Una aproximación histórica a la sociedad de consumo (1/3): Individualismo y consumismo

1233248426690_fRetomamos la publicación de la serie de artículos académicos sobre el consumo. A partir de ahora, serán publicados el primer jueves de cada mes. Hoy nos aproximamos al surgimiento de la sociedad de consumo.

 

Consumir es un acto inherente a la vida, humana, animal o vegetal: todos necesitamos consumir para satisfacer nuestras necesidades biológicas, si bien en el caso humano se va mucho más allá de las estrictas necesidades de la supervivencia. Pero, ¿qué es consumir? El Diccionario de la RAE lo define así en sus tres primeras acepciones: “1. Destruir, extinguir. / 2. Utilizar comestibles u otros bienes para satisfacer necesidades o deseos. / 3. Gastar energía o un producto energético”. La primera acepción viene dada por el origen etimológico de la palabra: del latín consumere, que significa “tomar todo”. En principio, tenía una connotación muy restringida: usar algo hasta su extinción (1). El hecho de que ese término haya acabado refiriéndose al modo en que satisfacemos nuestras necesidades da ya cuenta de las estructuras socioeconómicas del sistema capitalista y de las subjetividades que ha producido, pues, si bien un ser humano necesita energía y alimento para sobrevivir, existen otras muchas necesidades que pueden resolverse sin extinguir un objeto.

Entonces, el consumo como lo entendemos hoy en día aparece indisolublemente unido al capitalismo. Y, ¿qué es el capitalismo? Podemos tomar esta amplia definición:

El capitalismo es un sistema económico basado en el mercado, la propiedad privada, la competencia entre los agentes […], que buscan maximizar su capital en el menor tiempo posible, teniendo al Estado como instrumento al servicio de la reproducción el capital y al mercado de mano de obra como el principal medio de sometimiento de clase […]. El capital es un proceso, no una cosa. Es un proceso de circulación en el cual el capital se utiliza para crear más capital a través de la explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza. Pero el capitalismo no es sólo un sistema económico, es también una organización social alrededor de la reproducción del capital. La sociedad pasó de ser “con mercado” a “de mercado”. (Fernández Durán y González Reyes, 2014: 158).

Nos interesa especialmente la idea de que el capitalismo es mucho más que un sistema económico: organiza la vida política, social y cultural y condiciona las subjetividades. Una “gran transformación” (2) que revolucionó el modo en que las sociedades satisfacían sus necesidades, es decir, de los modos de consumir.

Durante la inmensa parte de la historia humana, el consumo era sólo de subsistencia y, si existía más allá de las necesidades básicas, estaba reservado a las elites. Sólo en el siglo XX, en aquellas partes del mundo que dieron en llamarse “desarrolladas”, se impuso el consumo de masas. Se consolidaba así un proceso en marcha desde los orígenes mismos del capitalismo: la satisfacción de las necesidades de todo tipo aparece ligada a la adquisición individual de mercancías. Hasta entonces, la gestión colectiva de los bienes comunes había sido la norma; en las sociedades de consumo capitalistas, serán, cada vez más, una excepción. El consumo se vuelve individualista como las propias sociedades capitalistas. (3)

Como indica Lipovetsky (1983), el proceso no ha sido de un día para otro, aunque se ha ido acelerando con el paso del tiempo. La transición hacia el capitalismo duró al menos tres siglos (desde sus orígenes a fines del siglo XV (4) hasta su consolidación con la Revolución Industrial) y requirió de profundas transformaciones de la vida social, desde los roles de género hasta el mismo significado del tiempo (5) y del trabajo (Fernández Durán y González Reyes, 2014; Federici, 2010). Tal vez el cambio más revolucionario que se produjo fue la proletarización de la masa campesina, que, una vez cercadas las tierras comunales (6), se vieron despojadas de los medios de producción. Esto permitió que, progresivamente, la figura del productor se viera cada vez más desligada de la del consumidor. Producción y consumo, que antes eran las dos caras de la misma moneda, se alejaban. Marx lo llamó el fetichismo de la mercancía: se refería al hecho de que la mercancía invisibiliza las relaciones humanas que existen detrás de un bien o servicio.

Y sin embargo, aunque no lo veamos cuando compramos en el supermercado, detrás del consumo siempre están los productores. La mercancía oculta esas relaciones de producción que se dieron en las etapas de extracción de la materia prima, fabricación, transporte y comercialización. Uno de los objetivos principales de la Economía Social y Solidaria es visibilizar esas estructuras y relaciones de producción para interpelar al consumidor a que piense en cómo llegó a sus manos ese objeto que descansa, con tan inocente apariencia, en la góndola de una gran superficie.

 

Notas

(1) El sentido del término era tan peyorativo que se utilizaba para denominar una de las enfermedades más mortíferas conocidas en la antigüedad, la tuberculosis (Rifkin, 1995).

(2) Esa expresión dio nombre a la obra más célebre de Karl Polanyi: La gran transformación, un análisis de los cambios de amplio espectro que supuso la imposición del capitalismo. Polanyi critica la noción moderna de economía y cuestiona que ésta se haya intentado separa del resto del sistema social.

(3) Fernández Durán y González Reyes (2014) relacionan la aparición de subjetividades individualistas con el desarrollo de sociedades dominadoras (desiguales, patriarcales y guerreras), que irían evolucionando hasta llegar al capitalismo.

(4) Max Weber, en su conocido ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905), ligó el desarrollo del capitalismo al espíritu emprendedor a las sociedades calvinistas, más trabajadoras y ahorradores que las católicas, quienes además no compartían la aversión por el enriquecimiento del cristianismo tradicional. Esta mentalidad permitió el desarrollo de la figura del empresario, que arriesgaba capital con el objetivo de obtener un beneficio económico, que más adelante permitiría la existencia de capitales necesarios para dar alas a la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX.

(5) Para una reflexión sobre el tiempo en el capitalismo, véase Nazaret Castro, “La revolución del tiempo”, en el blog de Carro de Combate: https://www.carrodecombate.com/2015/01/30/la-revolucin-del-tiempo/.

(6) Carlos Marx lo llamó los “cercamientos”, que comenzaron en la Inglaterra del siglo XVI. Formó parte del proceso que Marx denominó de “acumulación originaria”, que, junto a la conquista y saqueo de América y a la apropiación del trabajo femenino volcado en el cuidado (Federici, 2010), posibilitó el desarrollo del capitalismo.

Bibliografía
Federici, Silvia, (2010) Calibán y la Bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Buenos Aires, Tinta Limón.
Fernández Durán, Ramón, y González Reyes, Luis (2014) En la espiral de la energía. Historia de la humanidad desde el papel de la energía (pero no sólo). 2 volúmenes. Madrid, Ecologistas en Acción.
Lipovetsky, Gilles (1983) La era del vacío, París, Collection Les Essais (n° 225), Gallimard.