Bangladesh y el textil como metáfora del sistema

Desde el principio, este Carro de Combate fue una tentativa de acercarnos al origen de los productos que consumimos. Todos los productos tienen, tras los carteles luminosos de la publicidad, una larga historia, a menudo oscura, que comienza los cultivos de algodón africano o las minas chinas, pasa por las grandes fábricas asiáticas y se transporta y distribuye sin la mí­nima conciencia ecológica. Cada producto que consumimos «“casi todos ellos- ocultan una historia teñida de sangre, explotación  y miseria.

La industria textil es la más clara metáfora del sistema productivo capitalista, tanto por la histeria consumista que provoca como por la intensidad de mano de obra que requiere, que ha propiciado una gran deslocalización y concentración de la producción. Orientadas siempre a reducir costes y maximizar beneficios, las multinacionales textiles buscan el salario más bajo. Hoy lo encuentran en Bangladesh, donde jornadas extenuantes se pagan a 37 dólares mensuales, el salario legal más bajo del planeta. Grandes marcas como Calvin Klein, Gap, H&M o Tommy Hilfiger producen aquí­.

Es en esta competitividad salarial «“nótese la perversa neutralidad de la terminologí­a económica ortodoxa- la que ha permitido a Bangladesh alcanzar cifras macroeconómicas que los gobiernos pueden exponer con orgullo, como que es, después de China, el principal exportador textil del mundo y tres millones de empleos en el sector. Sin embargo, con 37 dólares al mes las familias siguen en la miseria. Ni aun cuando todos los miembros de la familia trabajen, niños incluidos, una familia media puede aspirar a salir de la pobreza. Eso sí­, las empresas minimizan costes. Minimizan humanidad, también. Una camiseta de Calvin Klein vale más que el salario mensual de la trabajadora «“porque la gran mayorí­a son mujeres- que la tejió.

Leo en The New York Times que, hasta la gran protesta de los trabajadores en 2010, el salario mí­nimo era de apenas 20 dólares. Pero la inflación se está comiendo aquel aumento, y los trabajadores vuelven a revolverse. Y los poderosos han encontrado en los grupos paramilitares la forma más efectiva y truculenta de reprimir a los rebeldes.

Obsolescencia programada

Aquella camiseta de Gap, o de Klein, o de Zara, poco importa, probablemente se fabricó a partir de algodón extraí­do de ífrica por trabajadores con salarios de miseria; se produjo en Bangladesh; se transportó hacia su destino final; casi siempre, Estados Unidos y Europa. Después de todo ese periplo, podrí­amos soñar con que, al menos, esa camiseta colme los deseos de su comprador por al menos unos años. Pero no. Aun cuando ese consumidor no sea un adicto al shopping, apreciará que en pocos meses su camiseta ya parece vieja, amortizada.

Todos hemos notado mil veces que la prenda que compramos hace un par de meses ya parece viejo, mientras que el jersey que heredé de mi madre se mantiene, treinta años después, sin una sola pelotilla. Poco se habla de este perverso fenómeno de la obsolescencia programada, a saber: los fabricantes crean los productos para que su vida útil sea mucho menor de lo que podrí­a ser, para así­ ampliar las ventas. Bombillas que duran mil horas cuando podrí­an durar cien años; impresoras programadas para dejar de imprimir al cabo de un número determinado de hojas.

Estamos extrayendo minerales escasos, consumiendo petróleo para el transporte y explotando personas con salarios esclavos para producir objetos que ni siquiera tendrí­an que producirse si hubiésemos producido antes otros más duraderos. No parece muy racional en un planeta de recursos limitados en que miles de millones de personas carecen de lo más básico. Los defensores del sistema suelen argumentar que éste es el más eficiente de cuantos se conocen. Yo pienso en este sinsentido y me pregunto de qué eficiencia hablan. Nunca un sistema económico fue tan depredador e irresponsable. La pregunta es, ¿hasta cuándo permitiremos que nos gobierne la sinrazón? Como leí­a hoy en una pancarta: «Creo en la utopí­a porque la realidad me parece increí­ble».

El consumo es un acto polí­tico y, a estas alturas del juego, es nuestra principal herramienta de acción.

 

* Ilustración de Silvana Martins.