Hola, ChatGPT, ¿es la nuclear una energía sostenible?

La demanda de electricidad para alimentar a la inteligencia artificial se duplicará de aquí a 2030. Y para poder hacerlo, el sector ha recurrido a un nuevo aliado: las centrales atómicas

Este artículo es parte del dossier especial sobre energía que publicamos en el Anuario de Consumo Crítico 2025/26. Si quieres leer todo el Anuario, puedes conseguir aquí tu copia física o digital. Y para ayudarnos a seguir haciendo este trabajo, puedes hacerte mecenas aquí. Te enviaremos también una copia del Anuario

Por Juan F. Samaniego

El 12 de julio de 2016, Facebook hizo pública la cantidad de gases de efecto invernadero que emitía con toda su actividad en 12 meses: 860.000 toneladas de dióxido de carbono. Menos de cinco años después, anunciaba que las había reducido en más de un 90%, compensando el resto con créditos de carbono. Han pasado otros cinco y el camino de la sostenibilidad y la lucha contra el cambio climático ya no está tan claro. Los vientos políticos han virado en Estados Unidos (y otras partes del planeta) y la inteligencia artificial (IA) ha trastocado los planes de Facebook y del resto de grandes empresas tecnológicas.

El consumo de energía asociado a los centros de datos que hacen posible que las máquinas piensen no ha dejado de crecer en los últimos años. De acuerdo con la Agencia Internacional de la Energía, la necesidad de electricidad de la IA se duplicará de aquí a 2030, llegando a consumir tanto en un año como todo Japón. Hacerlo de forma limpia, sin seguir alimentando la crisis climática, y manteniendo un modelo de crecimiento económico infinito se antoja complicado (sino imposible), por lo que las tecnológicas han recurrido a una nueva aliada: la energía nuclear.

En el último año, Meta (la matriz de Facebook), Alphabet (Google), Amazon y Microsoft han firmado acuerdos tanto para comprar energía baja en emisiones producida por centrales nucleares como para impulsar nuevos proyectos en este sentido. Las alianzas van desde la apuesta de Google por los nuevos reactores modulares, más pequeños, pero todavía en desarrollo, hasta la inversión de Microsoft para reabrir el reactor 1 de Three Mile Island, la central de Pensilvania que en 1979 sufrió el peor accidente nuclear de la historia de Estados Unidos (aunque el reactor involucrado no forma parte del acuerdo de reapertura de la central).

Los planes de las tecnológicas alimentan un debate que no ha dejado de crecer en el último año: ante la necesidad de producir energía sin emitir gases de efecto invernadero, ¿debemos apostar por la nuclear? La discusión, atrapada entre el pragmatismo científico y el rechazo de una buena parte de la sociedad, también toma forma política. Mientras la Unión Europea incluyó hace tres años a la nuclear en la taxonomía que estipula qué energías son aptas para recibir inversiones verdes y cuáles no, el Gobierno de España mantiene el calendario de cierre ordenado de las centrales nucleares del país hasta 2035. 

¿Es la nuclear limpia, sí o no?

La transición energética, al menos tal como se ha planteado desde el mundo rico, busca salvaguardar el sistema económico cambiando las fuentes de energía asociadas al cambio climático por otras que no lo están. Es decir, seguir consumiendo y creciendo como hasta ahora, pero, en lugar de hacerlo a costa de quemar petróleo, conseguirlo con electricidad producida por el viento, el sol o las mareas. Bajo este enfoque, todo lo que suponga reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, sean cuales sean sus otros impactos, es positivo. Y ahí es donde encaja la decisión de la UE sobre la nuclear.

“El sector nuclear puede decir que, por megavatio de electricidad producido, tiene emisiones mucho más bajas que la mayoría de fuentes de energía”, señala Antonio Turiel, físico teórico, investigador del Instituto de Ciencias del Mar del CSIC y una de las caras más visibles del decrecimiento en España. “Pero es que hay muchas otras consideraciones ambientales. Por ejemplo, está la contaminación tanto de los elementos radiactivos como de los derivados químicos de la minería del uranio o el problema de la contención de los residuos nucleares durante miles de años”.

Más allá de que solo pueda considerarse una energía limpia atendiendo a las emisiones (tal como recogen los últimos informes del panel de expertos de cambio climático de la ONU, el IPCC), la nuclear tiene otro problema con su sostenibilidad: depende de un combustible que no es renovable y que hay que extraer de la tierra. Tres países (Kazajistán, Canadá y Australia) concentran el 75% de la producción global de uranio, que se ha mantenido estable en la última década, según datos de la Asociación Nuclear Mundial. El agotamiento de estos recursos no es inminente (a los costes de extracción y al ritmo de consumo actual, quedaría uranio para varias décadas más), pero es difícil obtener datos certeros, ya que los países no son transparentes y las tensiones geopolíticas por controlar el recurso son cada vez mayores.

“El uranio es un mineral con muy poca concentración en la corteza terrestre, por lo que para extraerlo se usan métodos como el lixiviado, que utiliza químicos para recuperar el mineral en un proceso que genera balsas de agua contaminada que suponen un riesgo ambiental importante”, señala Íñigo Capellán, investigador del Grupo de energía, economía y dinámica de sistemas de la Universidad de Valladolid. “Además, a medida que el uranio escasee va a costar muchísima más energía y muchísimos más recursos obtenerlo. Es decir, la sostenibilidad tiene muchas dimensiones y hay que analizarlas todas, no solo las que estén de moda o las que interesen más a un determinado sector”.

Los argumentos a favor de etiquetar la nuclear como verde están también claros: bajas emisiones, alta densidad energética (permite concentrar la producción de mucha energía) y estabilidad en el suministro (al no depender del sol o el viento, puede ser un buen complemento para las renovables). “Tenemos una fuente de energía que trabaja 8.000 horas al año, sin parar, y tenemos un problema enorme llamado cambio climático. A mí me parece que, si disponemos de una fuente de energía que produce más del 20% de la electricidad que consume España sin emitir dióxido de carbono, hay que aprovecharla”, explica Amparo Soler, ingeniera industrial y presidenta de Women in Nuclear Spain.

Vivir al lado de una central

En 2019, las compañías eléctricas propietarias de las centrales nucleares que todavía están operativas en España aceptaron y firmaron un protocolo de cierre de las instalaciones entre 2027 y 2035. La primera en hacerlo será la de Almaraz, en la provincia de Cáceres, que dejará de funcionar entre noviembre de 2027 y octubre de 2028, si nada cambia y se cumplen los plazos recogidos en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) 2021-2030. Para una parte importante de la población que vive cerca de la central, eso no son buenas noticias.

“El cierre representaría la pérdida de empleo para casi 4.000 familias en Extremadura y la pérdida de más del 5% del PIB de la comunidad”, explican desde Sí a Almaraz, Sí al futuro, una plataforma que agrupa a habitantes, ayuntamientos y otras entidades de los municipios cercanos a la planta. “A día de hoy no existe ninguna alternativa sobre la mesa para paliar el impacto económico y social del cierre de Almaraz”. Un sondeo elaborado por Metroscopia en abril de 2025 señaló que ocho de cada diez extremeños rechazan el cierre. La opinión es mayoritaria, aunque con diferencias, entre todas las afinidades políticas.

Sin embargo, lejos de Almaraz, la cosa cambia. Solo uno de cada tres españoles cree seguro vivir cerca de una central nuclear, según un estudio del Consejo de Seguridad Nuclear de 2015. Además, cuando se llevó a cabo el proceso para crear un almacén centralizado para los residuos radiactivos de alta actividad en Villar de Cañas (Cuenca), la oposición de buena parte de los vecinos y las administraciones locales acabó por frenar el proyecto. Y es que las cuestiones sociales siguen ocupando un papel central en cualquier debate alrededor de la nuclear.

“La nuclear es una energía muy estigmatizada por diferentes razones. Nació con un fin bélico, por lo que está asociada a destrucción. Chernobyl y Fukushima tampoco han ayudado a reducir la apreciación del riesgo. Pero, sobre todo, creo que la industria nuclear ha mantenido un perfil muy bajo de comunicación. No se ha explicado bien y es una energía especialmente difícil de comunicar”, señala Amparo Soler. “Hay otras tecnologías con un impacto muchísimo más negativo a nivel ambiental, social y de riesgos, como el gas, que tienen una imagen mucho más positiva”.

Varios estudios han concluido que vivir cerca de una central o un almacén con las medidas de seguridad adecuadas no tiene impactos en la salud, mientras otros sí han encontrado relación con el incremento de ciertos tipos de cánceres. Aún así, en líneas generales, la nuclear es una de las tecnologías energéticas que menos muertes causa por unidad de energía producida, al nivel de la eólica y la fotovoltaica y muy por debajo del carbón, el petróleo y el gas.

En el debate social influye también la polarización a nivel político. Las posturas están claramente definidas (al menos, en España), con una parte mayoritaria del espectro ideológico de izquierdas contraria a seguir apostando por la nuclear y una mayoría de las derechas a favor. En esta discusión entró de lleno la Unión Europea en 2022, cuando acordó etiquetar la nuclear como energía sostenible en la taxonomía verde de la UE, un documento para que inversores y empresas puedan diferenciar qué proyectos afectan negativamente al clima y al medioambiente.

“La Unión Europea considera la energía nuclear como limpia, dado que no emite dióxido de carbono a la atmósfera, el principal causante del cambio climático. La central de Almaraz evita la emisión de seis millones de toneladas de CO2 al año”, subrayan desde la plataforma Sí a Almaraz, Sí al Futuro. “Nosotros seguiremos movilizándonos a todos los niveles para evitar una decisión que traería consecuencias catastróficas para el entorno local, para la comunidad extremeña, para España y para Europa”.

¿Y si el debate no fuese climático?

Las centrales nucleares producen alrededor del 9% de la electricidad que se consume en el mundo, según datos de la Asociación Nuclear Mundial. Pero, si tenemos en cuenta las necesidades energéticas totales (incluyendo el transporte o el calor), la nuclear suministra algo menos del 4%. “El aparente resurgir de la nuclear a nivel global está alimentado por la desesperación. Nos estamos quedando sin energía”, sostiene Turiel. “Estamos en una fase de declive del petróleo  y del gas y hay desesperación por encontrar fuentes de energía alternativas. Durante un tiempo se pensó que la transición a las renovables sería suficiente, pero reemplazar la autonomía que nos dan los combustibles líquidos ha resultado imposible”.

El debate sobre qué hacer con nuestro consumo energético no está, realmente, sobre la mesa. Entre las posturas decrecentistas, que abogan por reducir el consumo y adaptarnos a vivir dentro de los límites planetarios (como hemos hecho casi siempre, salvo en los 200 años en los que los combustibles fósiles nos han permitido saltarnos las reglas del juego), a las posturas más tecnooptimistas, que confían en encontrar soluciones innovadoras y tecnológicas para no tener que cambiar demasiado el sistema, hay un gran abanico de ideas.

“El aumento del consumo de energía es imparable, va de la mano de la riqueza de un país”, sostiene Amparo Soler. “El crecimiento de países como China, India, Vietnam o buena parte de Sudamérica no puede hacerse con carbón o con petróleo. Tenemos que dar el salto a otras fuentes de energía competitivas y poco contaminantes. Y en los países más desarrollados el debate también existe, porque el consumo va a seguir aumentando, en particular, por las demandas de los centros de datos y de la inteligencia artificial”.

“Todas las tecnologías energéticas tienen impactos. Creo que el debate que tenemos que abrir es el de qué necesidades queremos cubrir y después ya veremos cómo las suplimos. Vivimos en un sistema basado en el crecimiento, un sistema que se vuelve inestable si no crece cada año. Y esto está generando un montón de problemas. La lógica del sistema es absurda, sobre todo, teniendo en cuenta los niveles de bienestar alcanzados en algunos países y las grandes desigualdades existentes”, concluye Íñigo Capellán.

El enfoque de los límites planetarios, desarrollado durante los últimos 15 años, sostiene que existen nueve grandes procesos que mantienen la Tierra dentro de las condiciones de estabilidad y seguridad en las que el ser humano (y muchas otras especies) ha prosperado en los últimos miles de años. El cambio climático es solo uno de los siete límites que ya hemos superado, junto al de la contaminación, la destrucción de la biodiversidad, la degradación del suelo o la acidificación del océano.

De fondo, siempre aparece la misma causa: un sistema económico que ignora estos diques de contención y el funcionamiento de la maquinaria planetaria que nos ha permitido llegar hasta aquí. Ante este escenario, ¿el debate de si algo es verde o no es el debate que deberíamos estar teniendo? Y no vale preguntarle a ChatGPT.

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