Carro de Combate cumple cuatro años

El próximo 1 de mayo, una fecha nada casual que conmemora la lucha de los trabajadores y trabajadoras por una vida digna, este Carro de Combate cumple su cuarto año de vida. Parece que fue ayer, y al mismo tiempo a nosotras nos parece mentira que a comienzos del 2012 este proyecto existiera sólo como un sueño, y que desde entonces, hayamos conseguido no sólo sostenernos en el tiempo, sino aumentar nuestro equipo, consolidar el blog y nuestra presencia en las redes sociales, y publicar dos libros: el primero, editado por nosotras mismas, profundizó en la industria del azúcar; el segundo, editado por Clave Intelectual, reunió y amplió el trabajo de meses de investigación acerca de los impactos socioambientales de veinte productos habituales de nuestra cesta de la compra.

Algunas cosas no han cambiado, o han cambiado poco. Nuestra motivación principal sigue siendo entender las estructuras sistémicas que provocan la creciente pauperización de la clase trabajadora y la destrucción acelerada de la naturaleza. Ambas cosas, creemos nosotras, están relacionadas: las empresas transnacionales, hoy en día, tienen la posibilidad de tercerizar y deslocalizar la producción, esto es, se van a extraer materias primas y a producir manufacturas allí donde los costos son  menores, y pueden por tanto acumular más ganancias. Esos costos que ellos no pagan, los afrontan a menudo las poblaciones locales obligadas a sobrevivir con salarios de miseria y en condiciones de mínima seguridad, y los ecosistemas contaminados y destruidos. Si alguien cree que exageramos, que alguien busque en Google los desastres que provocan, por citar sólo un par de ejemplos, la megaminería a cielo abierto en los países andinos o la pesca de arrastre en unos océanos que parecemos empeñados en convertir en un vertedero.

También seguimos convencidas de que para atacar estas estructuras económicas que actúan con la perversión de ese “molino satánico” del que hablaba Karl Polanyi en La gran transformación, el consumo es una herramienta política fundamental. Por eso nos dedicamos a investigar el origen de los productos que consumimos: para revelar ese fetiche de la mercancía del que hablaba Marx; para entender que, detrás de los coloridos embalajes del producto que compramos en el supermercado, hay personas que cultivaron o extrajeron las materias primas, que elaboraron el producto y los embalajes, que lo transportaron de un lugar a otro; y en cada paso de esa cadena, cada vez más kilométrica en una economía subsidiada por el petróleo, es probable que se provocara un daño ambiental que es difícil o imposible cuantificar, pero necesario valorar. El consumo, decimos nosotras, es un acto político, porque a través de nuestras compras cotidianas decidimos si apoyamos a una multinacional denunciada por abusos laborales o a una cooperativa basada en el trabajo autogestionado. Pero, sobre todo, el consumo crítico puede ser una vía para concienciarnos sobre la perversidad del sistema, un puntapié para construir colectivamente alternativas.

Otras cosas sí han cambiado para nosotras en estos cuatro años. Mucha más gente se ha sumado a nuestro Carro de Combate, sea como mecenas o ayudándonos a difundir nuestros contenidos en las redes sociales. Ese apoyo nos permitió el año pasado concebir la investigación más completa hasta el momento: el aceite de palma, ese ingrediente que, sin que la mayoría de nosotros sea consciente de ello, está presente en uno de cada dos productos que adquirimos un día cualquiera en el supermercado. Se nos ocurrió una idea ambiciosa: aprovechando el conocimiento previo que tenemos sobre esas regiones, nuestra compañera Laura viajaría al centro neurálgico de la producción de palma aceitera (Indonesia y Malasia); Nazaret iría a los lugares donde se expande con más fuerza en América Latina (Colombia y Ecuador); y Aurora documentaría los impactos en África (Camerún). La idea, como siempre, pero con más profundidad y rigor que nunca, era explicitar los impactos sociales y ambientales del cultivo de palma y la producción de aceite, para analizar las diferentes aristas de una cuestión que, una vez comenzamos la investigación, entendimos mucho más compleja de lo que parecía en principio.

Mientras publicamos esto, Laura está viajando en Indonesia recogiendo datos para nuestra investigación; Nazaret regresó de Colombia y Ecuador en febrero, y Aurora volvió de Camerún hace escasas semanas. Nuestro plan es presentar los resultados a partir del mes de septiembre. Todo fue posible, como siempre, gracias a vuestra ayuda, durante la campaña que hicimos en Goteo y a través de los mecenazgos; y sin embargo, se nos quedó corto para cubrir los gastos de tantos viajes. Así que, más que nunca, vuestra ayuda es bien recibida. Como bien sabéis, sois, por el momento, la única posibilidad de que podamos seguir investigando el origen de los productos que consumimos; y sois, desde luego, la mejor garantía de que lo hagamos con absoluta independencia.

Cuatro años después de nuestro primer post, seguimos dispuestas a aportar nuestro granito de arena para visibilizar los impactos socioambientales del consumo, haciendo una apuesta en firme por el periodismo de investigación independiente (valga la redundancia; porque no hay periodismo de investigación digno de ese nombre que no sea independiente, y porque ya es mala señal que haya que ponerle al periodismo esa coletilla). Gracias a todas y todos por haber hecho todo esto posible.

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