‘Y ahora yo qué hago’. Reflexiones y pistas para actuar ante el cambio climático

‘Y ahora yo qué hago’, el libro de Andreu Escrivá, nos invita a reflexionar y comenzar a dar pasos concretos sin sentir el peso de “la culpa climática”. Editado por @Capitan Swing.

“Y ahora yo qué hago”. Es la pregunta que se hará cualquiera que comience a interesarse por los efectos que tendrá el cambio climático. Y la pregunta a la que intenta dar respuesta el investigador Andreu Escrivà en el ensayo que lleva ese mismo nombre y que nos invita a “Evitar la culpa climática y pasar a la acción”. No es una respuesta fácil, está claro, pero Escrivá ha compuesto un texto ameno y entendible para cualquiera en el que evita los grandes números (personalmente, yo he echado de menos más datos concretos) y los futuribles y nos invita a reflexionar sobre lo que sí podemos hacer. 

Utilizando paralelismos y ejemplos muy gráficos, el autor da cuenta no sólo de la gravedad del problema sino también de la urgencia con la que debemos afrontarlo: no cabe esperar avances tecnológicos milagrosos que resuelvan el problema en el futuro porque el problema ya está aquí. Uno de esos ejemplos viene a comparar el planeta con un cazo de agua hirviendo. Cuando lo ponemos a calentar, el agua va cogiendo temperatura muy poco a poco, aunque subamos el fuego al máximo. Además, se calienta pero sigue básicamente igual: es líquida. Hasta que llega un punto concreto en el que, si nos despistamos un momento, el agua rompe a hervir y comienza a evaporarse. Sólo ha subido dos grados más, pero entre los 99 y los 101 grados, nuestro agua ha dejado de ser líquida para convertirse en vapor. Es el concepto de umbral: una vez sobrepasado cierto límite, ya no hay marcha atrás. Y estamos muy cerca de ese límite. En este punto, el autor exculpa a la sociedad, entendida como personas individuales, del cambio climático: «tú no eres culpable», dice,  aunque sí le achaca «una pequeña parcela de responsabilidad». Además, quizás con la intención de tranquilizar al lector y evitar el «exceso de imágenes negativas», añade que «el planeta seguirá igual aunque acabemos transitando por el peor de los escenarios climáticos posibles», que «no hay ni la más remota posibilidad de que la especie humana se extinga por el cambio climático»  y que «lo que sí puede desaparecer es el bienestar, la cultura, ciudades, paisajes y cultivos». Una visión que me parece demasiado benigna, pues si bien es cierto que quizás no desaparezca la humanidad, sí se está poniendo en peligro directamente la vida de millones de personas en todo el mundo, la de las poblaciones más vulnerables, situadas en las regiones climáticas más duras, que no podrán sobrevivir al aumento de dos grados más del planeta.  

 

Cómo estamos comunicando el cambio climático

El libro nos lleva a reflexionar también sobre cómo se está comunicando el cambio climático y en qué aspectos se pone más énfasis¿De verdad supone tanto esfuerzo económico frenar el cambio climático? ¿Cuál es el coste de la “no acción”? ¿Por qué desde los gobiernos se pone el foco en algunas acciones, como cambiar las bombillas o separar la basura, y no en otras que podrían ser mucho más efectivas, como una disminución del consumo de carne o la reducción de nuestros vuelos?.

Algunas pistas 

Tal y como avisa desde el principio, el libro no ofrece soluciones mágicas (aunque al final comparte una lista de propuestas para “impulsar la acción climática”), pero sí desliza algunas pistas interesantes para empezar a actuar:

  • Tener cuidado con lo que llama las “fortificaciones”, un concepto interesante con el que se refiere a esas pequeñas acciones que ponemos en marcha y que, aún siendo positivas, van en realidad encaminadas a hacernos sentir bien permitiéndonos continuar con nuestro estilo de vida sin cambiar lo esencial.
  • Ir más despacio, no más deprisa, a pesar de que estemos en una emergencia. Disponer y disfrutar del tiempo para “no hacer nada”, para dormir y presumir de ello, para cocinar, para cambiar nuestros viajes en avión por otros medios de transporte; para que la sostenibilidad no sea sólo una moda pasajera, sino una realidad. 
  • Poner el cambio climático en el centro de nuestras conversaciones -sin obsesionarnos ni juzgar a los demás- y crear un discurso que nos ayude a cambiar la visión de las cosas: por ejemplo, la austeridad como relato positivo; la cooperación antes que la competición, el buen vivir como objetivo… 
  • No reducir la acción a  iniciativas individuales: convertirlo en una “acción colectiva”, unirse a otras personas, crear espacios y redes vecinales y locales, hablar, construir y exigir.