¿Por qué el plástico es tan barato?

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Hace dí­as esta pregunta me persigue casi obsesivamente: ¿Cómo es posible que un producto tan nocivo para el medio ambiente se haya convertido en la sustancia más utilizada en nuestra vida cotidiana? ¿A qué se debe realmente el reino del plástico y qué hay detrás de su cadena de montaje? En esas andaba yo, pensando casi obsesivamente en el plástico, y percatándome de hasta qué punto es difí­cil reducir su uso en la cotidianeidad, cuando me topé con este programa de El escarabajo verde, que me hizo cobrar una dimensión real del mayor problema ambiental que presentan nuestras vidas plastificadas: hemos convertido el mar en un auténtico vertedero. Las corrientes marinas terminan creando verdaderos basureros gigantescos; el mayor de todo, la llamada «sopa de plástico», se encuentra en el Pací­fico. Pero la basura llega a todas partes, y el litoral español no es una excepción.

Aunque ya lo sabemos todos, pareciera que se nos olvida: el plástico tarda cientos de años en ser absorbido por el medio ambiente. Un grupo de vecinos de la isla de Lanzarote se dieron cuenta y fundaron un movimiento que nos recuerda que, por mucho que nos esforcemos por mantener limpio el litoral, no avanzaremos si no resolvemos el problema de raí­z; de hecho, los cientí­ficos ya han advertido de que las sopas de plástico en los océanos seguirán aumentando los próximos siglos. Y, como esa contaminación permanece más oculta que la del aire, seguimos mirando hacia otro lado, sin entender que un mar saludable es absolutamente imprescindible para asegurar nuestra subsistencia. Soberbio, ignorante ser humano…

No se trata ni de limpiar ni de reciclar, aunque ambas cosas sean necesarias; se trata de reducir drásticamente el consumo de plástico, ese material que se nos ha metido en nuestras vidas no sólo en las bolsas y embalajes: me entero en estos dí­as de que la mayor parte de las cremas dentales que utilizamos tienen un componente plástico -que termina en el mar, claro-. Y anda a saber en cuántos productos más. Primera conclusión: deberí­amos estar prevenidos, porque también hay cada vez más alertas sobre los desconocidos efectos sobre la salud que tienen los productos plásticos.

Pero las consecuencias ambientales del uso y abuso del plástico comienzan mucho antes, con el proceso de exploración, extracción y refinado del petróleo. La extracción tiene graves consecuencias sobre las cuencas hí­dricas y rompe la armoní­a de los ecosistemas. Pero todo esto, para las empresas que extraen el crudo o que venden bolsas de plástico, no son más que externalidades, esto es, factores que no entran en el cómputo de gastos, y por tanto, no importan. Lo que ocurre es que sí­ lo paga alguien: lo pagamos todos, y particularmente, lo pagarán las generaciones futuras, a las que, si no le ponemos freno desde ya, acabaremos por dejarles un gigantesco basurero sin remedio.

Y vuelvo sobre la pregunta inicial: ¿por qué el plástico es tan barato? ¿Cómo es posible que hayamos sustituido los prácticos vidrios retornables por el imperio del plástico de usar y tirar? ¿Por qué, mientras en varios paí­ses del mundo se hacen campañas para disminuir el uso de bolsas de plástico en los hipermercados, se siguen envasando los productos con un plástico encima de otro plástico? ¿Por qué sustituimos el agua del grifo por botellitas cuya fabricación cuesta varios litros de agua por unidad? Botellas que, por cierto, pueden tardar hasta 400 años en descomponerse en el mar…En todo esto pensaba cuando anoche decidí­ convertir mi casa en una zona libre de plásticos. Pronto me di cuenta de que es imposible. El plástico nos rodea por todas partes. Puedo optar por la botella retornable en lugar del plástico, pero no encontraré un champú en otro envase. No hay cómo escaparle al plástico, pero si podemos reducirlo: volver a los envases retornables y al granel, comprar las manzanas en la fruterí­a y no en el hipermercado donde la venden en bandejitas de plástico; escoger las galletas que desperdician menos embalaje. Y por supuesto, huir de las cafeterí­as y establecimientos que colocan tazas y platos de usar y tirar.

Eso, en el nivel micro; más a largo alcance, debemos pelear juntos, hacer presión colectiva como consumidores para que las empresas modifiquen su comportamiento más allá de la apariencia. Ir hacia una economí­a más humana, y por tanto más ecológica; una economí­a donde los costes empresariales no sólo contemplen el costo de extracción, sino también el costo del propio recurso natural y su huella ecológica, que abarca desde las consecuencias medioambientales de la extracción hasta sus posibilidades de absorción limpia y de regeneración del planeta. Obviamente, si contabilizáramos todos estos costes en el precio de los productos, el plástico serí­a tan caro que nos hubiéramos quedado en las sanas costumbres de antaño…

* En Carro de Combate ya estamos pensando en el tema de estudio de nuestra próxima investigación – tras el azúcar que plasmamos en «Amarga Dulzura»– y la cadena de producción del plástico y el reguero de efectos que deja a su paso es uno de los candidatos. Pero serán nuestros mecenas los que tengan la última palabra. ¡Descubre cómo ser uno de ellos y participar aquí­