¿De qué hablamos cuando hablamos de transición ecológica?

Imagen de Peter Dargatz en Pixabay

Se habla a menudo de transición ecológica para referirnos a los procesos que se hacen necesarios, en el contexto actual, para reconducir la actividad humana dentro de unos límites compatibles con el sostenimiento de la vida. Tenemos, incluso, un Ministerio de la Transición Ecológica, lo que dice mucho acerca de la evidencia que, a día de hoy, existe en torno a la necesidad de realizar cambios que garanticen unas condiciones de vida mínimas para las generaciones futuras, así como para las especies no humanas. En este texto, preferimos hablar de “transición ecosocial” o de “transición socioecológica”, para poner en primer plano la dimensión social y política de esta transición. Porque, si nuestra atención se focaliza únicamente en mejorar ciertos indicadores como el de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), entonces podríamos vivir una transición que profundizase las desigualdades y la precariedad laboral. Por eso, los sindicatos y los movimientos por la justicia ambiental hablan de “transición justa”.

Hacer nuestra economía sostenible implica profundos cambios en el orden social, que afectan –para mal, pero también para bien- nuestras vidas cotidianas, nuestra forma de trabajar, de movernos, de divertirnos, de relacionarnos, de consumir; de vivir, en suma. Y, en el marco de una economía capitalista, en la que sus actores protagonistas –las empresas, especialmente las grandes corporaciones multinacionales- no tienen más finalidad que la maximización del lucro, la tentación permanente es “cambiar algo para que nada cambie”: sostener el funcionamiento del capitalismo, con la esperanza de que algún retoque calme a la opinión pública y a la comunidad científica, que desde hace años viene alertando de las consecuencias inmediatas que puede tener nuestro sistema económico abocado al despilfarro de energía y materiales. Le decimos greenwashing cuando identificamos estrategias de publicidad y marketing encaminadas a hacerle un “lavado verde” a las marcas –aun cuando se encuentren entre las más contaminantes, como pueda ser el caso de Iberdrola o Repsol-. Pero es algo más que una estrategia de marketing: representa los esfuerzos de los poderosos para que, finalmente, en el sentido común, cuando hablemos de “sostenibilidad” estemos hablando en realidad de sostener el capitalismo.

Los fondos que vendrán de Bruselas para “rescatar” a las economías de los países miembros en tiempos de pandemia son un buen ejemplo de ello; el informe al respecto de OMAL deja ver que hay más sombras que luces en el diseño de esas partidas. Pero también el Pacto Verde Europeo, así como el Green New Deal en Estados Unidos, parecen pensados para mejorar ciertos indicadores de “sostenibilidad” al tiempo que fortalecen las inercias del actual orden mundial: beneficiar a las grandes empresas en detrimento de los actores pequeños y medianos. Un ejemplo nos lo da Marta Victoria, fundadora del Observatorio Crítico de la Energía: “El Gobierno [de España] planea otorgar subsidios a las renovables, pero esos fondos serán captados por las grandes empresas, porque Iberdrola tienen una capacidad para diseñar proyectos con la que no cuenta una pequeña cooperativa”.

¿Sostenibilidad de la vida, o del capitalismo?

La pregunta sería, ¿es posible garantizar la sostenibilidad de la trama de la vida en nuestro planeta si nos limitamos a modificaciones menores, como pueda ser ‘transicionar’ de los combustibles fósiles a las energías renovables, pero no modificamos nada más? Creemos que no. La transición energética es un buen ejemplo, pues normalmente se incide en la matriz energética –esto es, las fuentes: petróleo, eólica, nuclear…- y por tanto, en la capacidad del sistema para generar una oferta energética; pero se habla poco o nada de la demanda energética. En otras palabras: no basta con mirar la matriz energética, sino que debemos considerar el sistema energético en su conjunto. Y, si esto es así, entonces no basta con pasarnos al coche eléctrico, sino que tenemos que repensar en su conjunto el modo en que nos transportamos, y apostar por el transporte público así como por una descentralización de la actividad económica que limite los desplazamientos. De otro modo, el litio que requieren las baterías de estos nuevos automóviles se nos volverá a quedar corto; por no decir que la extracción de litio tiene también impactos socioambientales severos, como saben bien en Argentina, Bolivia y Chile; y como tal vez deban aprender pronto en Extremadura, cuyas dehesas podrían convertirse en zonas de sacrificio en nombre de esa transición que tan beneficiosa resulta para el poderoso sector del automóvil, pero probablemente no para la ciudadanía en su conjunto.

Una verdadera transición energética, entonces, debería poner sobre la mesa una revisión amplia de nuestro modelo de transporte, pero también del urbanismo y la vivienda, así como del sistema económico en su conjunto, puesto que a día de hoy lo que comemos recorre, de media, seis mil kilómetros antes de llegar a nuestras mesas, y de modo análogo buena parte de lo que consumimos ha sido transportado de una a otra punta del planeta, a veces, varias veces: de la extracción de materiales en América Latina o África hasta el Sudeste asiático para su ensamblaje, de ahí al Norte global para su consumo, y más tarde, de vuelta al Sur para que los desechos acaben en vertederos. Es muchísima energía la que invertimos como sociedades para que cada cosa que consumimos recorra miles de kilómetros, o para que, dado que todo está diseñado para no durar demasiado (obsolescencia programada y percibida), tengamos que comprar nuevas cosas que tienen otros muchos miles de kilómetros en su historial. El sistema económico se dice eficiente, pero es profundamente despilfarrador de energía y materiales; la eficacia la reserva a su único objetivo, que es la acumulación de capital en cada vez menos manos.

Una vida digna de ser vivida

Una verdadera transición ecológica, por tanto, debe abordar los problemas que tenemos en su conjunto, y debe estar dispuesta a emprender cambios de raíz en nuestro sistema económico, que no es sólo económico, sino también y  ante todo un orden social sustentado en una determinada forma de dominación política. Cuidado, entonces, con los cantos de sirena del «ecologismo de los ricos».

Podríamos poner otros muchos ejemplos, que nos llevan al discurso de la economía verde y a la famosa “economía circular”. Nos lo dijo Joan Martínez Alier: la economía no es circular, es entrópica. El decrecimiento es, entonces, la única alternativa viable, si lo que queremos es salvar el planeta. Otra cosa es que de lo que se trate es de salvar el capitalismo. El problema es que, muy probablemente, es imposible salvar ambos; y, si esto es así, difícilmente podremos sortear los enormes desafíos civilizatorios a los que nos enfrentamos sin conflictividad social. Es decir: será necesaria una sociedad en movimiento para que los cambios inevitables generen las transformaciones que necesitamos.

En otras palabras, las de Luis González Reyes en Ctxt: “Para abordar las inevitables transiciones a las que nos aboca el choque con los límites ambientales, las luchas ecologistas y por la justicia social deben unirse y, además, impulsar cambios muy profundos en el orden socioeconómico”. Para González Reyes, el decrecimiento es la única opción realista a estas alturas; pero para ese 99% de la población que no forma parte de los consejos administrativos de las grandes empresas, esos cambios profundos traerán, también, mucho de positivo: “Trabajaríamos menos horas en total, dedicaríamos más a los cuidados no remunerados, menos al empleo (tanto público como privado) y aparecería un campo de trabajo autogestionado no capitalista enmarcado en la economía social y solidaria. Para mí, una vida que merece más ser vivida”.