1. Una Historia del azúcar: De la “sal de la India” al monocultivo exportador

 

Este es el primer capítulo de nuesto primer libro ‘Amarga Dulzura. Una historia sobre el origen del azúcar’ que publicamos en mayo de 2013. Cinco años después de su publicación, liberamos gradualmente su contenido. Sin embargo, si quieres conseguir una copia en formato de libro electrónico, hazte mecenas de Carro de Combate y ayúdanos a seguir escribiendo libros como éste.

La historia de un grano de azúcar es toda una lección

de economía política, de política y también de moral”

(Augusto Cochin)

Pocos productos han tenido un papel tan determinante como el azúcar en el desarrollo del sistema capitalista y las dinámicas geopolíticas de la edad moderna. No es un alimento cualquiera: el azúcar, ese dulce néctar tan codiciado en muchas culturas, ha experimentado durante siglos una demanda ascendente que sólo ha caído ocasionalmente en momentos muy concretos, como la revolución en una de las islas productoras, Haití, a fines del siglo XVIII [1].

Otra constante que se produjo fue la separación entre países productores y consumidores. La necesidad de climas tropicales y subtropicales para el crecimiento de la caña -que era casi exclusivamente la única fuente de sacarosa hasta que se comenzó a utilizar la remolacha, ya en tiempos de Napoleón- determinó el avance de los cañaverales en las colonias europeas, obligadas a especializarse en el cultivo intensivo y exportación de materias primas como el café, el tabaco y el algodón. Pero era el azúcar el principal de esos “monarcas agrícolas”, como acuñó el escritor uruguayo Eduardo Galeano en su ensayo Las venas abiertas de América Latina.

Los orígenes del azúcar de caña se remontan a tiempos remotos. La planta fue domesticada en Nueva Guinea -y, tal vez, también en Indonesia- y, hacia el año 8.000 a. C., experimentó una primera oleada de expansión; unos 2.000 años más tarde llegaría a Filipinas y la India. Sólo mucho después, desde la India, hacia el siglo V a. C., el azúcar llega a Persia, donde los soldados del Rey Darío quedaron fascinados por “esa caña que da miel sin necesidad de abejas” [2]. Su desembarco en Europa se producirá dos siglos después, a raíz de los viajes y conquistas de Alejandro Magno, que dejarán el conocimiento del azúcar a los griegos, de quienes a su vez lo heredarán los romanos. Por entonces, el azúcar comenzó a denominarse “sal de la India” y a utilizarse, como la sal y la pimienta, para perfumar platos.

Son los árabes, por su afición al dulce y sus eficientes técnicas agrícolas, quienes incorporan el azúcar a su gastronomía y, a lo largo del medievo, extienden el cultivo de caña por el norte de África, islas mediterráneas como Chipre y Sicilia, e inclusive al sur de la Península Ibérica, donde se produjeron algunos experimentos. Cuentan las crónicas de la época que los boticarios utilizaban el azúcar para multitud de pócimas y medicinas, incluyendo un remedio mágico contra el mal de amores. Por aquella época, el azúcar era un producto para la alta sociedad, hasta el punto de que se incluía en la dote de las princesas europeas [3]. Sin embargo, “de 1650 en adelante, el azúcar empezó a transformarse, de un lujo y una rareza, en algo común y necesario para muchas naciones” [4].

La caña desembarca en América

En el segundo viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, en 1496, la caña desembarca en América. Ya antes, los españoles la cultivaban en las Islas Canarias, y los portugueses, en las Azores, pero será ahora cuando los conquistadores españoles descubran en el trópico americano el lugar óptimo para cultivar la caña: tierra fértil y abundante y un clima perfecto para el crecimiento de la planta. Eso sí: sólo para el cultivo. Los españoles -no tanto los portugueses- perdieron su oportunidad de consolidar una industria azucarera. Del refinado se encargaban otros, los países del norte de Europa en ascenso, con Inglaterra y Holanda a la cabeza.

Las metrópolis -con la salvedad de España, entonces- se encargaban del transporte y del refinado de la caña, y suministraban además a las colonias prácticamente todas las manufacturas que consumían sus habitantes. Es la trampa de la división internacional del trabajo, que se comenzaba a consolidar en la época del capitalismo incipiente y que luego se plasmaría en la teoría de las “ventajas comparativas” del economista David Ricardo: cada país debía dedicarse a producir aquello en lo que era más eficiente en términos de costes de fabricación.

Sin embargo, tras este simple esquema se esconden muchas complejidades y relaciones ocultas, que son las que, de algún modo, queremos poner en evidencia en este ensayo. Como ha escrito el antropólogo Sidney W. Mintz, esa división añade misterio al proceso de producción: “Cuando el lugar de la manufactura y el del uso se encuentran separados en el tiempo y el espacio, cuando los hacedores y los usuarios se conocen tan poco entre sí como los mismos procesos de manufacturas y de uso, el misterio se hace más profundo”[5]. Y se dan paradojas como que los peones de Puerto Rico corten la caña con machetes made in Connecticut [6]. Paradojas que resultaron ser funcionales al sistema capitalista: en el siglo XVIII, las relaciones de las metrópolis con sus colonias se habían consolidado y las economías del centro “se relacionaban con la periferia a través de las necesidades de abastecimiento de materias primas” [7]. Es decir, se modeló a estas economías para servir a los intereses de la acumulación capitalista del sistema mercantil.

Caña y esclavitud

Los cañaverales y el trabajo esclavo siempre fueron de la mano. La caña es intensiva en dos cosas: agua y mano de obra. Si el primer factor reafirmó el trópico caribeño como un lugar óptimo para la producción, el segundo ayudó a la consolidación de otro mercado en auge: el de los esclavos negros venidos de África para trabajar en las plantaciones americanas. Escribe Mintz: “Tuvieron que importar de algún lado grandes cantidades de gente encadenada para trabajar [en las plantaciones]. Éstos eran esclavos o gente que vendía su fuerza de trabajo porque no tenía otra cosa que vender; que probablemente producirían artículos de los que no serían los principales consumidores; que consumirían artículos que no habían producido, brindando en el proceso utilidades para otros, en otra parte”. Léase para las metrópolis de ultramar.

“La esclavitud desempeñó un papel en la industria del azúcar” desde tiempos antiguos, escribe Sidney W. Mintz. Según el antropólogo, ya se utilizaban esclavos en la Edad Media, en los cañaverales del norte de África y de Mesopotamia, si bien “la esclavitud adquirió mayor importancia cuando los cruzados europeos les arrebataron a sus predecesores las plantaciones de azúcar” [8]. Españoles y portugueses utilizaban esclavos africanos en las islas Madeira y Canarias; también se había ensayado con éxito el modelo en la isla de Chipre. Pero fue en el Nuevo Mundo donde la caña encontró vastas y fértiles tierras para extenderse, y con ella, se generalizó el modelo del latifundio y el uso masivo de mano de obra esclava. Al principio, explotando a los sobrevivientes aborígenes de las guerras de la conquista; pero muchos indígenas terminaban suicidándose por la dureza del trabajo. En el siglo XVI, el fraile dominico Bartolomé de Las Casas, que había decidido que los indios tenían alma, abogó por traer esclavos africanos, que pronto se conocerían por su mayor fortaleza y resistencia. Comenzaba así a gran escala el comercio de la trata de personas para su explotación laboral, que, legal o no, es hasta hoy uno de los negocios más lucrativos del mundo [9].

El “oro blanco”

Buena parte de la historia del capitalismo moderno puede leerse a través de la historia del azúcar. Al fin y al cabo, fue la primera materia prima que se vendió a gran escala en el mercado internacional. Era una especie de petróleo de la Edad Moderna. Para Mintz, en el azúcar “se perpetúa una larga historia de relaciones cambiantes entre pueblos, sociedades y sustancias”. La expansión meteórica de los cañaverales dibujó una nueva economía mundial en que la tierra de las colonias se destinaba a servir de materias primas a las metrópolis, y no a alimentar las bocas de los seres humanos que las habitaban. “Así se iba trasvasando la sangre por todos estos procesos. Se desarrollaban los países desarrollados de nuestros días; se subdesarrollaban los subdesarrollados”, escribe Galeano.

Prosperaron los cañaverales en el Nordeste brasileño, las islas del Caribe -Cuba, Haití, Jamaica- y la costa peruana. “Al integrarse al mercado mundial, cada área conoció un ciclo dinámico; luego, por el agotamiento de la tierra o por la aparición de otros productos sustitutivos u otras zonas de producción, sobrevino la decadencia”[10]. Y, así, una región bendecida por la fertilidad, nacida para producir alimentos más allá de sus necesidades, se convirtió en una región donde buena parte de la población pasaba hambre, y donde, hasta hoy, la estructura del desperdicio latifundista obligaba a traer alimentos desde otras zonas.

En los siglos XVII y XVIII, las Antillas eran las Sugar Islands. Barbados fue la primera isla que plantó para la exportación, y su suerte fue muy parecida a la que corrió Brasil: pobreza, hambre, suelos exhaustos. Poco después, el modelo se reproduce en Jamaica y Haití. En todos estos lugares, las plantaciones de caña fueron asociadas a una “estructura social especial, que causa una rígida estratificación social y tensión racial”, lo que Helmut Blume denominaría una “institución política” en sí misma [11]. La revolución y posterior crisis de producción en Haití, a fines del siglo XVIII, lleva al auge azucarero de Cuba. El modelo se consolida con la llegada de los ingleses a la isla en 1862: a partir de ese momento, la economía de la isla se conformó en función del azúcar. Comenzaron a llegar esclavos de forma masiva. “El ingenio absorbía todo, hombres y tierras” [12]. En 1890, Cuba es ya el primer productor y exportador mundial de caña de azúcar, y una próspera oligarquía local compra nuevas tierras para extender las lucrativas plantaciones. Cambia el régimen de la tierra; se consolida el latifundio.

Como antes Brasil, Cuba quemó sus bosques para ceder terreno a los cañaverales que desertificarían un suelo otrora fértil [13]. El libertador José Martí había profetizado que “el pueblo que confía su subsistencia a un solo producto se suicida”. No se escucharon sus advertencias y la rapiña del monocultivo -de azúcar, de café, de algodón- condenó al hambre a los pueblos latinoamericanos, cuyas economías quedaban sometidas a la dictadura de los precios internacionales de las materias primas.

La remolacha llega a Europa

La creación y consolidación de una economía colonial subordinada basada en el trabajo forzado se prolongó durante cuatro siglos. Desde la perspectiva europea, el modelo funcionó a la perfección; sin embargo, con los incipientes movimientos independentistas, a fines del siglo XVIII, Europa percibe la amenaza de perder el abastecimiento de azúcar de las colonias. El inicio de la revolución independentista en Haití en 1793 enciende la voz de alarma para los europeos: el sistema colonial y esclavista se ve amenazado. Brasil mantendrá la esclavitud legal durante más tiempo que sus competidores antillanos, generando así una ‘ventaja comparativa’ respecto de otros productores de caña. El capital no entiende de argumentos morales y premia únicamente el lucro rápido.

En ese contexto, en el siglo XVIII, Franz Achard (1753-1821) logra perfeccionar la extracción de sacarosa a partir de la remolacha. Pero fue Benjamien Delessert quien fabricó panes de azúcar blanco en 1812, para deleite de Napoleón. Napoleón Bonaparte difunde en sus campañas el cultivo de la raíz de remolacha y fomenta la construcción de fábricas azucareras, primero en Francia y más tarde en otros países de Europa Central, como Alemania. En España, la siembra de remolacha comienza a fines del siglo XIX, en coincidencia con el declive de la influencia española sobre Cuba. La primera fábrica será la de Alcolea, en la provincia andaluza de Córdoba, en 1877. Y es entonces cuando se produce toda una revolución en el mercado mundial del azúcar: aunque ya en el siglo XVII la sacarosa procedente de la caña había comenzado a desbancar a la miel como endulzante predilecto de los europeos, sólo con el cultivo de la remolacha el azúcar se convirtió en un producto accesible para los europeos y se popularizó su consumo, hasta ese momento reservado a las clases privilegiadas.

Aunque la caña de azúcar conservará su lugar hegemónico en la producción mundial de azúcar, la remolacha tendrá consecuencias de calado en el mercado mundial del azúcar [14]. En 1860, la remolacha europea suponía unas 352.000 toneladas de azúcar anuales, un 20 por ciento de la producción mundial de azúcar; en treinta años, se había incrementado esa cifra a 3,7 millones de toneladas, el 59 por ciento de la producción. Europa pasó de ser importadora neta a exportadora neta de azúcar, y dejó a Estados Unidos como principal, y casi único, demandante del azúcar producido en las Antillas. Por supuesto, la remolacha europea no quedó abandonada al libre mercado. La industria francesa del azúcar de remolacha recibió un trato de favor hasta que su producción fue completamente competitiva con el azúcar de caña que provenía de las colonias tropicales francesas, como Martinica y Guadalupe”[15]. ¿Y lo de las ventajas comparativas? Bueno, parece que depende de quién se lleve la ventaja…

En consecuencia, Estados Unidos se convirtió en el principal cliente de los productores del trópico, especialmente de Cuba. Según las leyes del mercado global, “el pueblo que compra manda; el pueblo que vende sirve”, como dijo José Martí. Así que, a partir del siglo XIX, “Estados Unidos es la dueña de Cuba” y las decisiones económicas de la isla se toman en función de las necesidades de Washington [16].

El tránsito al régimen salarial

Entre 1860 y 1890, estos cambios se concretan en la estructura de la producción azucarera en los cañaverales del trópico latinoamericano; “se quiebra la estructura secular azucarera, originándose una nueva forma de producir y comerciar e, inclusive, creándose un nuevo producto final, un azúcar que se rige por normas distintas y que expende un nuevo tipo de envase. No es exagerado decir que, en el azúcar del Caribe, en 1890 todo es distinto a lo que existiera en 1860” [18], en palabras del historiador Manuel Moreno Fraginals. Ese momento de cambio viene marcado por la abolición de la esclavitud, que llega a la isla de Cuba en 1881. El fin del sistema esclavista, que había sido la base del antiguo ingenio azucarero, fomenta una revolución industrial en el Caribe que afecta a todo el proceso de fabricación del azúcar y, sin embargo, no viene acompañada de una revolución agrícola complementaria. Más bien al contrario, “el sector agrícola -siembra, cultivo y cosecha de la caña- mantuvo su atraso tradicional”, aunque con un nuevo régimen legal [19].

Mientras existió esclavitud, el proceso de fabricación no estaba mecanizado, por lo que había trabajo todo el año. Ahora, con las innovaciones en la industria, los procesos se agilizan y la mano de obra intensiva -los cortadores de caña- sólo es requerida tres o cuatro meses al año; los que duran las cosechas. Los braceros, que ya no son esclavos -a los que hay que alimentar todo el año- sino trabajadores libres, pero desposeídos, obligados a vender su fuerza de trabajo al precio del mercado, trabajan cuatro meses al año y se enfrentan al drama social de ocho meses de desempleo estacional.

Esta realidad no cambió mucho en el último siglo. Hasta hoy, la rentabilidad del negocio se basa en las rebajas salariales y el aumento de la superficie cultivada, y no al incremento de la productividad [20]. En Brasil, principal productor y exportador mundial de caña, se ha denunciado durante años que la ansiada modernización de la industria azucarera, pendiente desde los años 70 y mil veces anunciada, nunca se produjo. Los salarios de los cortadores de caña son tan míseros que la inversión en maquinaria resulta poco atractiva para las empresas; en los últimos años, las mejoras en productividad se han logrado vía reducción salarial: a los obreros se les paga (cada vez menos) por peso recogido, como veremos más adelante, en el capítulo dedicado a las condiciones laborales en los cañaverales.

Paralelamente, en el siglo XX comienzan a operar en las bolsas los mercados de futuro de alimentos, esto es, se compra a precio de hoy un azúcar de entrega futura. “La bolsa no sustituye al mercado real, donde se compra y vende el azúcar física; simplemente lo domina imponiéndole precios y condiciones” [17]. Este mercado abre la vía a la especulación, y sólo será regulado después de que el Crack del 29 y la Gran Depresión demuestren las consecuencias de dejar al mercado abandonado a su libre albedrío. Después, con la hegemonía del discurso neoliberal en los años 80, las desregulaciones permitirán a los mercados financieros acumular un poder hasta ahora inédito.

Azúcar y acumulación de capital

El azúcar del trópico americano, argumenta Galeano, “aportó un gran impulso a la acumulación de capitales para el desarrollo industrial de Inglaterra, Francia, Holanda y, también, de los Estados Unidos, al mismo tiempo que mutiló la economía del nordeste de Brasil y de las islas del Caribe y selló la ruina histórica de África. El comercio triangular entre Europa, África y América tuvo por viga maestra el tráfico de esclavos con destino a las plantaciones de azúcar [21]”. El propio Adam Smith decía que el descubrimiento de América había “elevado el sistema mercantil a un grado de esplendor y gloria que de otro modo no se hubiera alcanzado jamás”, recuerda Galeano.

La esclavitud americana fue, así, “el más formidable motor de acumulación de capital mercantil europeo”, y esa acumulación resultó ser “la piedra fundamental sobre la cual se construyó el gigantesco capital industrial de los tiempos contemporáneos” [22]. Entre los albores del siglo XVI y la agonía del siglo XIX, “varios millones de africanos, no se sabe cuántos, atravesaron el océano; se sabe, sí, que fueron muchos más que los inmigrantes blancos, provenientes de Europa”. Ellos “talaron los bosques, cortaron y molieron las cañas de azúcar, plantaron algodón, cultivaron cacao, cosecharon café y tabaco y rastrearon los cauces en busca de oro”. Por eso dice Galeano que “gracias al sacrificio de los esclavos en el Caribe, nacieron la máquina de James Watt y los cañones de Washington”.

La historia muestra que, en la práctica, el sistema colonial, que, bajo el modelo de la globalización, subsistió a la caída de la esclavitud legal y el colonialismo formal, empobrece a los pueblos y arrasa con la tierra. Las evidencias dicen que las ventajas comparativas de Ricardo sólo son ventajosas para unos pocos que se enriquecen. Pero la codicia es obtusa por definición. En Brasil, la caña continúa su inexorable avance: después de acabar con la fertilidad de las tierras pernambucanas, avanza ahora sobre el Cerrado brasileño. Pernambuco, otrora epicentro del boom azucarero colonial, es hoy uno de los estados más pobres del país; en Cuba, buena parte de la tierra de la isla está al borde de la desertificación tras siglos de monocultivo intensivo e irresponsable.

En Cuba conocen bien las consecuencias del monocultivo exportador. Aún hoy, para muchos cubanos, el azúcar sigue siendo un símbolo del despojo, un objeto del rencor poscolonial. Y la Revolución de 1959 pretendía liberar a la isla de aquel yugo, según el cual “Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima: se exporta azúcar para importar caramelos”, como dijo Fidel Castro. La historia imparte sus lecciones, pero no siempre la humanidad sabe leer sus enseñanzas; y, cuando no lo hace, está abocada a repetir los mismos errores.

NOTAS AL CAPÍTULO

1. Véase Sidney W. Mintz, Dulzura y poder. El lugar del azúcar en la historia moderna. Madrid, Siglo XXI, 1996 (primera edición en castellano. Original en inglés de 1985).
2. Véase http://www.iedar.es/azucar/historia.htm. Aunque otras investigaciones (Mintz, óp. Cit.) atribuyen esa frase a un general de Alejandro Magno, Nearchus.
3. Véase Galeano, Las venas abiertas de América Latina, Siglo XXI, México, 1971
4. Mitz, óp. Cit., pág. 27.
5. Mintz, óp. Cit., pág. 21.
6. Lo decía Carlos Marx a mediados del siglo XIX: “Pensaréis tal vez, señores, que la producción de café y azúcar es el destino natural de las Indias Occidentales. Hace dos siglos, la Naturaleza, que apenas tiene que ver con el comercio, no había plantado allí ni el árbol del café ni la caña de azúcar”. En palabras de Eduardo Galeano: “La división internacional del trabajo no se fue estructurando por mano y gracia del Espíritu Santo, sino por obra de los hombres”.
7. Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina, Siglo XXI Editores, pág. 30.
8. Mintz, óp. Cit., pág. 57.
9. Dos siglos después de la abolición de la esclavitud, se estima que unos 21 millones de personas viven en condiciones análogas a la esclavitud, según la Organización Internacional del Trabajo. La trata de personas es uno de los tres negocios más lucrativos que existen a nivel mundial, junto al narcotráfico y el tráfico de armas, legal o ilegal.
10. Galeano, óp. Cit.
11. Helmut Blume, The Geography of Sugarcane, Enviromental, Structural and Economical aspecs of Cane Sugar Production, Verglag, Berlin, 1985
12. Galeano, óp. Cit., pág. 90 y siguientes.
13. Véase, en esta misma obra, el capítulo dedicado a las consecuencias ambientales del cutivo de caña de azúcar.
14. Hoy en día, la mayor parte del azúcar de mesa que se consume en España procede de la remolacha, pero no así el azúcar inserto en muchos alimentos preparados; a nivel mundial, alrededor del 80% que se consume procede de la caña. Véase el capítulo 4 de este volumen, dedicado al mercado del azúcar en nuestros días.
15. Mintz, óp. Cit., pág. 43.
16. Galeano, óp. Cit.
17. Manuel Moreno Fraginals, La historia como arma y otros estudios sobre esclavos, ingenios y plantaciones, Ed. Crítica, pag. 71.
18. Manuel Moreno Fraginals, La historia como arma y otros estudios sobre esclavos, ingenios y plantaciones, Ed. Crítica, pag. 56.
19. Fraginals, óp. Cit., pág. 59.
20. “El creciente mercado del azúcar fue satisfecho por una extensión constante de la producción, más que por aumentos bruscos de la productividad por trabajador o del rendimiento por unidad de superficie” de tierra cultivada. En Mintz, óp. Cit.
21. Eduardo Galeano, “El Rey azúcar y otros Monarcas agrícolas”, óp. Cit., págs.106-111.
22. Sergio Baú, citado por Eduardo Galeano, óp. Cit.

Imagen: Caña de azúcar, Diego Rivera