¿Comercio justo o comercio de lo justo?

 

El comercio justo aparece como una de esas tentativas de suavizar los aspectos más abyectos del sistema sin romper con él. El consumidor paga un producto más caro de lo que podrí­a encontrar en el mercado a cambio de tener la garantí­a de que lo que compra fue producido en condiciones sustentables ecológicamente y laboralmente dignas. Sin embargo, desde hace tiempo se vienen colocando una serie de interrogantes en torno a la verdadera conveniencia de estos productos, empezando por hasta qué punto se puede confiar en esa garantí­a que nos llega como consumidores en forma de sello en un paquete de café o una tableta de chocolate. Y de algo no cabe duda: el comercio justo crece cada vez más. ¿No correrá el peligro de ser absorbido por la lógica del capital y perder su esencia?

El documental Comercio justo a cualquier precio ofrece algunas reflexiones interesantes. Para comenzar, explica que en Europa, si bien los productos de comercio justo suponen apenas el 1% de las ventas de grandes distribuidores como Carrefour, esas ventas se están incrementando un 40% anual. Es decir, aunque en términos absolutos todaví­a el peso de los productos «˜justos»™ sigue siendo pequeño, la expectativa de los distribuidores es que el sector continúe creciendo, y que lo haga rápidamente.

En primer lugar, cabe felicitarse por la buena noticia: cada vez son más consumidores los que se preocupan por las condiciones en que fue extraí­do y producido el producto que compran, y que están dispuestos a pagar más por los productos que les ofrecen unas garantí­as. Sin embargo, cuando las grandes marcas y oligopolios se hacen con el control de ese mercado emergente que es el comercio de lo justo, ¿cabe pensar que éste seguirá siendo tan justo? Además, aunque aceptemos que el sello de comercio justo ofrece garantí­as sobre el origen del producto, ¿qué hay del resto de la cadena de producción, el transporte, la distribución?

Las primeras iniciativas de comercio justo comenzaron en los años 80, impulsadas por los movimientos sociales. El sello del comercio justo comenzó a calar entre una parte muy minoritaria, pero muy concienciada de los consumidores una garantí­a por la que merecí­a la pena pagar un precio mayor para que el productor recibiera más. Por supuesto, la gran cadena distribuidora nunca pierde. Mantiene su margen, y, aunque en algunas ocasiones aplica un margen inferior (por ejemplo, el 15% en lugar del 20%), como el producto «˜justo»™ es más caro, la distribuidora termina teniendo el mismo beneficio neto por , pongamos por caso, una tableta de chocolate.

Las cosas se complicaron más en el momento que los gigantes distribuidores, como Carrefour, se percataron del negocio potencial y crearon su propia lí­nea de marcas blancas de productos «˜justos»™. Como por su volumen y su control de la distribución conseguí­an producir más barato, arrinconaron a las marcas tradicionales, de convicciones más firmes que la mera imagen empresarial o el puro negocio, e intentaron bajar los costes de producción, con lo que dinamitaban la propia esencia del comercio justo como concepción. Los productos «˜justos»™ no son una excepción: el oligopolio de distribuidores tienen siempre la sartén por el mango.

En otras ocasiones, la voz de alarma llega porque los fabricantes de los productos «˜justos»™, si bien mantienen salarios y condiciones laborales dignas, no son ya pequeños productores, familias y cooperativas, sino grandes empresas, con lo que también queda en peligro la propia esencia del comercio justo.

Sin embargo, sólo hacia el final aborda el documental la cuestión central: el cinismo que rodea el discurso sobre iniciativas como estas, que tanto tienen que ver con la caridad. Como en el caso de las ONG, ayudan, sí­, y bien lo saben quienes trabajan sobre el terreno; pero de nada sirve mientras no se resuelvan las cuestiones estructurales que mantienen en el neocolonialismo a pueblos enteros a quienes los poderosos «joden de una sola firma», que dirí­a el poeta Binho. Los bienintencionados consumidores europeos pagan un euro más por su café ecuatoriano para garantizar el pago digno a unos pocos campesinos, pero, ¿en qué medida un gesto tan minoritario para la economí­a del paí­s puede ayudar mientras se mantengan los tratados comerciales que asfixian a los paí­ses del Sur, en beneficio de Estados Unidos y Europa? En ese mismo Ecuador que produce buen café, y café de comercio justo, se encuentran marcas de café extranjero en los supermercados. Como dice Jean Ziegler, no se trata de dar más, sino de robar menos.

Quienes trabajan en el circuito del comercio justo por convicción, y no por negocio, saben que la diferencia sustancial entre ellos y las marcas blancas del Carrefour es que ellos conciben la producción pensando primero en las personas, después en los productos y sólo al final en los beneficios. Se establece otro tipo de relación que busca la dignidad en el intercambio, para que todos los extremos de la cadena resulten beneficiados a través de esa colaboración «“y no ya competencia-. Ese es el cambio radical que implica cualquier alternativa al paradigma de un capitalismo que nos enseñó que sólo sirve la competición, la ley del más fuerte, el pez grande que se come al chico. En ese sentido, probablemente comprar una tableta de chocolate justo, como apoyar cualquier alternativa que ensaye nuevas formas de relacionarnos con la economí­a y el intercambio económico, es más revolucionario de lo que pueda parecer.

Eso sí­: no podemos conformarnos con un sello. La tableta del Carrefour probablemente no sirve, por muy merecido legalmente que tenga su sellito. Si se trata de ser conscientes y ejercer un consumo responsable, como acto polí­tico, nuestra responsabilidad va más allá de ese sello. Es un ejercicio de información constante y desde el que pretendemos contribuir con este foro. Por eso pedimos, una vez más, vuestras contribuciones, para entre todos construir un archivo documental de casos concretos y reflexiones e ideas que nos ayuden a avanzar»¦