La paradoja de los minerales críticos: Europa entre la urgencia y la autonomía

La UE plantea ambiciosos planes para cubrir sus necesidades de materiales estratégicos para la transición energética de forma autónoma. La distancia entre el papel y la práctica parece insalvable, aunque es un paso en la dirección correcta

Este artículo es parte del dossier especial sobre energía que publicamos en el Anuario de Consumo Crítico 2025/26. Si quieres leer todo el Anuario, puedes conseguir aquí tu copia física o digital. Y para ayudarnos a seguir haciendo este trabajo, puedes hacerte mecenas aquí. Te enviaremos también una copia del Anuario

Por Irene Baños

A finales de 2024, más de 6.000 personas marcharon pancarta en mano por las calles de Cáceres, en Extremadura, para oponerse a la apertura de una mina de litio a apenas dos kilómetros del casco urbano y del hospital universitario. “No queremos una transición energética que nos meta en otro problema dentro de 20 años”, explica un portavoz de la plataforma Salvemos la Montaña de Cáceres. Teme el impacto ambiental y de salud para la población y un legado de residuos sin gestión. “Estamos cansados de que la normativa se retuerza y flexibilice en beneficio de empresas privadas”, añade. Este conflicto local refleja la paradoja de la Unión Europea: la urgencia por acelerar la transición energética choca con la falta de autonomía en minerales esenciales.

Materias primas como el litio, el cobalto, el níquel y las tierras raras marcan el ritmo de la producción de baterías de coches eléctricos, turbinas eólicas y paneles solares. Sin embargo, en la carrera contrarreloj para alejarse del uso de combustibles fósiles, principal causa de la crisis climática, y para salir a flote en términos geopolíticos, Europa tropieza con la zancadilla de China. El gigante asiático es líder indiscutible en extracción y procesamiento de estos materiales, gracias a sus ricos yacimientos, su estratégica inversión en tecnologías punteras y sus laxas regulaciones ambientales y laborales. 

En un esfuerzo por sacar músculo, la UE adoptó en marzo de 2024 la Ley de Materias Primas Fundamentales (CRMA, por sus siglas en inglés). El plan establece, para 2030, extraer de suelo europeo el 10 % del consumo anual de materias primas críticas, procesar el 40% y reciclar el 25%. Además, pretende no depender en más del 65 % de un solo tercer país para cada material y etapa. Para ello, Bruselas anunció en marzo de 2025 los 47 proyectos estratégicos seleccionados en 13 países, de los que siete se encuentran en España, principalmente en Extremadura y Andalucía. 

Un acuerdo en papel mojado, concuerdan las voces expertas, con quórum en que Europa llega demasiado tarde para ese nivel de ambición. «La intención de reducir la dependencia de otras regiones en un contexto de fragmentación geopolítica es buena, pero la meta del 10% de extracción podría ser contraproducente e incluso peligrosa en algunos casos», señala Romain Svartzman, economista e investigador del Instituto de Políticas Europeas de la Universidad Bocconi (IEP@BU). “Si aceleramos el proceso, puede terminar siendo a costa del medioambiente o de las poblaciones locales”, advierte. 

Mucho bombo y poco platillo: una independencia ilusoria

Europa ha identificado 34 materias primas fundamentales, de las cuales 17 se consideran estratégicas; es decir, materiales clave para la economía europea de los próximos años cuyo suministro está en riesgo. En la fase de extracción de los minerales críticos, el primer paso del proceso, destaca la actividad minera de España, Grecia y los países escandinavos, que suman más del 0,5% de la cuota global. Aun así, la UE extrae tan solo un 3% de los minerales críticos que consume. Para ciertas materias primas, depende casi por completo de unos pocos países: Turquía suministra el 98% del borato, Sudáfrica el 71% del platino y China el 100% de las tierras raras pesadas. 

La excepcionalidad de estos recursos no deriva tanto de su escasez en la corteza terrestre como de la compleja tarea de su extracción y procesamiento. Los impactos socioambientales y los requerimientos energéticos que conlleva dicha tarea, así como la falta de rentabilidad frente a otras naciones con regulaciones más flexibles, motivó a la UE a cesar su actividad minera hace más de 50 años. Los países del bloque se ven ahora obligados a volver al punto de partida: explorar de nuevo sus propios subsuelos en busca de los materiales que necesitan. “Un proyecto minero tarda entre cinco y 15 años en desarrollarse”, apunta Svartzman. “Aunque Europa tenga minerales en su suelo, es poco probable que estén disponibles antes de 2040, una década después de lo acordado”, asegura.

Para rematar la dificultad del puzzle, gran parte de la financiación y la administración de las explotaciones mineras que se planean en Europa está en manos de compañías extranjeras que, a su vez, cuentan con inversión de capital chino. “Es contradictorio decir que tenemos que sacrificar determinados sitios por la autonomía y que todos los gobiernos le pongan la alfombra roja a las empresas chinas”, cuestiona el portavoz de la plataforma cacereña. 

La barrera invisible del procesamiento 

Los impactos de la extracción pueden resultar más visibles, pero la verdadera debilidad europea está en el procesamiento. Una vez que salen de la tierra, estos materiales críticos deben someterse a un proceso altamente especializado, y potencialmente tóxico, de separación y refinamiento para convertirlos en materiales útiles para baterías y turbinas. Un trabajo que, más allá de las zonas de sacrificio social y ambiental para abrir nuevas minas, requiere una tecnología avanzada y con un alto consumo energético que, ahora mismo, solo domina China. 

“Esto no lo vamos a conseguir porque no tenemos la tecnología, no estamos preparados», señala Patricia Córdoba Sola, investigadora del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA) del CSIC. Y, sin solventar ese eslabón, cualquier mina en Extremadura o Laponia seguirá atada a los barcos rumbo a Asia. “¿Y de qué sirve llegar al 10% de extracción, si lo tenemos que enviar a China para que lo procesen?”, añade Córdoba. El gigante asiático refina más del 40% de los materiales críticos necesarios para la transición energética, incluyendo un 60% de cobalto, manganeso y litio, y hasta un 95% de tierras raras (pesadas y ligeras). Además, produce más del 90% de los imanes permanentes que permiten el funcionamiento de los motores eléctricos y las turbinas eólicas. 

La posición global de la UE en esta parte del proceso es algo más ventajosa que en la minería, alcanzando cifras de casi un 20% a nivel global para materiales como el cobalto. Sin embargo, los puntos geográficos de los trabajos de minería y de procesamiento no coinciden; Finlandia y Bélgica, por ejemplo, acaparan el 91% del suministro de cobalto procesado de la UE. “Los proyectos extractivos están principalmente en las periferias, mientras el procesamiento, donde está el mayor valor añadido, se queda en el centro”, indica Blanca Racionero Gómez, investigadora de transición energética justa y recursos naturales en el Centro de Información sobre Empresas y Derechos Humanos (BHRRC, por sus siglas en inglés). “Es el mismo antiguo esquema colonial, pero dentro de Europa”, añade.

¿Al menos nos queda reciclar?

Tras las ilusorias metas de extracción y procesamiento, llega la esperanza del 25% de reciclaje. A priori, este tercer paso no genera tantos conflictos sociales territoriales y está avalado por sus beneficios ambientales, pero tampoco ofrece una solución inmediata. 

Por un lado, no podrá satisfacer el rápido crecimiento de la demanda de minerales críticos; por otro, simplemente no hay material suficiente que reciclar. Las baterías que se fabrican hoy llegarán al final de su vida útil en unos 15 años, mientras que los objetivos de la UE son para 2030. “¿Qué reciclamos en los próximos cinco años?”, cuestiona Svartzman. 

Quince años marca también lo que puede tardar una tecnología de reciclaje para pasar de la fase de laboratorio a ser eficiente ambiental y económicamente, explica Córdoba, que coordina el proyecto RECOPPs para la recuperación de materias primas críticas de los residuos generados durante la producción de cobre. La falta de infraestructura se suma a productos que, en su fase de diseño, no se concibieron para ser reciclados. “De hecho, el coste de reciclar puede superar al de extraer la materia prima”, explica la investigadora. El resultado se refleja en las cifras: menos del 1% de las tierras raras se recicla en Europa.

Ahora bien, aunque las tecnologías de reciclaje funcionaran al 100% de su capacidad y dispusieramos de material para reciclar, no bastaría para cubrir la demanda actual de minerales críticos. “El problema de raíz es el modelo de consumo, totalmente insostenible,” concluye Córdoba. “Cambiarlo es la parte más difícil de afrontar, pero es lo único que nos puede permitir alcanzar un equilibrio”. 

Transición en el qué y el cómo

Un horizonte complejo al que se suma un nuevo dilema ético y estratégico: los mismos recursos que prometen un futuro descarbonizado sostienen la maquinaria bélica global. “¿Es realmente eso lo que queremos? Destrozar el planeta y las vidas humanas para causar más muerte”, alerta Racionero.  

Tanto Córdoba como Racionero celebran que Europa busque recuperar los procesos de extracción y deje de externalizar los impactos negativos hacia terceros países. Sin embargo, coinciden en que se debe replantear la finalidad de estas actividades y asegurar que cuentan con regulaciones estrictas. Además, advierten, los objetivos carecen de sentido si no se acompañan de metas claras, con porcentajes y plazos concretos, para reducir la demanda de materias primas. “Hay que dejarlo muy claro, tanto en materiales como en residuos, y establecer cómo se deben responsabilizar las empresas al final de la vida de los productos”, explica la investigadora de BHRRC.

Desde la perspectiva industrial, Svartzman apuesta por una política menos simbólica y más realista. En lugar de tratar de encestar en todas las canastas, aun sabiendo que la partida está perdida, la UE debe identificar sectores estratégicos en los que todavía puede coger la pelota, como la energía eólica, y construir cadenas de valor completas, desde la mina hasta el producto final. Tomando como ejemplo la estrategia que se aplicó con la empresa aeroespacial Airbus, este modelo de transición combinaría planificación tecnológica y acuerdos comerciales que refuercen la economía y la autonomía europea. “Hoy pagamos por la falta de visión a largo plazo: dónde queremos estar, con qué tecnología y para qué tipo de sociedad”, señala el economista. Y añade: “Para cumplir con los objetivos industriales impuestos desde arriba, también es fundamental la movilización ciudadana.”

Así lo han demostrado en Cáceres, al menos por ahora. Mientras Bruselas debate cómo gestionar sus debilidades y pinta de verde sus carros de combate, el portavoz de Salvemos la Montaña de Cáceres celebra que, en ese rincón del mundo, el litio quede bajo tierra: “Lo más bonito es devolverle a la gente la esperanza de que, si nos organizamos, podemos cambiar las cosas”.

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