Una introducción histórica a la sociedad de consumo (3/3). La revolución neoliberal: el neocapitalismo del consumo

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La transmutación del capitalismo a partir de los años 70 tuvo profundas consecuencias psicosociales. Los años 80 y 90 asistimos al triunfo de la ideología neoliberal. Eso supone el fin del modo de producción fordista, pero también de las políticas keynesianas que, desde los años 30, se habían consolidado en los llamados países “desarrollados” -dejamos para otro día una reflexión sobre qué es eso del desarrollo- para neutralizar los efectos no deseados del mercado capitalista. El triunfo del neoliberalismo es el triunfo del mercado totalitario, donde no rige la ley de la competencia perfecta, sino la ley del más fuerte. Pez grande se come al chico. Treinta años después, las “desregulaciones” de los gobiernos de orientación neoliberal dejaron como resultado mercados oligopólicos en sectores tan estratégicos como la alimentación o la energía. En el Norte y en el Sur global, los neoliberales imponen su recetario: privatización de empresas públicas, desregulación de los mercados financieros y reducción del gasto público. La consecuencia no se hizo esperar en forma de un aumento obsceno de la desigualdad social: en 2014, el 1% de la humanidad acumulaba el 48% de la riqueza global.

Progresivamente, el primitivo capitalismo de producción se transformó en un neocapitalismo de consumo en el que lo simbólico gana cada vez más importancia. El diseño y el marketing aportan el valor agregado al producto, y de ahí que el resto de la cadena de producción, la menos rentable, se vaya tercerizando, al tiempo que se deslocaliza hacia países con costes de producción más baratos, se trate de las maquilas mexicanas o países del Sudeste Asiático que compiten por el salario mínimo más barato; en paralelo, regiones enteras, como América Latina, consolidan ese papel de proveedores de materias primas que adquirieron durante la etapa colonial. Casi todo lo que consumimos se produce muy lejos: desde el textil hasta los alimentos, la inmensa mayoría de los productos que adquirimos hoy son “kilométricos”, esto es, han recorrido miles de kilómetros, por mar o tierra, desde la zona donde se extrajeron los materiales hasta la región donde fueron fabricados, y de ahí, al punto de venta. Ese cambio sustancial en la economía global conlleva multiplicar el transporte, y el resultado nos llega en forma de cambio climático; pero esos costos no se incluyen en el balance de las empresas: son “externalidades negativas” que pagan otros, no las corporaciones multinacionales que se benefician de los procesos de deslocalización, tercerización y subcontratación.

Estas nuevas cadenas de producción globalizadas responden a una estructura de dominación que algunos denominan de neocolonialista y que, desde luego, deja ganadores y perdedores. Los impactos sociales y ambientales del consumo tienen ahora una escala planetaria y esa cadena es cada vez más difícil de trazar. Con la deslocalización, el fetichismo de la mercancía llega a su cénit: las relaciones humanas y con la naturaleza que están por detrás de nuestros actos de consumo han sido invisibilizadas. En paralelo, las tasas de ganancia vuelven a aumentar, y las desigualdades sociales, también, mientras el acceso al crédito se convierte en el modo de sostener los niveles de consumo en un planeta donde los salarios tienden a menguar y el desempleo, a aumentar.

Mientras tanto, la obsolescencia programada se consolida como una norma antes que una excepción, y surge también la “obsolescencia percibida”, esto es, los consumidores tienden a pensar que un objeto queda obsoleto no porque pierda su valor funcional, sino porque dejan de ser “atractivos”. El valor de lo nuevo se impone y así lo fomenta la publicidad. Y la obsolescencia, cada vez más acelerada, junto al crecimiento poblacional y al crecimiento exponencial del consumo, sigue acelerando la huella ecológica hasta un punto insostenible. Lo que en los años 70 era cosa de un puñado de ecologistas, o reivindicación de pueblos originarios considerados “atrasados”, a comienzos del siglo XXI se ha convertido en una realidad incuestionable: el planeta Tierra está en riesgo y ello se debe, fundamentalmente, a la acción humana.

Recuerda que seguimos recaudando fondos para nuestro próximo proyecto de investigación que se centrará en el aceite de palma, una materia prima que esta en uno de cada dos productos de un supermercado. Si nos quieres ayudar a investigar esta industria, puedes hacerlo aquí.

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*Ilustración de cabecera de Carlos Latuff