¿Qué significa el trabajo digno?

Hoy se celebra el Dí­a Internacional por el Trabajo Digno, una iniciativa organizada por la Confederación Sindical Internacional (CSI) para reclamar mejores condiciones laborales en el mundo. Millones de trabajadores en todo el mundo han salido hoy a las calles en una convocatoria centrada este año en el desempleo juvenil que, según la CSI, alcanza en algunos paí­ses el 60 por ciento. Esto hace que «hace que toda una generación de gente joven se enfrenta a la exclusión del mercado laboral», aseguraba la Confederación en un comunicado.

Los derechos laborales han sido una conquista que se ha obtenido durante siglos de lucha por coberturas sanitarias, vacaciones pagadas o descansos mí­nimos. Sin embargo, no todos han conseguido ver reconocidos estos derechos y en muchos paí­ses del mundo la legislación laboral es aún muy laxa o, simplemente, no se aplica.

Las consecuencias no son simples anécdotas. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un 30% de la fuerza de trabajo mundial, 910 millones de personas, entran dentro de la definición de «trabajador pobre» (working poor) de la ONU, es decir, aquel individuo que, aun teniendo un empleo, vive con menos de un dólar diario por cada miembro de su familia. Son, por ejemplo, los obreros de las llamadas sweatshops, fábricas que, por sus bajos costes, ofrecen interesantes condiciones para que las multinacionales ubiquen allí­ su producción. Otras definiciones, como las del departamento de Estado de Estados Unidos, consideran que el trabajador pobre es aquel que tiene un empleo durante, al menos la mitad del año, pero cuyos recursos no llegan al umbral de la pobreza.

El concepto del «trabajador pobre» apareció a finales del siglo XIX en Estados Unidos, paí­s que se encontraba entonces en plena industrialización. Uno de sus primeros teóricos fue W.E.B. DuBois, quien en su estudio «The Philadelphia Negro» (1899) distinguí­a además diferentes causas que podí­an llevar a esa pobreza, como la discriminación, el nivel educativo o la eficiencia. Desde entonces ha evolucionado, a menudo relacionado con el concepto de «umbral de la pobreza», pero su estudio sigue siendo escaso.

Un paso importante tuvo lugar cuando la ONU introdujo el «trabajo decente» como uno de sus Objetivos del Milenio para el Desarrollo, que deben cumplirse para 2015. La ONU aseguraba así­ que cualquier trabajo no es suficiente para conseguir el desarrollo. Solo unas condiciones laborales aceptables pueden tener un impacto definitivo en el desarrollo. Y este trabajo decente debe estar acompañado, por tanto, de un salario digno y no sólo del salario mí­nimo, que en muchos paí­ses apenas permite la subsistencia de las familias. Y aunque es difí­cil precisar qué es un salario digno debido a las diferencias entre paí­ses, la Organización Internacional del Trabajo propone un concepto simple y claro: aquel que permite ganar suficiente para que ellos mismos y su familia escapen de la pobreza, no solo de forma temporal sino permanente.

El ejemplo más trágico de estos trabajadores pobres son los esclavos, de los que se calcula que hay unos 21 millones en la actualidad, la mayorí­a de ellos atrapados por las deudas o por el tráfico de personas. Los niños no escapan de esta lógica y la OIT estima que  unos 246 millones de niños están sometidos a algún tipo de explotación laboral. Ellos serán luego carne fresca para convertirse en los nuevos trabajadores pobres.

Los defensores de este sistema de trabajo, especialmente en el caso de la producción para multinacionales, aseguran que es el único que permite un margen de beneficios suficiente a la empresa y que, a menudo, mejora las condiciones de otros sectores como la agricultura. Sin embargo,  un estudio realizado en 2001 por los economistas Robert Pollin, James Heintz, y Justine Burns en las empresas textiles de México afirmaba que doblar el salario a los trabajadores de base supondrí­a un incremento de 50 céntimos en los costes de producción de una camiseta vendida por 32 dólares, es decir, un 1,6 por ciento del precio de venta. 

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