¿Es posible una economí­a basada en la reutilización?

A menudo escuchamos que si todos consumiéramos como un estadounidense necesitarí­amos cuatro planetas para satisfacer nuestra demanda. Es la llamada huella ecológica, un í­ndice que calcula qué cantidad de recursos naturales son necesarios para producir lo que consume cada persona a lo largo de un año en comparación con la capacidad de regeneración que tiene la propia Tierra. Es decir, lo que se estima no es si ya existen esos recursos, sino si el planeta serí­a capaz de generarlos a la misma velocidad.

En la actualidad se calcula que son necesarios 1,5 planetas para producir todo lo que consumimos en un año. El í­ndice no es mayor porque millones de personas que viven en paí­ses en desarrollo consumen mucho menos de lo que ecológicamente les corresponderí­a. Sin embargo, la población sigue aumentando y el nivel de vida en muchos de esos paí­ses también. Por lo que muchos solo ven una estrategia posible: reducir el consumo.

De hecho, esta es una de las principales ideas del decrecimiento, teorí­a ya expuesta en un artí­culo previo y que gana adeptos poco a poco. Sin embargo, la mayorí­a aún se muestra reacia por el miedo a rebajar su nivel de vida o tener que renunciar a ciertas comodidades.

Una de las propuestas que toma fuerza para convencer a los escépticos es la reutilización. En realidad, es una idea antigua de la que siempre se sirvieron las sociedades con poca capacidad de consumo y que se ha mantenido en muchos paí­ses a través de las tiendas de segunda mano o rastrillos. Sin embargo, la reducción de precios ha llevado a un modelo económico en el que es más fácil comprar algo nuevo, incluso desechable, y donde el último cachivache es mucho más apetecible que su versión anterior.

El impulso del reciclaje ha aliviado además la mala conciencia de los consumidores. Según Annie Leonard, en su libro «La Historia de las Cosas», el reciclaje ha contribuido en cierta manera a la idea de que no pasa nada por comprar cosas nuevas siempre que se reciclen las anteriores. Sin embargo, el reciclaje implica una transformación del antiguo producto para crear uno nuevo. Se reduce la necesidad de materias primas pero aún suelen requerir grandes cantidades de energí­a. Así­ que las tiendas de segunda mano van perdiendo adeptos, mientras aumentan los seguidores del reciclaje a pesar de que objetos como las botellas de vidrio podrí­an ser fácilmente reutilizados sin necesidad de reprocesarlos. Como antes, vamos.

Dos formas de entender la reutilización

No obstante, hay dos maneras de entender la reutilización. La primera es convertir un producto antiguo en uno nuevo, como usar esas botellas para construir casas. Es un buen concepto para objetos cuya vida útil ha terminado, como los neumáticos, pero no para aquellos que podrí­an seguir siendo usados para lo que fueron concebidos. Es decir, el problema de usar botellas como ladrillos es que hay que fabricar nuevas botellas si queremos seguir teniendo un sitio para poner la leche. El segundo consiste, simplemente, en utilizar un producto tantas veces como sea posible

Este segundo concepto ha inspirado toda una serie de iniciativas nuevas y originales para alargar y hacer más eficiente la vida de los productos. Una de ellas son las bibliotecas de objetos, centros públicos similares a las bibliotecas de toda la vida, aunque en sus estanterí­as no hay libros sino una variedad de objetos que pueden tomarse prestados por periodos determinados de tiempo. En Estados Unidos han comenzado a funcionar hasta 40 bibliotecas de herramientas de bricolaje que evitan tener comprar un objeto que probablemente solo se utilizará una vez y que después de la reparación se quedará amontonado en el trastero.

Más consolidado está ya el consumo colaborativo, una corriente que buscar compartir como forma principal de consumo. Aunque dentro de este movimiento se incluyen iniciativas que poco tienen con el medio ambiente, muchas de ellas se basan en la reutilización o la eficiencia en el uso. Se organizan así­ trayectos en coche a través de internet entre personas que no se conocen, se intercambian cosas, o se establecen redes para regalar aquellas que ya no utilizamos. En la web de Consumo Colaborativo hay una larga lista de iniciativas en paí­ses de habla hispana.

La obsolescencia programada

Las posibilidades de reutilizar las cosas se reducen si éstas se rompen a los pocos meses. Es lo que se conoce como obsolescencia programada, la planificación deliberada del fin de la vida útil de un objeto para que tenga que ser reemplazado. En España este término se hizo famoso gracias al documental «Comprar, tirar, comprar», pero lleva aplicándose desde hace décadas a los productos que consumimos para engrasar así­ la maquinaria de la producción en masa.

La obsolescencia programada se basa no simplemente en que el producto se estropea, sino en que es imposible repararlo o tan caro que resulta más interesante comprar uno nuevo. Como reacción a lo que muchos consumidores consideran un abuso de las empresas, han surgido movimientos como el manifiesto por la auto-reparación o incluso se ha denunciado a algunas grandes marcas, como Apple, por no permitir el recambio de piezas en sus dispositivos. En Amsterdam comienzan además a organizarse asociaciones en las que la gente se ayuda mutuamente a reparar cosas.

Una economí­a basada en la reutilización

Cuando se piensa en reutilizar, enseguida surge una pregunta clara: ¿cómo hacemos una economí­a de todo esto? ¿Cómo conseguimos que las empresas sigan haciendo beneficios si el número total de objetos consumidos decae? ¿Cómo se crean trabajos? Las ideas más tradicionales de compra-venta de objetos pueden crear empleos en el sector del comercio, pero el negocio de la producción se puede ver amenazado.

Algunos apuestan así­ por implicar a las propias empresas en el negocio de la reutilización y la reparación. Una de esas ideas defiende que las empresas fabricantes deben permanecer como las dueñas de los productos y alquilarlos a los consumidores por un pequeño precio. Las empresas estarán así­ más interesadas en que el producto perdure y que pueda ser reparado. Esto puede además ayudar a satisfacer la demanda caprichosa en sectores como el de los móviles, donde los consumidores piden cambios constantes en sus dispositivos.

Las empresas pueden además hacerse cargo del producto durante toda su vida e incluir dentro de su negocio las reparaciones, reventas o renovaciones. En realidad, ya se hace con algunos aparatos electrónicos, gran maquinaria o con los coches, donde la propia marca tiene talleres de reparación.

De momento, hay pocas teorí­as sobre cómo podrí­a funcionar una economí­a basada en la reutilización. Su aplicación de forma generalizada puede ser complicada en un sistema económico en el que las empresas han decidido apostar por el consumo fácil a pesar de la amenaza al medio ambiente. Pero las prácticas sostenibles se hacen cada vez más necesarias en un mundo de recursos escasos. Y la mejor forma de no mantener el confort del consumo es reutilizar lo que ya tenemos.

Este post fue publicado originalmente en el blog Miradas de Internacional dentro del Especial sobre la Cumbre Rio+20 sobre desarrollo sostenible.