La difí­cil elección del consumo ético

Estrenamos nueva sección, las Cartas de los Mecenas, en los que nuestro mecenas podrán tener un altavoz para expresar sus opiniones y experiencias hacia el consumo como un acto polí­tico. Si quieres saber cómo convertirte en mecenas, pincha aquí­.

Por Aarón Blanco

El verano en el sur de Finlandia no es agobiante pero el sol calienta cuando da directo, y como sucede en las tierras de las que vengo, después de una caminata el cuerpo busca un lugar a la sombra en el que refrescarse. Me gusta la penumbra de los manzanos y el gran patio de una antigua casa de madera, acondicionado para servir en él pasteles caseros y bebidas, está repleto de ellos. Los pájaros revolotean alrededor cuando me siento hasta que el perro familiar, travieso aunque viejo, decide perseguirlos por el lugar. Dejo mi mochila en la silla como señal de ocupado y me dirijo a la pequeña caseta de madera en la que una persona jovencí­sima y graciosa sirve lo que allí­ se ofrece. Pasteles y quiches caseros, helados, café y té a precio finlandés. Me rasco el bolsillo y saco las pocas monedas que me acompañan desde hace dí­as, el presupuesto es escaso. Me olvido de comer en ese momento y me concentro en la elección de una bebida. Aparte de las ya referidas, ofrecen sodas con sabores, cerveza y zumos elaborados por la familia que habita el lugar: de manzana y de alguna baya de las múltiples que se encuentran por los bosques. Tres cincuenta las sodas -cerveza no me apetecí­a- y cinco euros el zumo. Me dejo llevar por la tentación del precio y adquiero una bebida con sabor a naranja. Vuelvo a la mesa después de sonreí­r y dar las gracias pero una sensación de incomodidad nace en algún lugar desconocido de mi organismo, no me siento bien con la decisión tomada.

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Me escucho, siento cómo crece la queja mientras miro de frente la lata sin abrir. Me pregunto qué ocurrirí­a si todo el mundo toma una decisión como la mí­a, me respondo que muy probablemente los regentes del lugar tendrí­an que ver como los zumos, hechos con su propio esfuerzo, no tienen salida y se acumulan mientras se venden bebidas de otro tipo. En un «dejar volar la imaginación» veo el mismo lugar al año siguiente, fantaseo con entrar otra vez a la casita, con buscar algo que beber y por último con no poder elegir zumo por estar la cámara refrigeradora repleta de sodas. No me gusta la idea, vuelvo, pago la diferencia y me siento a disfrutar de la lectura acompañado de un sabroso zumo manzana. Entiendo entonces que he tomado una decisión sobre a qué productos dar soporte con mi dinero, y seguramente, como grano no hace granero pero ayuda al compañero, a que en años subsiguientes sigan con la producción casera de un producto tan sano y refrescante. Es decir, como consumidor he tomado una decisión y esa decisión, unida a la de otros consumidores, sustenta un modelo de negocio concreto. El consumidor tiene un poder como tal y se hace urgente y se dan las condiciones objetivas necesarias (¿crisis?) para que la sociedad y las personas que la componen lo entiendan. En actos de consumo cotidianos no debemos aceptar aquello que los negocios nos ofrecen por, quizás, más ventajoso para su negocio, sino aquello que nosotros deseamos adquirir, de acuerdo a nuestros valores y nuestra sensibilidad social y ecológica.

El consumo ético no es sencillo

Sencillo es dejarse llevar, sencillo es no preocuparse del origen de las prendas que adquirimos ni las condiciones en las que «trabajan» los que las manufacturan, sencillo es no pensar en el tipo de captura usado para el pez enlatado que usamos para nuestra ensalada. Sencillo – y quizás más económico, aunque tengo mis dudas, porque una merma de salud también conlleva gastos- es no pasar por la sección «ecológico» del supermercado, sencillo es ir al supermercado y no caminar a la verdulerí­a, a la fruterí­a y después a la pescaderí­a. Sencillo es no preguntarse a cuánto le pagan al agricultor el kilo de naranjas (de mala calidad) que tú pagas a un euro la malla. Sencillo es no preguntar de dónde viene el trozo de carne que compras y en qué condiciones era tratado el animal, aunque es más probable que lo sepa el carnicero de la esquina que el del supermercado. Sencillo es comprarse un iPhone o un Gálaxy y no preocuparse de los genocidios y miles de puestos de ¿trabajo? en condiciones degradantes que estás financiando con tu dinero. Sencillo es coger el coche y no usar la bicicleta, pero sobre todo, lo más sencillo de todo, es no pensar en todo esto, lo sencillo es ir por la vida comprando lo que el marketing nos dice que compremos y alimentar con nuestro consumo un sistema soportado por las lágrimas y el sufrimiento ajeno.

Pero lo contrario, el camino difí­cil, a la par que trabajoso es satisfactorio. No me viene a la mente satisfacción mayor que vivir a corriente de ideales de justicia y dignidad.

Hace algún tiempo que la persona con la que vivo y yo tomamos el camino difí­cil. En un momento ésta querí­a comprarse unas zapatillas deportivas. Decidimos buscar en Internet, vimos que habí­a varias marcas que fabricaban en Europa en lugares por lo que podí­amos imaginar que los trabajadores tení­an unas condiciones laborales que a nosotros no nos molestarí­a tener. Gran parte del esfuerzo del consumo ético se basa en este mismo concepto, que no es otro que el de desarrollar la empatí­a hacia personas más allá de nuestro entorno, es decir: ponerse en el lugar de la persona que fabrica tus prendas (o cultiva tus alimentos) y preguntarse si sus condiciones las querrí­amos para nosotros mismos.

Pero lo que tiene el sistema capitalista es que ha implementado un sistema de mostradores por todo el mundo – a los que llamamos tiendas- que hacen sencilla la compra de productos que quieren colocar: los que más margen da a sus empresarios, con los que mayor beneficios obtienen. En este caso la búsqueda de zapatillas deportivas se convirtió en algo complejo, habí­a modelos que nos interesaban pero habí­a que pedirlas por Internet sin saber si el número era el correcto o la ergonomí­a la adecuada. í‰sto o esperar a viajar a un punto de venta cercano. Esta persona no esperó. Un fin de semana tení­a que acudir a la capital del paí­s en el que vivimos y volvió con unas zapatillas de cierta marca conocida. Afirmó que las necesitaba ya. El sistema ganó. Volvimos a meter dinero a un mercado que alimenta la injusticia y la facilidad, una como parte necesaria de la otra.  Sin embargo no podemos dejar que esto hunda un barco lleno de esfuerzos que llevamos un tiempo haciendo, solamente empeñarnos en ser más tenaces en el futuro en una situación similar.

Como nota me gustarí­a apuntar que las zapatillas que adquirimos no eran más baratas que aquellas manufacturadas en la Unión Europea. Al fabricarlas en China y siendo la producción mucho mucho más barata, alguien debe estar acumulando la diferencia.

Imagen: Joan Grifols / Flickr

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