Historia de la esclavitud: las resistencias silenciadas

En el siglo 73 antes de Cristo, Espartaco lideró una rebelión de los esclavos contra la opresión del Imperio Romano, que basaba su economí­a en el sistema esclavista. Espartaco logró poner en riesgo la propia integridad del Imperio, como retrata Stanley Kubrick en su brillante pelí­cula Spartacus. Cayó ante la grandeza del disciplinado ejército romano, pero aquel capí­tulo revolucionario fue el principio del fin de la esclavitud antigua, que pasarí­a a sustituirse por el sistema de vasallaje que imperó en Europa durante un milenio.

Con la llegada de la modernidad y la conquista del Nuevo Mundo, españoles y portugueses forzaron a la población indí­gena ““la que sobrevivió al genocidio que posibilitó la conquista- a trabajar en las minas y, faltos de mano de obra resistente al duro trabajo en cultivos como la caña de azúcar, comenzaron a traer esclavos africanos, en largas travesí­as trasatlánticas en las que perecí­a buena parte del cargamento. Aquella esclavitud moderna duró tres siglos, durante los que se acumuló la riqueza que acabarí­a posibilitando la revolución industrial en Inglaterra.

Por aquello de que la historia la escriben los vencedores, poco sabemos de las luchas de resistencia, que las hubo, durante esos largos siglos. En el Brasil de fines del siglo XVII, Zumbi dos Palmares protagonizó una de las más emblemáticas revueltas de los esclavos negros, como describe el filme Zumbi dos Palmares, de Cacá Diegues. Hasta hoy, Palmares es sí­mbolo de resistencia del movimiento negro brasileño, que sigue denunciando la discriminación que sufren los afrodescendientes en el paí­s que inventó el mito del crisol de razas.

El cineasta Federico Garcí­a cuenta con solemnidad en Tupac Amaru cómo, en el Perú de fines del siglo XVIII, Tupac Amaru II lideró una de las revoluciones indí­genas más recordadas en las Américas. Mestizo y de estirpe inca, quiso unir a negros, indí­genas y criollos ““desdendientes de europeos- en una misma lucha contra los españoles. Lo derrotaron, lo torturaron, quisieron despedazarlo en la plaza pública atando sus extremidades a cuatro caballos en Cuzco, en la que (desde) hoy se llama la Plaza de las Lágrimas. Pero su memoria sobrevivió, como sí­mbolo de una resistencia indí­gena silenciosa y silenciada. En el Jujuy actual, allí­ donde Argentina se andina, el movimiento indí­gena Tupac Amaru II ha conseguido despertar conciencias y movilizar a pueblos que siguen condenados a una miseria heredada. La herencia es el robo.

Los haitianos serí­an los primeros en conseguir la abolición de la esclavitud y la independencia de los europeos con la revolución que protagonizaron en 1791, en la que se inspiró Gillo Pontecorbo para retratar en Queimada el proceso de liberación colonial en una aldea caribeña ficticia. Los haitianos salieron victoriosos, pero los paí­ses ricos nunca perdonaron su osadí­a a la isla, hoy la más pobre de la América caribeña.

Después de Haití­, la abolición de la esclavitud llegó a las Américas, y se dio por finalizado esa fase del primer capitalismo que volvió al sistema esclavista para garantizar su producción. Pero, legal o no, la esclavitud nunca dejó de existir, y hoy habitan el planeta más esclavos que en aquella época: unos 21 millones, según las últimas estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo.

Los patricios romanos y los criollos adinerados de las Américas fueron cómplices de aquel sistema que se legitimó gracias a teorí­as racistas tan aparentemente sólidas en la época como las ortodoxias sobre las que se alza hoy la economí­a capitalista. Y los consumidores somos hoy cómplices de esa nueva esclavitud.

¡El consumo es un acto polí­tico!

Ilustración de Silvana Martins

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