Aunque hace una década que emergieron en el Estado español movimientos sociales en resistencia contra un modelo turístico depredador, 2024 ha marcado el inicio de un nuevo ciclo de movilización social. Los protagonistas de estas luchas nos cuentan por qué el turismo se ha desbordado y proponen medidas y soluciones para echar el freno de emergencia.
Nazaret Castro Buzón/ Fotografía: Andrés Gutiérrez
A fines de los años 90, los padres de Alan Lacey Raposo, un inglés y una gaditana, llegaron a El Puerto de Santa María, la localidad de ella, para montar un Bed & Breakfast al estilo inglés. Después de años buscando, encontraron al fin una casa que pudieron comprar y fueron reformándola poco a poco. Al principio se fueron a vivir allí con la casa todavía en obras; cada año la iban ampliando para sumar habitaciones para los huéspedes. “Muchos clientes venían todos los veranos, así que algunos se acabaron haciendo amigos y salíamos juntos a cenar. Traían su forma de entender la vida y trataban de conocer la gente de aquí, los bares… Eso ya no sucede: ahora vengo, quemo este sitio, hago mi consumo del lugar y las próximas vacaciones, viajo a otro lugar”, cuenta Alan. De la mano, se modifica ese lugar de veraneo: “En El Puerto, se han vaciado espacios de vida que ahora son elementos fantasma, de uso temporal. Los bares ya no ofrecen guisos de toda la vida, sino que son sitios que podrían estar en Madrid, Bilbao o cualquier otro sitio”.
Algo parecido señala María Sánchez, portavoz de la plataforma vecinal Cádiz Resiste: “Hay muchas tiendas de comercio local en nuestra plataforma, porque este modelo de turismo no les beneficia. Les cuesta afrontar el precio del alquiler de los locales. Están abriendo negocios como taquillas, incluso con duchas: todo para un mismo público, no para cubrir las necesidades de la gente del barrio. Para nosotros, los habitantes de a pie, la vida no es fácil cuando las calles y las playas están atestadas”. Y da una cifra: a Cádiz capital, una ciudad de 110.000 habitantes, llegaron el año pasado 670.000 cruceristas.
En los sitios turísticos –que suponen una parte cada vez mayor del país– son cada vez más frecuentes este tipo de percepciones. La industria turística destruye el comercio local, obstruye la convivencia y el espacio público y, sobre todo, revienta los precios de la vivienda. “En Cádiz, el problema de la vivienda no es nuevo, pero si le añades esta aceleración tan drástica del turismo, se vuelve insostenible. La ciudad está perdiendo población: la gente se tiene que ir a vivir a poblaciones de su entorno, como San Fernando y Puerto Real, no sólo por los precios abusivos, sino porque casi todos los pisos se ofrecen sólo en temporada escolar. Y esa brecha la ha abierto la entrada de la vivienda turística”, explica María.
La sensación es de desborde. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Para Ernest Cañada, que investiga el turismo desde hace años y es coordinador del colectivo Alba Sud, los cambios en la industria turística se dieron ya en los años 90, pero fue en la segunda década de los 2000 cuando “todo pasó a ser objeto turístico”. El investigador lo atribuye en parte a la crisis financiera de 2008, que obligó a los inversores a buscar nuevas formas de garantizar la reproducción del capital. “A esto se suma que bancos y fondos de inversión poseen viviendas que quedan vacías; en 2008 aparece Airbnb y da opciones de mayor rentabilidad. El turismo penetra todos los rincones y comienza a provocar un malestar que se traduce en un primer ciclo de protestas: 2014, en Barcelona; 2017, en Mallorca y Barcelona. Ya había previamente movimientos sociales preocupados por los efectos del turismo, pero es en ese momento cuando se rompe el consenso sobre las bondades del modelo y comienza el debate sobre los límites”, sostiene Ernest. Así, se va consolidando el concepto “turistificación”, para señalar el modo en que el turismo penetra todos los rincones de la vida social.
¿Turistificación o turismofobia?
Con 2024 comienza otro ciclo de lucha. En abril se dan las masivas manifestaciones en Canarias, que se reproducen después en diez o doce ciudades más: entre ellas, Cádiz y El Puerto. Cádiz Resiste se reunió por primera vez como plataforma en el mes de junio, después de que el temor al desahucio de una anciana –que finalmente se evitó gracias a la visibilización que logró el caso– levantase al barrio del Pópulo, uno de los más impactados por el fenómeno de los pisos turísticos. En El Puerto, la Asamblea Feminista de las Tres Rosas organizó en el verano de 2023 una primera manifestación que tuvo eco un año después, esta vez organizada por una plataforma de la que forman parte, junto a la Asamblea Feminista, colectivos ecologistas, por los derechos humanos y asociaciones vecinales. En este caso, el turismo de borrachera es el centro de las críticas, por el ruido y los problemas de convivencia que provoca.
El verano de 2024 ha sido muy perceptible cómo “el malestar de la turistificación”, por parafrasear el título del libro coordinado por Ernest junto a otros miembros de Alba Sud (Icaria, 2023), llegaba a la prensa y los programas de televisión mainstream, gracias a la potencia de las movilizaciones. Sin embargo, buena parte de esos medios de comunicación rehuyeron el término “turistificación” y prefirieron hablar de “turismofobia”, es decir: odio al turista. “Ese término aparece ya en 2014 para deslegitimar a los movimientos, pero no sirve analíticamente, sencillamente porque es mentira: no hay odio al turista. De hecho, la violencia real contra personas o bienes es muy baja, pese a todos los problemas que crea la turistificación”.
Lo que sí se ha producido, sin duda, es una ruptura del consenso en torno a la idea de que el turismo crea riqueza con menor impacto que otras actividades económicas, como si fuera una “industria sin chimeneas”. La pregunta, entonces, es cómo ponerle límites: cómo echar el freno de emergencia, como diría Walter Benjamin en su célebre argumento.
El turismo no se ha democratizado
La portavoz de Cádiz Resiste resume algunas de las medidas que propone la plataforma gaditana: “Pedimos la moratoria de las licencias a los pisos turísticos, la imposición de una tasa turística que sirva para financiar servicios en la ciudad, el incremento del IBI y la tasa de recogida de basura para las viviendas que funcionan como negocios turísticos y la persecución real de quienes lo hacen de forma ilegal. En cuanto a los hoteles, exigimos que no se venda más suelo público que se privatice para hacer alojamientos turísticos, cuando en nuestra ciudad es tan necesario hacer viviendas sociales”. Reivindican una redistribución de los costos y beneficios que supone la industria turística: “Los vecinos soportamos esa presión, sufrimos los inconvenientes, pero no recibimos nada a cambio. Queremos que quienes trabajan como camareras o camareras de piso estén en buenas condiciones, o que los fondos de las cadenas que gestionan los pisos turísticos retribuyan de alguna forma a la ciudad”, añade María. En definitiva: “Queremos un turismo que sea sostenible y permita la convivencia”.
Pero, ¿es posible un turismo sostenible? Ana Geranios, autora del libro Verano sin vacaciones. Las hijas de la costa del sol (Piedra Papel, 2024), lo tiene claro: “El modelo turístico es en su base capitalista, y por ello su naturaleza es la de arrasar con los recursos, la sabiduría, el amor y el tiempo. Se implanta en lugares muy concretos, que se adecúan para recibir población itinerante. Sus habitantes e incluso su geografía deberán adaptarse a un territorio inventado, replicable, globalizado y sin identidad. Además, los turistas son siempre los mismos: un porcentaje muy pequeño de la población occidental, que puede disfrutar del mundo a sus anchas, mientras la gran mayoría de terrícolas, entre los que no nos encontramos, solo podrán sufrir la contaminación, la violencia y la desigualdad que genera”. Lo cierto es que, en el Estado español, un 33% de la gente no puede permitirse pagar unas vacaciones, y ese porcentaje alcanza el 50% en Andalucía, uno de los territorios que recibe más visitantes. Como subraya Ernest Cañada, “es falso que haya habido una democratización del turismo”.
Entre ese porcentaje excluido del turismo están quienes más sufren el modelo: los y las trabajadoras de la industria turística. “Pienso en las cervicales de las camareras de hotel, en los codos de los camareros, en las rodillas de los botones, en las lumbares de los taxistas, en las sonrisas de los recepcionistas, en la tensión arterial de las cocineras, en el tiempo de la población envejecida, en los referentes de la población infantil, en los deseos de las trabajadoras del hogar, en el sueño de los especuladores, en el descanso de la tierra, en el entorno de las flores, en los instintos de los animales. Todo está casi roto. El modelo es aniquilador, ya sea masivo o exclusivo”, lamenta Ana Geranios. La investigación de Anna Pacheco, que en su libro Estuve aquí y me acordé de nosotros (Anagrama, 2024) describe las pésimas condiciones laborales que sufren las y los trabajadores de hoteles de lujo, confirma el hecho de que no por tratarse de hoteles carísimos se verán garantizados los derechos de sus empleadas.

El discurso hegemónico sigue proponiendo el llamado “turismo de calidad” como alternativa a la masificación. Mientras que “turistificación” señala los complejos efectos que tiene la industria turística sobre cuerpos, territorios y subjetividades, hablar de “masificación” lleva a la creencia de que, si captamos a turistas con más poder adquisitivo, lograremos la misma riqueza con menores daños. Sin embargo, “no hay ricos para todos”, como advierte Ernest: “Competir por los mismos turistas de altos ingresos acaba siendo una estrategia suicida, porque en esa competencia se invierte mucho dinero público: infraestructuras, macroeventos, etcétera”.
Además, medidas como la imposición de cupos, corren el riesgo de terminar siendo elitistas, si el criterio es económico y no, por ejemplo, por sorteo. Los movimientos están teniendo dificultades para incluir a quienes reciben sus ingresos del sector turismo, y ahí el riesgo es que la disputa sea entre sectores económicos que pertenecen a la misma clase, desplazando el vector de la lucha de clases, es decir, cómo se reparten los costos y beneficios del modelo, y qué pasa con la explotación de las trabajadoras. “Más que hablar de masificación, es mejor hablar de transformación del modelo: control de la actividad turística que garantice la redistribución del beneficio y la generación de empleo de calidad”, resume Ernest Cañada.
Cuestión de valores
“El único modelo turístico en el que podría confiar sería aquel en el que se le ofreciera al turista solo lo que sobre, el excedente: que antes de satisfacer las necesidades de quien viaja, estén aseguradas las de la población local sin someter a otras poblaciones. Cuando todo el mundo tenga una casa, entonces, las que sobran podrían rentarse a la población que está de paso”, reflexiona Ana Geranios. Pero quizá eso sólo sea posible en un mundo poscapitalista, donde satisfacer las necesidades de la gente y sostener la trama de la vida esté por delante del lucro económico.
¿Cómo avanzar, entonces? Alan cree que hay que trabajar los imaginarios sociales, los valores que nos atraviesan a nivel individual y colectivo. “En Andalucía hay mucha gente que vive del turismo y, aunque quisiéramos dejarlo atrás y no seguir siendo esa nación de servicio dentro de España, ahora mismo no podemos de un día para otro apagar la máquina, porque es el modo de vida para mucha gente. Lo que sí podemos es trabajar la narrativa, a largo plazo, de que queremos otra cosa”. En El Puerto de Santa María, la plataforma contra la turistificación surgió a partir de una serie de talleres que se realizaron en el último año, en el que participaron la Asamblea Feminista Las Tres Rosas, Ecologistas en Acción El Puerto, el Foro Social y las mareas Blanca y Verde. “Nos reunimos para hablar de los valores que hay detrás del modelo de ciudad que propone el Ayuntamiento, poco después de que el Partido Popular lograse mayoría absoluta en las elecciones municipales. Quisimos entender por qué la gente conecta con esos valores, y vimos que uno de los aspectos con los que hay que romper es el individualismo. Tenemos que centrarnos en trabajar lo colectivo”, explica Alan. Así surge la idea de organizar una verbena, una fiesta popular con el lema ‘Por un Puerto alternativo’: “La verbena nos permitió seguir trabajando juntas con un objetivo común. Queremos tejer alianzas para seguir fomentando esa burbuja de cambio social que en momento de efervescencia pueden provocar cambios”.
Hay alternativas, pero no soluciones fáciles. Ernest Cañada recuerda cómo, en los 90, la campaña publicitaria “Curro se va al Caribe” modificó nuestro horizonte de deseo. Casi dos décadas después, añade Ernest, “la industria del turismo nos pone a trabajar: subimos la foto a IG y promocionamos un destino; puntuamos en sistemas de valoración de forma que la fiabilidad que le damos a un restaurante o un alojamiento depende de las estrellas que les han puesto los usuarios. Esto es perverso, implica nuevas formas de producción, pero está sucediendo con todas las esferas. Tenemos que pensar por fuera de estas lógicas, tener más imaginación social para liberar tiempo y reorganizar el espacio. No hace falta tomar el poder, podemos comenzar ahora mismo: proponiendo prácticas sociales y de la economía social, reivindicando la figura del dominguero, expandiendo otras formas de organización”. Como la verbena popular de El Puerto. Como recuperar formas de disfrutar del entorno más próximo, o esa costumbre veraniega, tan característica de los pueblos, de sacar las sillas a la calle por las noches. Hay formas de ocio y de turismo que podemos pensar por fuera de la lógica del capital. Y hay también cada vez más colectivos que están ayudando a recomponer el tejido comunitario.


