El ‘eco-guerrero’ en Indonesia que tumba plantaciones de aceite de palma para recuperar la selva perdida

La mayor parte de las colinas del distrito de Aceh Tamiang, en la isla Indonesia de Sumatra, están cubiertas por un solo árbol, la palma aceitera que se ha extendido como una plaga por lo que antes eran frondosas selvas tropicales. Sin embargo, una de las colinas aparece prácticamente desnuda, moteada con los tocos de lo que fueron antiguas palmeras. En uno de los laterales, los árboles aún caen a un ritmo acompasado, uno cada pocos segundos, los que el activista Rudi Putra y su equipo tardan en diseccionar con sus sierras cada uno de los macizos troncos.

Con un 45% de la producción mundial, Indonesia es el primer país productor de aceite de palma, una versátil grasa que proporciona un tercio del total de aceites vegetales consumidos globalmente y que se encuentra en productos alimenticios procesados, pero también en cosméticos o velas. Para dar respuesta a esta insaciable industria, las grandes palmeras se han expandido rápidamente durante las últimas décadas por este archipiélago asiático, y hoy cubren cerca de 11 millones de hectáreas, concentradas en la isla de Sumatra y, cada vez más, en Kalimantan (el nombre que recibe la parte indonesia de Borneo) y Papua.

Su principal víctima han sido, sin embargo, los bosques tropicales que naturalmente cubrían esta región y, con ellos, muchas de las especies únicas que habitan en ellos, como orangutanes, tigres o elefantes asiáticos. Así, según un estudio realizado por el Instituto de Tecnología de Zurich (ETH Zurich) basándose en datos de FAO, al menos el 56 por ciento de la extensión de aceite de palma plantada en Indonesia entre 1990 y 2005 supuso la conversión de suelo de bosque tropical. En el caso de Langsa, la expansión se ha dado además a expensas de lugares supuestamente protegidos por ley, ya que forman parte del ecosistema Leuser, uno de los espacios naturales más diversos del mundo reconocido por la UNESCO y uno de los pocos hábitats naturales de orangutanes o elefantes de Sumatra.

Armado con su sierra y las leyes de la mano, Rudi Putra ha empezado, sin embargo, a poner freno a esta expansión que parecía imparable hace tan sólo unos años y a recuperar algunos de los espacios naturales perdidos que habían sido tomados de forma ilegal por las grandes empresas. “Les decimos que su plantación es ilegal y que la policía puede arrestarlos. Así que el 90 por ciento de ellos libera el suelo ilegal y se lo da al gobierno”, explica Rudi Putra. “Cuando tenemos el terreno asegurado, cortamos todas las palmeras y empieza la recuperación del bosque”, explica.

La operación no siempre es sencilla porque, aunque la ley prohíbe las plantaciones en esas colinas, las empresas se han servido de los aldeanos para abrir el terreno prometiendoles suculentos beneficios si plantaban aceite de palma, explica Rudi Putra. Una vez que los campesinos han destruido ilegalmente el bosque, las empresas les compran el suelo y obtienen un papel que intentan utilizar para justificar su propiedad.

Las autoridades, sin embargo, no siempre están del lado de los activistas, en un país que ha ido avanzando progresivamente hacia la descentralización desde principios de siglo y donde la red de intereses entre los viejos y los nuevos poderes es compleja. Así, el pasado mes de noviembre, un tribunal desestimó una demanda interpuesta por varias ciudadanos de la provincia de Aceh contra los planes de desarrollo del gobierno local de permitir concesiones para plantaciones de aceite de palma, papel y minas dentro del ecosistema Leuser. “La democracia en Indonesia existe en el papel, pero no tiene substancia. Los procedimientos están establecidos pero no hay una democracia real”, asegura Haprizal Rozi, un activista pro-democracia de la región. “En la práctica, el gobierno siempre da la concesión sin mirar por las consecuencias medioambientales”.

Una promesa que se vuelve contra ellos

En la plantación de Kencana Semesta, buena parte de los terrenos también aparecen desnudos, como las colinas de Langsa. Sin embargo, no ha sido Rudi Putra ni nadie de su equipo quienes los han limpiado, sino los habitantes originales de los terrenos: los elefantes que solían poblar la zona antes de que llegara el aceite de palma. En sus años de bonanza, entre 1995, cuando se fundó la plantación, y 2005, las palmas de frutos rojos cubrían casi 7000 hectáreas de terreno, explica Hasanudin, el encargado de la plantación.

Hoy sólo 400 hectáreas quedan en pie. Las otras más de 6000 han sucumbido a la voracidad de los elefantes que, privados de sus espacios naturales, se han refugiado en las hojas del aceite de palma como única comida. Todos los intentos de Hasanudin y su equipo por evitar que los elefantes entren en las plantaciones han sido en vano. “Hemos intentado poner todo tipo de barreras. Han sido capaces incluso de derribar árboles para poder traspasar el canal que habíamos hecho”, explica el encargado. “Los elefantes son muy inteligentes. Siempre encuentran maneras de evitar las barreras”, asegura Rudi Putra.

 

Como en tantos otros lugares de Indonesia, el aceite de palma se extendió con una promesa de riqueza para muchas de las comunidades pobres que muchas veces se ha vuelto contra ellos. “Cuando se abrió la plantación, se prometió que se crearían trabajos. Pero las expectativas no se han mantenido, porque no se puede plantar”, explica Hasanudin. Ahora la empresa sólo da empleo a 60 personas de forma permanente y otras 20 de forma ocasional, frente a los 600 puestos de trabajo que debería proporcionar si todas las hectáreas estuvieran activas.

Pero la plantación no es la única que está perdiendo la batalla. Impotentes ante la destrucción causada por los elefantes, trabajadores y pequeños propietarios también afectados llevan años envenenando a los elefantes de Sumatra, a pesar de estar considerados por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza como una especie en peligro crítico de extinción. “El problema con los elefantes es muy frustrante. Perdemos mucho dinero y los elefantes mueren. Todo el mundo pierde”, asegura Hasanudin.

Para Rudi Putra, la solución es sencilla: recuperar parte de la selva perdida para que los elefantes no necesiten entrar en las plantaciones a buscar comida. “Tenemos pruebas de que en tan sólo 5 años el bosque vuelve y también la fauna vuelve”, asegura el activista. Algo que ya ha puesto en práctica en unas 2000 hectáreas en la zona de Aceh Tamiang, donde la vegetación empieza a ser exuberante de nuevo.En Kencana Semasta, la plantación, junto con otras cuatro, han cedido 3600 hectáreas de plantaciones de aceite de palma, en este caso legales, para ser restauradas, mientras que otras 2000 hectáreas de terreno ilegal acaban de ser desmanteladas. Rudi Putra sueña con volver a ver la Aceh Tamiang de su infancia, rodeada de selva, y está trabajando en proteger más de 700.000 hectáreas para asegurar la supervivencia de elefantes, orangutanes, rinocerontes y tigres, entre otros.

Un sueño que poco a poco se va haciendo realidad en las laderas de Aceh Tamiang, pero que se ve amenazado cada día por el incremento en la demanda de aceite de palma. “La gente tiene que entender que cuanto más aceite de palma comen, [más] están destruyendo los bosques aquí”, dice el activista. “No estamos en contra del aceite de palma en si, pero las selvas aquí no pueden sobrevivir a la enorme escala de la industria”.