La brecha de género en las fábricas de electrónica: mujeres expuestas a químicos y con salarios más bajos

Artículo originalmente publicado en Equal Times

Lek (nombre ficticio para proteger a la trabajadora) lleva 25 años controlando que todos los microchips que salen de la fábrica en la que trabaja cumplen los estándares de calidad de la empresa. En esos cinco lustros, la fábrica ha cambiado varias veces de dueño, pero el perfil de las personas que ocupan las líneas apenas ha variado. La mayor parte de sus compañeros siguen siendo mujeres; todos sus supervisores son hombres.

La industria de la electrónica es un sector complejo en el que un sólo dispositivo está compuesto de pequeñas piezas que son producidas en varias fábricas como la de Lek y que luego son generalmente ensambladas por otra empresa. La mayoría de las fábricas comparte, sin embargo, una política de reclutamiento similar. “Las fábricas prefieren a las mujeres porque son más pacientes, pero también porque son más fáciles de dominar”, asegura Patchanee Kumnak, representante en Tailandia de Good Electronics, una red de organizaciones e individuos que investiga los problemas sociales y medioambientales relacionados con la cadena de producción del sector de la electrónica.

Aunque no hay cifras globales del sector, números desglosados para varios países asiáticos, donde se concentra la industria, sitúan el número de mujeres en las fábricas de electrónica en entre un 60 y un 90% en Malasia, Vietnam o Tailandia. Por su parte, los hombres apenas se sientan en las líneas de ensamblaje y ocupan generalmente puestos más altos y mejor pagados. “Generalmente se considera que los hombres son más adecuados que las mujeres para los puestos de gestión”, añade Joe DiGangi, investigador de la International POPs [Persistant Organic Pollutants] Elimination Network (IPEN) que ha estudiado las políticas de Samsung en Vietnam. “Las empresas [en Vietnam] a menudo piensan que las mujeres van a pasar más tiempo con sus familias e hijos y menos tiempo trabajando que los hombres. Pero las mujeres que hemos entrevistado trabajaban muy duro”, añade el académico.

En esta división por sexos del trabajo, las mujeres concentran las tareas más básicas –el 85% de las mujeres ocupan puestos no cualificados en Tailandia– y, por ello, cobraban de media un 16% menos que sus compañeros hombres en 2013, según un estudio de la Organización Internacional del Trabajo del sector en Tailandia basado en estadísticas nacionales.

Las mujeres están también más expuestas a las amenazas y abusos verbales de sus superiores. Así, según un estudio de la ONG Verité realizado en las fábricas de Malasia, las mujeres denuncian con más frecuencia casos de “amenazas corporales, violencia y amenazas a la libertad personal” que los hombres, cuyas quejas se centran en la confiscación de documentos y en penalizaciones en el trabajo.

Tanto Lek como su compañera de línea, Noi, lo sufren cada día. “El supervisor que teníamos antes nos hablaba continuamente de forma degradante”, recuerda Lek, quien asegura que la empresa cambió recientemente la política para evitar los conflictos laborales durante el proceso de compra en el que la empresa está ahora inmersa. “Es algo común. Es la manera que las empresas consideran que es más efectiva para controlar a los trabajadores”, asegura Patchanee Kumnak de Good Electronics.

Para Noi, los abusos han incrementado desde que la fábrica ha implementado una nueva jornada laboral por la que trabajan 4 días y se les conceden dos días libres, con cambios continuos en los turnos de mañana o noche. “Muchos de los trabajadores nos hemos opuesto porque afecta a nuestra salud y a nuestra vida social”, asegura Noi, quien participó en una huelga para protestar contra el nuevo esquema de trabajo. Tras la huelga, los trabajadores que participaron en ella fueron expuestos a un acoso creciente por parte de la empresa. “Nos pusieron en un cuarto controlado con cámaras. El sitio estaba muy sucio y no se podía trabajar allí”, recuerda Noi. “Yo soy alérgica y salí de la sala. El supervisor vino y me amenazó”, asegura Noi.

Una brecha de género

Lek lleva un tiempo sufriendo de migrañas y continuos desvanecimientos. “Parece que no me llega suficiente flujo sanguíneo al cerebro”, asegura. Hace poco le encontraron además un tumor en un ovario que, según ella, está relacionado con el cambio en la jornada laboral, al igual que las migrañas. “Para las trabajadoras, la salud no es una demanda prioritaria y no tienen demasiada información sobre ello. Cuando no tienes que comer, no puedes preocuparte de mucho más”, asegura Patchanee Kunmak.

La división laboral también expone a las mujeres a un mayor riesgo en su salud, ya que, al trabajar en las líneas, están en mayor contacto con los químicos. “La industria de la electrónica es considerada una industria con menos riesgos […]. Hay poca concienciación de los riesgos para la salud, incluida la exposición a los químicos”, asegura Joe DiGangi. La mayor parte de las empresas tiene además una política de no revelar los químicos que utilizan, lo que ha dificultado que se pudieran establecer conexiones entre las enfermedades desarrolladas por los trabajadores y el ambiente laboral. Sin embargo, en Corea del Sur, varios tribunales han comenzado a reconocer que casos de leucemia estaban relacionados con el uso de químicos en las líneas de ensamblaje.

La mayoría de las trabajadoras son además reclutadas jóvenes, durante sus años de mayor fertilidad, lo que incrementa el peligro de que los químicos afecten a sus ciclos reproductivos. Varios estudios han vinculado así el uso de estas sustancias con un mayor índice de abortos y de malformaciones en el feto en las trabajadoras del sector.

Según Perada Phumessawatdi, doctoranda de la universidad de Bristol sobre políticas de género en Tailandia y hasta hace poco técnico del Departamento de Asuntos de la Mujer del Ministerio de Desarrollo Social de Tailandia, la legislación del país asiático ha adoptado medidas concretas para la protección de mujeres en industrias peligrosas como la electrónica, limitando el número de horas que pueden trabajar, la franja horaria o el tipo de trabajo que puede realizar. La Thai Labour Campaign asegura sin embargo que la mayor parte de las mujeres embarazadas esconden su estado para poder seguir realizando las horas extraordinarias, prohibidas para ellas, y no ver, por tanto, su salario reducido. “Hay también un problema con los puestos que consideran apropiados para embarazadas, porque lo deciden los gerentes. Hay mujeres embarazadas manejando maquinaria pesada”, asegura Lek.

La transparencia sobre los químicos utilizados es una de las claves para reducir el impacto en la salud de esta industria, asegura Joe DiGangi. “Tienen que ser transparentes sobre los químicos que están utilizando […]. Luego tenemos que entender también mejor cómo se puede evitar la exposición”, afirma el investigador. Sin embargo, Lek no se ha encontrado con una sonrisa cuando ha preguntado por ello. “No sabemos qué químicos usamos. Sólo sabemos el nombre de la marca”, explica Lek. “Y la empresa se pone muy agresiva cuando preguntamos por los químicos”.