Carla Llamas (La Maleta de Carla): «Los aforos limitados [en el turismo] tendrían que haber llegado para quedarse»

¿Es posible viajar de forma sostenible? ¿Se puede seguir disfrutando del turismo sin que nuestra huella ahogue los lugares que visitamos? Es lo que continuamente ronda la cabeza de Carla Llamas, autora de ‘La maleta de Carla’, una periodista de viajes que llegó al mundo de los blogs y al de la sostenibilidad de forma prácticamente casual pero que se ha convertido en una de sus referencias. Hoy tiene más de 30.000 seguidores en Instagram, un blog de éxito y un podcast que ha lanzado ya 2 temporadas, a lo que se suman numerosas colaboraciones.

Y, sin embargo, ‘La maleta de Carla’ surge en el año 2011 de forma totalmente anecdótica, cuenta Carla Llamas, como un trabajo de la universidad para relatar un viaje a Chile. «Ahí iba contando un poco mis crónicas de ese viaje por Chile, pero no le di mucha más importancia», asegura. En 2013, Llamas ganó un viaje alrededor del mundo y el blog revivió. Pero no sería hasta 2016 que Llamas decidiría dedicarse más en serio a relatar sus aventuras alrededor del mundo y, sobre todo, su manera de hacer sus viajes más sostenibles. Hablamos con ella sobre este viaje vital y sobre su perspectiva de un turismo más sostenible.

¿Cómo llegas a preocuparte por la sostenibilidad del turismo?

Cuando abrí el blog, el único papel [que la sostenibilidad tenía en mi vida] era el que yo reciclaba, porque en mi casa siempre se había dicho lo de que tenía que reciclar y nada más. La sostenibilidad no era una palabra en mi vocabulario. Es curioso porque en el año 2010 yo había ido a Bosnia en un viaje con una asociación y había un chico, que acabó siendo mi pareja, que estaba estudiando ecología y él me empezó a hablar de estos temas. Pero para mí era algo totalmente ajeno. No fue algo importante hasta el año 2014-2015, cuando yo me independicé y empecé a viajar más y empecé a ver cosas que me impactaron cada vez más. Tuve que verlo por mí misma para darme cuenta de la magnitud que tenía este tema y de lo importante que era la sostenibilidad. Además, en el año 2014, estaba trabajando en una agencia de marketing y uno de nuestros clientes era una tienda online de productos ecológicos. Entonces para generar todo el contenido para su página de Facebook, empecé a leer cada vez más sobre estos temas y empecé a aprender y pensé: pues si me están diciendo que hay una isla de plástico en el Pacífico y yo estoy sacando la basura todos los días de plástico al contenedor, a lo mejor yo también tengo algo que ver en esta isla de plástico. Así, empezamos a reducir residuos en casa y a ser un poquito más conscientes sobre eso, sobre lo que traíamos a casa, sobre cómo comprábamos, sobre qué productos entraban en casa. Me acuerdo que en ese momento la web de Sin plástico acaba de empezar, Vivir sin plástico acababan de empezar y ellos serán mi único referente en España. Así se me metió la sostenibilidad en mi vida, de la forma más anecdótica del mundo.

¿Qué experiencia, dentro de tus viajes, es la que más te ha marcado en cuanto a sostenibilidad?

Bueno, nosotros hicimos un viaje en el año 2017 y 2018 y estuvimos nueve meses en el Sudeste asiático. A este viaje ya íbamos bastante mentalizados y llevábamos desde 2014 siendo como muy responsables con el tema de reducir residuos. Y dijimos vale, pues este viaje lo tenemos que enfocar de la forma más sostenible que podamos. Estamos cogiendo aviones, así que la huella de carbono va a estar, pero vamos a intentar que a nivel residuos reducir al máximo. Así que nos hicimos cada uno, mi pareja y yo, su kit anti plásticos, con la botella, la pajita, el porta bocadillos, una bolsa de tela … Y con esto la verdad es que hicimos muchísimo. A mí lo que más me impactó de este viaje, supongo, fue ver espacios naturales como las playas de Bali o las playas de Filipinas, o el Monte Bromo en Indonesia, llenos de basura, llenos de basura humana, o sea, y sin ningún tipo de cuidado.

Y tuve una conversación con una persona que le pregunté ‘Oiga, ¿por qué el río está tan lleno de basura?’ Y él me dijo que hasta hace cinco años o diez años, toda la comida venía envuelta en hojas de plátano y de repente empezó a llegar todo en plástico y la gente tenía esa costumbre de tirar la hoja de plátano al río y ahora tienen la misma costumbre de tirar el plástico al río. Y no se dan cuenta y no entienden la magnitud del problema. No ven cómo puede afectar esto a su día a día. Como el pescador que tira la colilla al mar y que no se da cuenta de que la colilla se la va a tragar el pescado que luego se va a comer.

No había ese tipo de conocimiento, pero nosotros sí lo teníamos. Yo pensaba pues si nosotros lo tenemos, hagamos lo que podamos nosotros y ya está. Y ese fue un viaje que a mí me me abrió mucho los ojos. Me ayudó mucho a entender también que, por ejemplo, si yo tiro algo al océano, el océano es uno. Y eso que estás tirando en Filipinas a lo mejor acaba un día en Barcelona. Entonces que esa basura que yo estaba recogiendo en las playas, porque una de las cosas que hacíamos era recoger mucha basura en nuestro día a día cuando estábamos en una playa o un destino de naturaleza, pues va a tener un impacto global, no solamente en esta playa. Ese viaje fue importante.

La sostenibilidad no es solo medioambiental y tiene un importante componente social, porque el turismo masivo produce también una disrupción de las condiciones de vida de las comunidades que se visitan. ¿Tú cómo integras esto cuando viajas, cómo intentas que tu impacto sea lo más positivo en este sentido?

Yo hasta este viaje en el año 2017-2018, mi principal preocupación con el tema de la sostenibilidad eran los plásticos y los residuos. Y yo no miraba mucho más allá, pero esto es un camino y todos vamos un poco aprendiendo. Y creo que especialmente para las personas que empezamos hace mucho tiempo, no había tanta información como, por ejemplo, hay ahora. Yo empecé con el tema de los residuos y he ido ampliando mi foco y mi punto de miras a otros aspectos. Entonces creo que no le he puesto tanta atención hasta hace relativamente poco a esto. Es una buena pregunta, porque es muy difícil no dejar huella negativa. Al final, desde el momento en el que estás cogiendo un avión, algo va a cambiar en el sitio al que vas, o algo va a cambiar en ti. Intento ser consciente de cada paso que doy y no dejarme llevar demasiado por nada. Esto ha sido un esfuerzo y ha sido un trabajo de muchos años. Si yo me voy a México, como he estado ahora hace poco, y elijo un alojamiento X, quiero saber qué hay detrás de un alojamiento. En la medida en que se pueda quiero saber a dónde va el dinero que estoy depositando en ese alojamiento y eso me parece muy importante. ¿Quién se va a beneficiar o quién se va a perjudicar? También mido mucho lo que cuento y lo que no cuento. Yo he estado en sitios muy turísticos y he estado en sitios que no tienen nada de turismo. ¿Me merece la pena hablar de esas playas que a lo mejor están ahí tan a gusto y no necesitan más gente que vaya? Creo que no hay una respuesta perfecta y creo que no hay una acción perfecta. Simplemente intento tomar la decisión en cada momento en base a lo que he aprendido, lo que he leído y cómo me educaron en este sentido.

¿Y tienes en algún momento cierto miedo a que eso que tú compartes en redes sociales pueda suponer un elemento de disrupción?

Constantemente. Yo constantemente me estoy cuestionando qué comparto, cómo lo comparto, qué digo… todo. En general, mi comunidad de Instagram sigue bastante en mi línea, creo yo, pero puedes llegar a alguien que no sea así y que haga las cosas de otra manera y que deje su huella de otra manera. Yo quiero pensar que compartir mi forma de viajar y mi forma de hacer las cosas va a aportar algo más positivo que negativo. Si no, no lo haría. Pero siempre está ese miedo.

¿Y cómo crees que se puede equilibrar esto? Porque al final Instagram no deja de ser una red social en la que parece que todo va muy rápido y que premia, por ejemplo, que se visiten muchos sitios y se busque la foto. Es muy difícil encontrar espacios como como el tuyo en el que se vaya hacia cosas más despacio. ¿Son las redes sociales un aliado aquí?

Yo he construido una comunidad alrededor de este concepto y esta forma de viajar. Y pienso que cuanto más crezca esa comunidad, mejor. Más gente habrá que tenga esta forma de hacer las cosas. Hay mucha gente que me dice que es desalentador ver cómo está el planeta. Y yo siempre les contesto lo mismo. Piensa que cada vez somos más haciendo las cosas bien. No puedes dejarte llevar por la ecoansiedad. Yo ahora, por ejemplo, estoy en este punto de la vida y hago las cosas de una manera y mi vida no es para nada sosteniblemente perfecta. Y hay otra persona que acaba de empezar y tiene todavía mucho que hacer, o hay una persona que me lleva cinco años de ventaja. No nos podemos comparar y creo que tenemos que ser muy pacientes con la gente.

Yo me acuerdo cuando empecé a compartir estas cosas en Instagram, yo pensaba que me iban a decir que a qué viene esta a contarnos sobre jabones sólidos. En 2016, cuando nadie, o poca gente, en el mundo del turismo hablaba de sostenibilidad y yo empecé a hablar de estos temas de forma muy tímida, yo pensaba que no iba a ser bienvenido. Y fue todo lo contrario. La gente de mi comunidad ha crecido muchísimo en torno a esos valores y me alegro que haber sido auténtica y haber compartido las cosas que me interesaba haya gustado a la gente y se hayan quedado. Y de hecho es una de las cosas que yo creo que la gente más valora.

¿Crees que hay una conciencia creciente sobre el impacto del turismo?

En mi comunidad, sí veo cambios. La gente que me sigue hace muchos cambios y se esfuerzan muchísimo. No puedo hablar por el resto de gente, pero en la industria del turismo creo que falta mucho por hacer. No puede ser que los gobiernos sigan dando subvenciones aerolíneas y que sigan desapareciendo líneas nocturnas de tren, por ejemplo. Ya no es sólo el greenwashing de las empresas, sino que los gobiernos tienen mucha responsabilidad y mucha capacidad de actuación, pero depositan mucha responsabilidad en el consumidor y en la sociedad. Yo puedo decirle a mis seguidores ‘Oye, no cojáis aviones que contaminan un montón’. Pero lo primero, yo misma no voy a dejar de coger aviones. Y lo segundo, cómo le voy a decir a alguien que su sueño de toda la vida es ir a París que se coja un tren que cuesta 150 € en vez de un avión que valen 50. ¿Con qué cara le digo yo eso a la gente? O a la gente que se quiere ir a Noruega de vacaciones, que se coja cinco trenes, o que se quiere ir a Italia de vacaciones, que se coja tres trenes. La gente tiene X días de vacaciones al año y quieren disfrutar y quieren viajar y quieren conocer porque aportan muchísimas cosas positivas.

Entonces, cómo les vamos a decir oye, no te cojas un avión porque no es sostenible, cuando los gobernantes de los países llegan a la cumbre de la COP en su jet privado. Todas estas cosas a mí me dan muchísima rabia, porque le exigimos mucho a la gente y muy poco a los políticos. Los que tienen que hacer cosas son ellos porque son ellos los que tienen el poder. Nosotros evidentemente, como consumidores creo que hemos cambiado muchas cosas a lo largo de los años. El tema de las bolsas de plástico, por poner un ejemplo. Los consumidores tenemos mucho poder, pero no tanto como el poder que tienen los políticos de hacer cambios reales, estructurales, y son a ellos a los que tenemos que exigir cosas.

¿Y cuál debe ser el papel del ciudadano y/o turista individual?

Cuando la gente me pregunta por dónde puede empezar, yo les digo ‘edúcate, lee, ve documentales’. De todo lo que aprendes en esos documentales o esas lecturas, quédate con una cosa y haz esa cosa y el año que viene haces otra. Yo, por ejemplo, me pongo retos anuales. El año pasado fracasé estrepitosamente porque fui madre y eso es un reto en si mismo. Pero el reto fue hacer composta y el fracaso fue máximo. No lo conseguí. Este año me he propuesto sólo comprar ropa de segunda mano y de momento lo voy consiguiendo. Creo que es una buena forma de acercarse más a la sostenibilidad, ponerse pequeños retos. Nosotros en los viajes, cuando estábamos en Filipinas, por ejemplo, hicimos un reto que fue intentar generar el mínimo número de plásticos en un mes y partimos del mes de abril de 2018 y dijimos vale, estamos en Filipinas, a ver cuántos residuos plásticos generamos. Cada vez que generemos uno nos lo guardamos y al final del mes hacemos una foto. Y esto funciona muy bien porque te hace ser muy consciente. El primer día estábamos ante un kiosco, no teníamos comida y dije ‘voy a comprar un bolsa de patatas’. Y Adrián [mi pareja] me dijo ‘Carla, tu primer plástico’. Y ya solamente por el hecho de no tener un plástico en la foto dije pues no, no me compro nada o me compró una pieza de fruta que encima es mucho más sana y mucho más local. Porque esa es otra cuestión. Muchas veces cuando estás de viaje en sitios remotos hay que plantearse qué ha tenido que pasar para que un producto esté ahí. Si yo estoy en una isla en Filipinas, ¿por qué tiene que haber helados Frigo en esa isla remota? Es porque los turistas los quieren. Entonces, si nosotros como consumidores decimos no, pues en vez de comprarme un helado de Frigo, me voy a comprar un plátano que lo han cogido del árbol que tienen en el patio. Al final lo que te dejan es no ser consciente de cada decisión y de cada acción que hago. Me ayuda mucho a ser más sostenible.

Tú vives cerca de una zona muy turística en Barcelona. ¿Cómo lo vives desde el otro lado?

Yo no lo vivo tan directamente porque vivo en un pueblo que no es turístico, pero me afecta el hecho de que Barcelona lo sea, porque todo el que no se puede pagar un piso en Barcelona se viene a la periferia. Y los que estamos en la periferia no podemos pagar los pisos aquí, porque la gente que viene de Barcelona viene con presupuestos más altos. Yo, además, vivo al lado de Sitges, que también es un sitio muy turístico todo el año. El que no se puede permitir algo en Sitges se viene a mi pueblo y eso lo notamos muchísimo, aparte de que aquí ya no hay espacio para construir mucho más y todo está vendido sobre plano o tiene unos precios desorbitados. Somos una burbuja constante. Esto nos lo pone muy difícil a la gente que queremos vivir en este pueblo, que somos de aquí. Por otra parte, mi padre trabaja en el sector turismo en Barcelona y ha sido un palo muy gordo toda la pandemia. Y se agradece que las cosas vuelvan a la normalidad, entre comillas. Se agradecen porque la gente que vive de ello lo ha pasado muy mal. Los que vivimos del turismo lo hemos pasado muy mal, pero más las personas que viven de una ciudad en concreto. Pero creo que los aforos limitados y los límites en general tendrían que haber llegado para quedarse. Y ya estoy viendo que no ha pasado ni va a pasar. Es una pena, porque creo que la pandemia nos había dado una buena oportunidad para frenar y repensar como queríamos que fueran las cosas. Y no veo que esté pasando.

¿Cómo crees que va a ser el futuro del turismo?

Yo creo que este año y el que viene los precios van a estar un poco disparados por ese efecto rebote. Las empresas quieren recuperar lo que han perdido y por otros agentes externos, como son guerras, los problemas de distribución, los precios altos… El que quiera viajar más le va a costar más dinero, va a haber menos gente que viaje y quizá tenga un impacto positivo a nivel de sostenibilidad. Pero me da mucha rabia que todo se acaba cortando por el mismo patrón, que es el dinero. Si no tienes dinero no te puedes permitir esa experiencia que va mucho más allá de si he viajado o no. Es una especie de aprendizaje, cultural, y me da rabia porque siempre lo que lo define es cuánto dinero tienes en el banco y no cuánto quieres viajar o cuánto quieres aprender.

Los propios destinos están promocionando esto, lo que ellos llaman el turismo de calidad, que quiere decir un turista de mayor poder adquisitivo

Para mí, el turismo de calidad para nada significa dinero. Pero para mí es un turismo informado, es un turismo que valora el turismo sostenible. Y, a menudo, a la gente que tiene mucho dinero, el turismo sostenible le da igual.

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