Lobos y corderos

Si toda forma de esclavitud es abyecta, tal vez no haya una más terrible que la que sufren los niños obligados a luchar en una guerra. Leo en el diario Página 12 que, según datos oficiales, en Colombia unos 18.000 menores son reclutados por grupos paramilitares, bandas criminales y grupos guerrilleros como las FARC y el Ejército de Liberación Nacional. Además, unos 100.000 niños y adolescentes sufren la influencia de estas organizaciones.

Según el informe oficial Como corderos entre lobos, los chavales son reclutados en la mayorí­a de los casos cuando rondan los doce años. La mayorí­a son varones, pero cada vez se captan más niñas; casi siempre, ellos y ellas, pobres. Muchos, indí­genas. El 69% procede de familias campesinas, si bien el reclutamiento en los barrios pobres de las zonas urbanas crece aceleradamente. Y tres de cada cuatro, antes de ser niños-soldado, habí­an sufrido lo que es ser uno de los millones de desplazados del paí­s.

La situación sigue caliente en ese paí­s desesperadamente hermoso que es Colombia. La ofensiva de las FARC, la mano dura del Gobierno, la revuelta en el Cauca de una población cansada de una violencia demasiado vieja, demasiado desgastante. La hipocresí­a de un Ejecutivo que carga las tintas sobre la guerrilla y obvia o tergiversa la dura represión de los paramilitares, que eufemí­sticamente dieron en llamar BanCrim (bandas criminales).

Sinsentidos del mundo al revés. Heridas abiertas en un paí­s rico y mestizo, tantas veces expoliado por los de fuera y por los de dentro, vendidos al mejor postor. Tanta sangre y tantas lágrimas a veces encubren la resistencia del pueblo colombiano, luchas que también se manifiestan en forma de arte.

Hace unos meses, en el Festival de Cine de Derechos Humanos que se celebró en Buenos Aires tuve la oportunidad de ver el interesante filme Postales colombianas, que trata, con dureza pero con el punto justo de humor, de ese drama incomprensible que son los falsos positivos, esto es, los asesinatos de jóvenes de clases populares a los que se hace pasar por guerrilleros para engrosar la lista de bajas que el Ejército colombiano presenta para acreditar su guerra contra la guerrilla

Durante el Gobierno de ílvaro Uribe Vélez, ese que los medios de comunicación occidentales a menudo pintan como un personaje amable, unos 3.000 jóvenes desaparecieron de sus casas para reaparecer después en lugares remotos, muertos y «˜disfrazados»™ de guerrilleros. Una combinación nefasta entre Ejército y neoliberalismo, como me recuerda mi amiga y maestra Natalia Quiroga: «Se exigen resultados, y éstos se miden en cadáveres, y se premian con recompensas económicas». Ya se sabe: en el capitalismo, todo se cuantifica y monetariza. También el precio de la muerte.

El arte también es polí­tica, también es resistencia. Ahí­ está este filme de Ricardo Coral para demostrarlo; ahí­ está el movimiento musical que está desarrollándose en Bogotá.

¿Y Juan Manuel Santos? ¿Es más civilizado que el oscuro Uribe? Mis amigos colombianos están de acuerdo en que las formas cambian más que el fondo. En que el actual presidente, Santos, pertenece a una familia patricia bogotana, mientras Uribe encarna ese poderí­o latifundista antioquiano, más burdo. Santos intentarí­a, entonces, legalizar métodos que su antecesor utilizó ilegalmente «“y, hasta ahora, impunemente-. Esa es la interpretación que las voces crí­ticas dan a la Ley de Ví­ctimas, que en principio ofrecí­a una luz de esperanza a los millones de campesinos desplazados, despojados de sus tierras por paramilitares a sueldo de terratenientes insaciables. Muchas familias a las que la ley prometí­a devolverles las tierras no consiguen volver a sus tierras, y se ven obligados a abandonarlas o venderlas a precio de saldo.

Colombia es uno de los pocos paí­ses de América Latina que nunca tuvo un presidente no alineado con Washington. Tal vez tenga que ver que todos los que lo intentaron acabaron en un ataúd. Tal vez no sea casualidad que el paí­s ocupa una posición geopolí­tica fundamental para los Estados Unidos. Tal vez no ayude que el cinismo de los estados que se hacen llamar «desarrollados» manifieste su apoyo a sátrapas y genocidas mientras condena a la asfixia, pongamos, a Cuba. Cuánta hipocresí­a.

Como refleja Postales colombianas, la mujer es, como siempre, la principal ví­ctima de esa violencia latente y cronificada. Y también la piedra angular de las resistencias: fueron las madres de los asesinados quienes denunciaron y sacaron a la luz los falsos positivos.

Los poderosos saben bien que el miedo es el arma más poderosa y paralizante, y que al miedo se llega con un terror necesariamente arbitrario. Pero no han conseguido acallar la voz de los pueblos.