Lo que resultó del 2001 en Argentina

 

Mercados de trueque, monedas sociales, fábricas recuperadas por los trabajadores erigidos en cooperativas, bancos de tiempo… La crisis económica que golpeó con dureza a Argentina en 2001, tras el fin de la convertibilidad y el corralito, motivó la aparición de iniciativas económicas alternativas al capitalismo de todo tipo, similares a las que comienzan a surgir ahora en los paí­ses del sur de Europa. Una década después, algunas de ellas han perdurado. Algunos expertos dieron cuenta de ello en un seminario en torno a la figura del economista heterodoxo Karl Polanyi, que se celebró la pasada semana en la Universidad Nacional General Sarmiento (UNGS) de Buenos Aires.

Las monedas sociales facilitadoras del trueque son buen ejemplo de ello. La carencia de billetes de curso legal propició la creación popular de nuevos mecanismos de intercambio. Hoy perduran la Red Global de Trueque y otras redes en el conurbano bonaerense y ciudades como San Juan, Mendoza o Mar del Plata, según apuntó en el citado seminario el investigador Ricardo Orzi. El de Argentina no es un caso aislado: Orzi señaló que existen entre 4.000 y 5.000 dispositivos de intercambio local de este tipo en unos 60 paí­ses.

Un caso emblemático es el de los ‘puntos’ en la localidad de Venado Tuerto, al sur de la provincia de Santa Fe, que se intercambian en ferias. Para fomentar que circule libremente y desincentivar su atesoramiento, los creadores de esta moneda determinaron que, cada cuatro meses, los ‘puntos’ acumulados pierdan un 5% de su valor. El municipio colaboró con esta iniciativa permitiendo, hasta 2008, que los ciudadanos pudiesen pagar un 30% de los impuestos locales con este dispositivo.

Fábricas recuperadas

Las fábricas recuperadas son probablemente el emblema de las resistencias sociales que siguieron a la debacle económica de 2001. Muchas sobreviven, y, si bien es cierto que algunas lo hacen a duras penas o gracias a las subvenciones estatales, existen también notables casos de éxito. En el seminario de la UNGS, Gonzalo Vázquez, editor de la revista especializada Otra Economí­a, habló del caso de la cooperativa Unión Solidaria de Trabajadores (UST).

La cooperativa surgió en 2003, tras el cierre de la empresa preexistente. Una parte de los trabajadores ocuparon el edificio y se conformaron en cooperativa, para continuar la producción de un modo autogestionado, sin patrón. La nueva empresa, dedicada a la recepción y disposición final de residuos sólidos, comenzó con 40 trabajadores y unos meses después contrató a nuevos empleados para la producción de espacios verdes. Hoy son 85 trabajadores. «La cooperativa busca maximizar la cantidad de puestos de trabajo y emplear preferentemente a los jóvenes del barrio», explicó Vázquez.

Según Vázquez, la cooperativa quiere ser algo más que una empresa: pretende «satisfacer las necesidades del barrio y promover el desarrollo local». En estos años, la UST ha participado de proyectos como un banco de microcréditos, actividades culturales, un centro de bachillerato popular, un gimnasio polideportivo, un centro de abaratamiento «“esto es, un mercado de alimentos básicos a precios accesibles-, la mejora de viviendas para familias en situación de emergencia habitacional, un centro de atención médica o la recuperación de tierras baldí­as para la producción de hortalizas ecológicas.

La cooperativa toma sus decisiones en asambleas. Con este sistema se decidió, por ejemplo, que el 50% de los excedentes que obtenga la empresa se dedique a incorporar nuevos medios de producción, con una visión a largo plazo, y el 25% se destine a obras que beneficien al barrio.

Tanto a la hora de contratar como al decidir en qué gastarán sus beneficios, la UST se diferencia de modo sustancial de las empresas tí­picas de la economí­a de mercado capitalista. Sus metas van más allá del beneficio monetario a corto plazo: apuntan al desarrollo social del barrio a largo plazo. Y funciona. Por eso, dicen ellos, otra economí­a es posible.

 

* Artí­culo publicado en El Mundo.