se celebró en esta zona la Jornada Mundial de los Manglares, organizada por Wetlands International, y a finales de octubre tuvo lugar el encuentro mundial de Agroecología.

Muy cerca de allí, a poco más de tres kilómetros, se encuentra el pequeño pueblo de Dassilame Serere, coronado por un majestuoso baobab en el centro y diversas callejuelas de tierra. Es una pequeñísima localidad en la que, sin embargo, no dejan de construirse nuevas casas, la mayoría pertenecientes a jóvenes de la diáspora —en buena parte en España— que tienen claro que regresarán más pronto o más tarde.

Y precisamente en Dassilame está la Cooperativa Association Inter-Villageoise de Développement (AIVD), una iniciativa que surgió originalmente como asociación vecinal, después comenzó a agrupar algunas aldeas cercanas y finalmente se estableció como cooperativa. Su objetivo es asegurar un cuidado integral de todo el entorno del manglar. Ahora se dedican principalmente a la marisquería, pero en el futuro aspiran a plantar también arroz, cereales y otros productos de forma sostenible.

Impacto del cambio climático


“En el Delta del Saloum nos encontramos con dos realidades muy claras: por un lado, el aumento de las temperaturas; por el otro, el déficit hídrico. Si antes teníamos unas precipitaciones de 1.200 milímetros, ahora son de unos 600–700 mm anuales”, explica Mamadou Bakhonh, alma máter de la cooperativa. Esto supone que el bosque pase de ser lo que era —un tipo de bosque guineano— a convertirse en un tipo de “bosque sudanés”, correspondiente a un ambiente mucho más seco.

Además, el aumento de la temperatura contribuye a acelerar la evaporación del agua, provocando una mayor concentración de sal. “Los manglares tienen mucha tolerancia —son, de hecho, parcialmente salados—, pero no tanta”, explica. Por eso, desde la asociación buscan apoyos para colaborar con alguna universidad o centro de estudios que les permita analizar en profundidad la situación del manglar: en qué estado se encuentra y cómo puede evolucionar en los próximos años. “Haría falta un estudio sistemático de la calidad del agua: qué cantidad de pesticidas se está expulsando al mar y cuál es la tasa de deforestación…”.

Efectos encadenados

Debemos tener en cuenta que la producción intensiva de cacahuete comenzó en Senegal en 1932, hace ya casi un siglo, y esto supone que los nitratos están por todos lados”, Bakhonh, agrónomo de formación. Efectivamente, el cultivo del cacahuete ha generado históricamente una fuerte presión sobre los suelos, ya que requiere extensas superficies y suele practicarse con rotación limitada, lo que incrementa la erosión y favorece la pérdida de nutrientes. En muchas zonas rurales del país, el cacahuete fue durante décadas el cultivo dominante y motor económico, conllevando el desmonte de áreas boscosas y la degradación progresiva del suelo. En regiones próximas al Delta, estos efectos acumulados han contribuido a que la contaminación por nitratos y la reducción de la cobertura vegetal afecten indirectamente a los manglares, haciéndolos más vulnerables a la salinización y al estrés hídrico. A todo ello se suman ahora las consecuencias de la explotación de gas y petróleo, que comenzó hace unos años kilómetros más arriba.

Mamadou Bakhonh muestra el equipamiento que utilizan para trabajar con las abejas, con el objetivo no sólo de producir miel sino, también, de fomentar la polinización. / Foto: Aurora M. Alcojor

En respuesta a todas estas dificultades, los miembros de la cooperativa han impulsado también el desarrollo de la apicultura, no sólo para producir y vender miel —“la mejor de toda África Occidental”, según Bakhonh, sino también para fomentar la polinización en el entorno. Además, promueven la ostricultura sostenible, tal y como nos explica Fodê Diamé, responsable de la producción de ostras en la cooperativa. El objetivo es doble: aumentar la productividad, pero al mismo tiempo disminuir el impacto sobre la naturaleza.

Iniciativas locales que muestran que la conservación puede ir de la mano del desarrollo sostenible, siempre teniendo claro que el bienestar de las comunidades está ligado aquí al del agua, la sal, la tierra y el manglar en su conjunto.

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