Hacia la huelga del 11N: una historia del consumo como acto político

Varias organizaciones llaman a dejar de comprar en apoyo al paro laboral del próximo 11 de noviembre. El consumo como herramienta de protesta tiene una larga trayectoria: repasamos su historia y los principales hitos de los boicots y las huelgas de consumo.

Por Laura Villadiego

“Si no puedes parar en el curro, para el carro”. No es un eslogan de Carro de Combate, aunque podría serlo. Con este lema, varias organizaciones, entre ellas la Confederación del Sindicato de Inquilinas (CSI), la ONG Justicia Alimentaria, la organización de consumidores Facua, Ecologistas en Acción y REAS Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria, llaman a dejar de comprar para reforzar la huelga general por la vivienda y los salarios del próximo 11 de noviembre. «La huelga de consumo es la huelga de quienes no pueden hacer huelga en el trabajo», explican en su convocatoria. 

Porque la vivienda no es lo único que ha subido por encima de los salarios. La cesta de la compra cuesta hoy un 40 % más que en 2019, mientras que el salario medio ha subido un 21,9 % en el mismo periodo, según la convocatoria. Mientras tanto, Mercadona, la mayor cadena de distribución del Estado, obtuvo unos beneficios de 1.729 millones de euros en 2025, un 25 % más que el año anterior.

Por ello, las organizaciones convocantes han pedido desde el pasado 28 de octubre que los miércoles antes de la huelga general no se compre nada en supermercados, hipermercados ni grandes cadenas, animando a trasladar el consumo a las tiendas de barrio y comercios pequeños. El 11 de noviembre se pide un paro total de las compras en consonancia con el paro laboral. 

“El objetivo [de la huelga] es parar la producción, parar el país, y ahí el no-consumo tiene un rol muy importante, porque así no forzamos a los trabajadores de esos sectores a tener que estar dando servicio, a tener que trabajar y facilitamos también que el resto haga huelga”, asegura Carlos Entenza, adjunto a la secretaria confederal de Juventud de CCOO, en el podcast especial que hemos producido con motivo de la huelga en colaboración con el sindicato. “Es importante ver cómo se unen esas dos luchas y cómo entre todos conseguimos parar el país para que se escuche la voz de la mayoría trabajadora”, ha continuado. 

“En el tema de la huelga, yo le explico a la gente que no trabaja porque está jubilada o por lo que sea: tu única forma de apoyar la huelga es ese día no consumir”, ha añadido Ana Etchenique, presidenta del Laboratorio de Investigación Ecosocial sobre Consumo, la organización que promueve el proyecto Carro de Combate. “La huelga de consumo es un complemento indispensable para una parte muy grande de la sociedad que necesita de estos avances que exigimos con la huelga”, ha asegurado. 

En el podcast, Entenza recuerda además cuáles son los derechos principales de las personas trabajadoras el próximo 11 de noviembre. “Hay mucha gente que apoya la huelga, que apoya las reivindicaciones, no solo de la vivienda, también de los precios y los salarios, pero que se está pensando si secundar o no la huelga porque temen represalias laborales”, ha asegurado Entenza. “El primer derecho [que tienen las personas trabajadoras en un paro] es el derecho a hacer la huelga, que es un derecho constitucional y que no puede conllevar consecuencias negativas [en el trabajo]”, ha continuado. CCOO ha puesto además a disposición de todas las personas interesadas la página web huelga.ccoo.es donde resuelve las principales dudas y da la opción de suscribirse a la campaña de información que el sindicato ha lanzado. 

En el podcast no sólo hablamos de la convocatoria de huelga, sino también de los precedentes del uso del consumo como un acto político a lo largo de la historia. Porque el consumo como herramienta de protesta tiene una larga trayectoria y, aunque ya en la Edad Antigua se dieron los primeros episodios, no fue una estrategia habitual hasta la Revolución Industrial.

El significado del consumo: de malgastar a comprar

Durante la mayor parte de la historia, consumir fue visto con recelo. La misma palabra consumidor se originaría, hacia el siglo XV, con una connotación negativa: “aquel que despilfarra o malgasta”. Este significado entroncaría con su origen en la palabra latina consumere, que los romanos utilizaban para hablar de la acción de utilizar algo hasta que se agotaba. El diccionario de la Real Academia Española aún conserva esta definición de consumir y la primera acepción de la palabra que recoge es la de ‘destruir, extinguir’. 

Al inicio de la I Revolución Industrial, ya se vislumbra un cambio en el significado de la palabra consumidor. Así, con la puesta en marcha de la maquinaria de producción, el término comienza a utilizarse para referirse a “aquel que utiliza bienes o artículos”, en oposición a la palabra productor. El propio Adam Smith se referiría a esa contraposición entre consumidor y productor en su conocida La Riqueza de las Naciones. “El consumo es el único fin y objetivo de toda producción; y el interés del productor debe ser atendido, sólo tanto como sea necesario para promover el del consumidor”, escribiría el economista y filósofo. 

Pero serían los colonos británicos en América los que darían un nuevo significado al uso del consumo con motivaciones políticas. Así, las trece colonias iniciarían el primer gran boicot de la historia, cuyo hito sería el Motín del Té, en el que alrededor de un centenar de personas tirarían más de 300 fardos de importados por la Compañía Británica de las Indias Orientales en la noche del 16 de diciembre de 1773.

Poco antes, ya habían aparecido algunos conatos de boicoteadores. Uno de ellos fue John Woolman, un personaje peculiar de su época, que dedicó su vida a luchar contra el sistema esclavista, que consideraba “una práctica inconsistente con la religión cristiana”. Predicando con el ejemplo, Woolman, un hombre polifacético que tuvo diversas ocupaciones a lo largo de su vida, se negó a escribir testamentos en los que se dejara a esclavos en herencia y, como sastre, nunca utilizaba telas teñidas, porque los tintes eran tóxicos para los trabajadores que los manipulaban, muchos de ellos esclavos. En un país forjado en los principios del liberalismo, Woolman también cerró su tienda de ropa porque consideró que ganaba demasiado dinero. Sus diarios, publicados en 1774, y otros escritos posteriores suyos supondrían una importante referencia para el movimiento abolicionista que, un siglo después, haría estallar otra guerra, esta vez entre los propios norteamericanos.

El origen de la palabra boicot

Durante casi un siglo al boicot no se le llamó boicot. No sería hasta finales del siglo XIX, cuando la historia del inglés Charles Cunningham Boycott daría la vuelta al mundo, acuñando el nuevo término. 

Boycott, un administrador de fincas para una familia adinerada irlandesa, era una persona de temperamento fuerte, según los testimonios de la época, que se fue ganando las antipatías de los arrendatarios en un país en el que el descontento sobre la concentración de la tierra crecía por momentos. En un momento de malas cosechas, el conde para el que trabajaba Boycott se negó a aceptar la bajada de los arriendos que pedían los agricultores. Cuando Boycott comunicó la decisión, todos los trabajadores que ayudaban a Boycott se marcharon, dejando al agente solo al frente de las tierras. Finalmente, hasta el cartero se negó a llevarle cartas y Boycott fue completamente aislado. La campaña contra Boycott continuó incluso cuando éste dejó el condado de Mayo para irse a Dublín; allí, el hotel donde reservó una habitación recibió amenazas de acciones contra el establecimiento si alojaba al inglés.

La historia del ostracismo contra Charles Boycott saltó rápidamente a otros países y fue recibida con especial interés por los inventores originales de las campañas de ostracismo modernas: los estadounidenses. Así, en cuestión de semanas, el término boycott se incorporó al lenguaje corriente de la prensa del país, y en un par de años entró en los diccionarios. También los ingleses, de donde era originario Boycott, hablaron largo y tendido del administrador de fincas. La revista Vanity Fair, que entonces sólo se publicaba en Reino Unido, le dedicó una de sus famosas caricaturas.

Este interés por la historia de Boycott nació no sólo por la efectividad de la campaña contra el antiguo capitán inglés –Boycott tendría que abandonar Irlanda y moriría arruinado– sino por la necesidad de encontrar un término potente y fácil de recordar para un fenómeno que cada día se hacía más popular. Porque el boicot en Estados Unidos vivió una época dorada a finales del siglo XIX, hasta el punto de que se fundaron incluso periódicos, como The Boycotter, que informaban exclusivamente de este tipo de campañas. 

Una de las organizaciones más activas en el uso de los boicots fueron los Knights of Labor (o Caballeros del Trabajo), una especie de sindicato que defendía mejoras laborales como la implantación de la jornada laboral de 8 horas. Uno de sus objetivos favoritos fueron los periódicos contra los que se promovieron no sólo boicots por las condiciones laborales de sus trabajadores –como en el caso del Atlanta Constitution en 1886– sino también por aceptar la publicidad de empresas marcadas en las listas negras. 

El boicot sería clave en otros capítulos de la historia estadounidense, sobre todo en la lucha por los derechos civiles de las comunidades afroamericanas. Probablemente el boicot más conocido de todos es el de los autobuses de Montgomery iniciado en 1955 por Rosa Parks al negarse a cederle su asiento a una persona blanca. El arresto de la costurera y su posterior multa provocaron un movimiento de protesta del que emergieron algunas de las grandes figuras de la defensa de los derechos sociales en Estados Unidos de las próximas décadas, especialmente Martin Luther King. 

De los boicots contra gobiernos a las multinacionales

Fuera de las fronteras estadounidenses, se gestaron otros boicots a lo largo del siglo XX. Uno de los más conocidos de la historia es el que se promovió para luchar contra el apartheid en Sudáfrica. Así, desde finales de los años 50, el Movimiento Anti-Apartheid llamó a bloquear las exportaciones sudafricanas y a no comprar en las empresas que hacían negocio en el país africano. Entre las empresas afectadas estuvo el banco Barclays, que se retiró del país en 1986 por la presión ejercida por la campaña. 

Sin embargo, los boicots no siempre estuvieron dirigidos contra gobiernos. Nestlé sufrió la primera gran campaña de boicot contra una multinacional. Los ecos comenzarían en los años 30 del siglo pasado, cuando ​​Cicely Williams, una pediatra formada en Oxford, descubrió en el Sudeste Asiático que, a diferencia de lo que había visto en África, la mortalidad infantil se cebaba especialmente con los recién nacidos y no con niños algo más mayores. Tras investigar, encontró una probable causa: el uso de leche condensada azucarada como sustituto de la leche materna que era promocionada por la multinacional Nestlé. Tres años después de su llegada, Williams pronunció un discurso en el Rotary Club de Singapur, cuyo presidente también era el presidente de Nestlé, titulado «Leche y asesinato», que llamaba a considerar las muertes por el uso de esta leche artificial como homicidios. 

Poco después llegaba la Segunda Guerra Mundial, en la que Williams estuvo a punto de morir presa de los japoneses, y la denuncia contra Nestlé cayó en el olvido. Hasta 1973, cuando la revista New Internationalist publicó un artículo en el que detallaba las consecuencias del uso de la leche artificial en los países del Sur Global y las miles de muertes de bebés por el uso de agua no potable o la mala manipulación de los biberones. Un año después, el informe The Baby Killer, de la ONG War On Want, denunciaba las prácticas de la multinacional y preparaba el caldo de cultivo para el boicot.

Pero aún se necesitaría un paso más. Llegó en la propia Suiza, el país de origen de la multinacional alimentaria. Allí, una organización llamada Grupo de Trabajo del Tercer Mundo tradujo el informe de War on Want y lo tituló Nestlé mata bebés. La multinacional denunció a la organización y, aunque ganó la demanda en 1976, la sentencia instaba a Nestlé “a modificar sus métodos publicitarios de forma sustancial”. 

El caso impulsó un boicot que se expandiría rápidamente por todo el mundo y que afectaría a otras empresas fabricantes de leche en polvo. En 1979 se creó la International Baby Food Action Network (IBFAN) como el principal motor del boicot y de la defensa de la lactancia materna. Uno de los principales logros del boicot fue la aprobación por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de un código de conducta sobre la venta y promoción de leche de sustitución en 1981. A día de hoy, el boicot sigue siendo promovido por varias organizaciones, aunque ha sido suspendido en algunos periodos concretos, haciendo del boicot a Nestlé el más largo de la historia. 

La campaña contra Nestlé supondría un cambio de rumbo en los boicots, que pasarían a centrarse en grandes multinacionales, dejando a los gobiernos en segundo plano. Un aviso previo de que las empresas se iban a convertir en el principal objetivo de este tipo de campañas se lanzó en los años 60 en los viñedos de California. Lo que empezó como una huelga promovida por los propios trabajadores, la mayoría migrantes filipinos que pedían mejores condiciones laborales, se convirtió en una campaña de boicot, primero en los mismos viñedos, donde los trabajadores se negaron a recoger y a cargar la uva en camiones o barcos, y después en las estanterías de tiendas y supermercados. El boicot obligó a los productores a firmar acuerdos con los sindicatos, mejorando los salarios y la cobertura sanitaria de los trabajadores. 

Un nuevo impulso a este tipo de boicots se dio con la creación en 1997 de la organización United Students Against Sweatshops (USAS), una iniciativa surgida de las universidades estadounidenses para luchar contra la explotación laboral y los abusos en empresas que proveen a los centros educativos del país. Sin embargo, sus acciones han ido mucho más allá y algunas grandes marcas, como Nike, han estado en el centro de sus acciones. Así, su primer boicot a la gran marca deportiva en 2001 consiguió que una fábrica subcontratada readmitiera a varios trabajadores despedidos por su actividad sindical y que se creara un sindicato independiente en la maquila. Otra campaña, en 2010, consiguió que la marca pagara 1,5 millones de dólares en salarios atrasados a 1.800 trabajadores. Otros boicots han tenido como objetivo empresas de restauración, como Sodexo, u otras grandes del textil como Walmart, Abercrombie & Fitch o H&M tras el derrumbe del Rana Plaza en Bangladesh. En el año 2000 USAS fundó además el Worker Rights Consortium (WRC), una organización de auditoría independiente que controla las condiciones laborales en fábricas textiles. 

Las primeras huelgas de consumo

Aunque el boicot tiene una larga trayectoria, las huelgas que llaman a frenar completamente el consumo son más recientes. Porque si los boicots siempre han tenido objetivos muy claros, ya fueran gobiernos o empresas, las huelgas de consumo se han erigido más recientemente como un acto de protesta contra el sistema capitalista en general. 

Una de las primeras campañas que llamaban a no comprar nada tuvo lugar en 1992, con el Día Internacional de No Comprar Nada (Buy Nothing Day o BND en inglés). Iniciado en Canadá, la propuesta pretende – hoy en día se sigue celebrando – ser una muestra del poder de los consumidores y una crítica a la sociedad del hiperconsumo. La fecha escogida para celebrarlo no puede ser más significativa: la misma que la del llamado Black Friday, el día con un mayor volumen de ventas de todo el año en países como Estados Unidos. En el Estado español, donde el Black Friday también se ha extendido, cada vez más organizaciones apoyan esta huelga de consumo anual, aunque probablemente quien la ha adoptado con mayor fuerza haya sido Ecologistas en Acción. 

Ya en este siglo, se han convocado en España varias huelgas de consumo, en su mayoría relacionadas también con una huelga general. Así, en 2010 se convocó un parón de consumo con motivo de la huelga general convocada el 29 de septiembre en contra de la reforma laboral. Unos meses después, en diciembre de 2010, más de cien organizaciones respaldaron una jornada presentada como la primera huelga general de consumo de ámbito estatal. En 2012, también se convocaron jornadas de no-compras con motivo de las dos huelgas generales que se celebraron en marzo y en noviembre, y en marzo de 2018, la huelga feminista incluyó también una huelga de consumo. 

Uno de los ejemplos más recientes, que ha retornado a los tintes de la política internacional de las primeras campañas de boicot, ha sido el de la Global Strike for Gaza, una huelga de consumo que se organizó el año pasado y que llamaba a no consumir los jueves, como protesta por el genocidio en Palestina. No es el único ejemplo de campañas de consumo como acto político relacionadas con la situación en Palestina. Inspirado en la lucha contra el apartheid sudafricano, el movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) nació en 2005 con el objetivo de acabar con la ocupación de territorios palestinos por parte de Israel. Sus numerosas campañas de boicot han conseguido varios éxitos importantes, como la retirada de Veolia del mercado israelí en 2015 o el cierre de una fábrica de Sodastream en territorio ocupado. Más recientemente ha conseguido que Puma retirara el patrocinio a la Asociación de Fútbol de Israel en 2024, aunque la empresa alemana niega que la campaña contra ellos esté relacionada, y que el banco canadiense Scotiabank⁠ vendiera todas sus acciones en Elbit Systems, fabricante israelí de armamento, en febrero de 2026.

La próxima convocatoria de huelga podría ser una victoria más que añadir a la lista de triunfos del consumo, y de la huelga general, como acto político. “Espero que sea un éxito para la huelga y para todas las iniciativas que están convocadas alrededor de la huelga”, ha asegurado Carlos Entenza. “Espero también que sea un hito para la historia de este país y que a los fondos buitres les pase como a Charles Boycott y se tengan que ir del país”.

Imagen de apertura: Litografía representando el Motín del Té realizada en 1846 por Nathaniel Currier

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