El motor escondido de Singapur

Singapur es, en Asia, sinónimo de prosperidad, de dinero fácil, de oportunidades. Eso es lo que debió pensar Nusrul Islam cuando decidió dejar su Bangladesh natal, un paí­s con demasiada gente (es el paí­s con mayor densidad de población del mundo, sin contar con los archipiélagos minúsculos o las ciudades-estado) y muy pocas oportunidades para ninguno de ellos, para buscar un trabajo en la promesa asiática. Nusrul es uno de los protagonistas del ví­deo, «The invisible workforce behind this city» (La fuerza de trabajo invisible detrás de esta ciudad), una especie de documental que quiere poner de relieve la situación que viven los trabajadores en uno de los paí­ses más ricos del mundo.

Según la revista Forbes, Singapur es el tercer paí­s con mayor renta per cápita del mundo, con un ingreso medio de 56.700 dólares estadounidenses por persona al año. Nusrul apenas gana 8.000, siete veces menos. Su salario es de 18 dólares de Singapur al dí­a (unos 12 euros) que complementa con más de una decena de horas extra semanales. í‰l vive con apenas 150 dólares al mes y enví­a  la mayor parte del dinero a su familia en Bangladesh, para que pueda sobrevivir. «No pienso en mi vida ahora, solo pienso en el futuro de mis hijos», asegura en el ví­deo.

A pesar de la impresión que pueda dar esta ciudad-estado de calles impecables y grandes rascacielos, Nusrul no es una excepción. En Singapur hay cerca de un millón de trabajadores inmigrantes de bajo perfil, lo que supone un tercio de la fuerza total de trabajo y un 20 por ciento de los cinco millones de habitantes que tiene la república insular.

Sin embargo, la mayor parte no trabaja en los edificios de varias decenas de plantas que albergan grandes bancos y sedes de las compañí­as más importantes del mundo. Sus empleos se centran en sectores como la construcción, la manufactura, fundamental en las exportaciones que sustentan la economí­a del paí­s, o los servicios domésticos y proceden principalmente de India, China, Bangladesh, Indonesia o Filipinas. Son el motor escondido que hace funcionar la ciudad. «Su trabajo es un subsidio oculto hacia toda la economí­a. No hay datos [oficiales] para ello, pero si la industria de la construcción tuviera que depender de los locales, deberí­a pagar a cada trabajador al menos 2.000 dólares al mes, en vez de los 700-800 que pagan a los inmigrantes», asegura John Gee, principal investigador del colectivo Transient Workers Count Too.

Sin un salario mí­nimo

En Singapur, la ley no estipula ningún salario mí­nimo y deja que sean las «fuerzas del mercado» las que lo determinen. Las mujeres que son contratadas para hacer tareas domésticas cobran entre 400 y 500 dólares, y trabajan todos los dí­as de la semana a tiempo completo. Los trabajadores de la construcción tienen sueldos de entre 700 y 800 dólares mensuales, una vez que se añaden las horas extra. Los salarios también dependen de los paí­ses de procedencia. Los más baratos son indonesios y birmanos, mientras que filipinos y sobre todo chinos reciben mejor sueldos.

Esta cantidad se reduce aún más cuando se tiene en cuenta que la mayor parte de estos trabajadores llegan a través de agencias de colocación que pueden a cobrarles hasta 10.000 dólares por encontrarles un trabajo. Una deuda que tienen que reducir de sus magros sueldos y pagar durante años. Los trabajadores se ven así­ obligados a vivir hacinados, ya que no pueden permitirse los alquileres astronómicos que alcanzan los apartamentos en la isla, como muestra el ví­deo sobre los inmigrantes bengalí­es.

Al mismo tiempo, Singapur es el segundo paí­s con mayor concentración de millonarios del mundo, solo superada por Suiza; uno de cada 10.000 habitantes tienes más de 100 millones de dólares. Los bajos impuestos del paí­s y la laxa legislación para obtener un permiso de residencia cuando se tiene dinero han sido la principal razón del aumento de estos multimillonarios en el micro-estado. Una tendencia que ha incrementado las ya notables diferencias económicas en el paí­s y las tensiones sociales con estos nuevos ricos. No en vano, Singapur se coloca entre los últimos puestos en la clasificación por í­ndice de Gini, un indicador que mide la distribución de las riquezas de un paí­s, y es el que más desigualdades registra entre los llamados paí­ses ricos.