Cada año se producen aproximadamente 400 millones de toneladas de plásticos.
Porque este material está en todos lados y se utiliza para todo: Desde los envases, que es donde más claramente lo vemos, a los juguetes o las ventanas, pero también la ropa, muchas partes de los coches, el instrumental médico o cualquier otro utensilio que nos podamos imaginar. Todo esto deja un enorme rastro de residuos y se ha convertido en una crisis global. Y se estima que la producción se triplicará de aquí a 2060, según datos de la ONU, especialmente en los países en desarrollo
Por ello, hoy queremos hacer un recorrido por el impacto socioambiental de los plásticos, un material que ha resultado extremadamente útil para numerosos avances pero que también está en el corazón del modelo de usar y tirar predominante hoy en día.
Bienvenidas al podcast de Carro de Combate. Somos Laura, a mi derecha; Raquel, y quien os habla, Aurora.
Efectivamente, los plásticos son muy útiles, sí, pero cada año se tiran más de 20 millones de toneladas de plástico a la naturaleza. Estamos hablando de algo así como lanzar un camión de basura al mar cada minuto. Pues bien, eso es literalmente lo que estamos haciendo.
Pero vayamos al origen. ¿De dónde vienen los plásticos? y ¿Qué son? Conviene recordar que hace un siglo, este tipo de compuestos apenas existían. Y hoy se ha convertido en un material omnipresente en todos los artículos que nos podamos imaginar. ¿Por qué? Porque sus características lo hacen extremadamente útil: es barato, ligero, flexible, impermeable y difícil de destruir.
Cuando hablamos de plásticos, en realidad estamos usando una palabra que engloba decenas de materiales distintos. Plásticos con diferentes composiciones, diferentes usos… y, por supuesto, diferentes dificultades para reciclarlos.
Pero antes de seguir, quizá conviene detenernos un momento en lo básico. ¿Qué es exactamente un plástico?
Pues aquí suele haber bastante confusión porque a menudo se considera que un plástico es un tipo de material que procede del petróleo. Y aunque es verdad que el petróleo suele ser la principal materia prima, en realidad un plástico es un material con unas características concretas que vienen dadas por su estructura química, y que puede proceder del petróleo pero también de otras materias primas.
¿Y cuál es esta estructura? Pues es una estructura de polímeros formados por largas cadenas de unidades repetidas y que están unidas por enlaces químicos que son muy estables. Esta estructura hace que el plástico sea versátil y maleable, sobre todo cuando se calienta, pero también dificulta el acceso de enzimas y microorganismos capaces de romperla y, por tanto, degradarla. Además, muchos plásticos tienen aditivos que cambian sus propiedades, a menudo haciéndolos aún más resistentes. Aunque esto ha sido una de las claves de su éxito, su gran resistencia y versatilidad.
Ahora bien, como decíamos, la mayoría de los plásticos tienen algo en común: proceden de los hidrocarburos. Y la principal fuente de estos hidrocarburos es el petróleo crudo, que se extrae de yacimientos subterráneos. Una vez fuera, ese petróleo pasa por un proceso de refinado que permite obtener los productos químicos básicos necesarios para fabricar plásticos.
Pero el petróleo no es la única fuente.
El gas natural, por ejemplo, es clave para obtener etileno, que sirve para fabricar polietileno, el plástico más común del mundo.
Y también el carbón puede utilizarse como materia prima, mediante un proceso llamado gasificación. En los últimos años, además, han surgido alternativas con un objetivo claro: reducir la dependencia del petróleo y avanzar hacia modelos más sostenibles.
Efectivamente, en este proceso de fabricación, en los últimos años han entrado con fuerza nuevas materias primas que buscan reducir la dependencia del petróleo.
¿Cuáles son las más importantes? Vamos con algunos ejemplos.
El almidón, presente en plantas como el maíz, la patata o el trigo, se utiliza para fabricar bioplásticos como el PLA. Tras procesos de fermentación y polimerización, se obtiene un material biodegradable muy usado en envases, por ejemplo.
También está la celulosa, un componente estructural de las plantas. A partir de ella se fabrica, por ejemplo, el acetato de celulosa, utilizado en películas, recubrimientos o productos médicos.
Otra opción son los aceites vegetales, como los de soja, girasol o colza. De ellos se obtienen bioplásticos producidos por fermentación bacteriana, como el poliuretano vegetal o los PHA, que combinan resistencia al calor y biodegradabilidad. Otro ejemplo son los PHB, que se usan en envases, textiles o aplicaciones médicas.
Los bioplásticos ofrecen ventajas evidentes: la materia prima no son combustibles fósiles, y, en muchos casos, se biodegradan más fácilmente.
Pero no todo es positivo. Su producción puede implicar la sustitución de bosques por cultivos, el uso de materias primas alimentarias y un aumento de precios.
Para no perdernos en este mar de plásticos, existe una pequeña guía: el Código de Identificación del Plástico, creado en 1988. Esta numeración identifica el tipo de resina que usan y cómo de fáciles (o difíciles) son de reciclar. Es una numeración del 1 al 7 y podríamos decir que el 1, el 2, el 4 y el 5 son, en principio, los más aptos para el reciclaje. Pero ya sabemos que cuando hablamos de plásticos, reciclar no siempre – o casi nunca- es la solución.
Son números del 1 al 7.
1. El PET, (POLIETILENO) por ejemplo, es uno de los más comunes y fáciles de reciclar. Lo vemos en botellas de agua, refrescos, envases de comida o productos de higiene.
2. El polietileno de alta densidad, o HDPE, es más resistente, aunque no transparente y contiene antimonio, una sustancia tóxica. Se usa en envases de detergente, cubos o macetas.
3. Luego está el PVC, que contiene cloro y se utiliza en tarjetas de crédito, ventanas, tuberías… Su reciclaje es más complejo.
4. El polietileno de baja densidad es flexible: bolsas finas, films, plásticos de burbujas.
5. El polipropileno destaca por su resistencia al calor.
6. El poliestireno, un material con vida útil muy larga pero difícil de reciclar debido a su baja densidad y su capacidad para desintegrarse en piezas pequeñas, pequeñas, pequeñísimas cada vez. Está presente en vasos de café o bandejas, tiene una vida útil larga, pero es difícil de reciclar.
Y el 7: que es el grupo de los “otros”, donde hay una mezcla de plásticos. Que van desde los cds, gafas, mezcla de plásticos…)
Pero los problemas con los residuos plásticos no vienen sólo de los envases y otros plásticos que usamos y que es donde podemos ver estos números de los que hablamos. Muchas veces la contaminación viene incluso antes de fabricar esos productos cotidianos. Porque no se pasa directamente de petróleo a un envase en la misma fábrica. Primero se produce el plástico como materia prima general y ésta se almacena en una especie de pequeñas bolas, los llamados pellets, que luego se transportarán a la fábrica donde se elaboran los envases o cualquier otro producto que tenga plástico entre sus materiales.
De los pellets se comenzó a hablar hace unos años. A finales de diciembre de 2023, las costas gallegas amanecieron cubiertas de pequeñas bolitas blancas que resultaron ser estos “pellets”, también llamados “granza”, que son trozos de plástico diminutos, como decíamos, prácticamente microplásticos.
Aquellos pellets procedían del Toconao, un carguero de bandera liberiana que había sufrido un incidente días antes en aguas portuguesas. El buque perdió seis contenedores y, entre otros materiales, más de 26 toneladas de granza plástica. Las corrientes marinas empujaron los pellets hacia Galicia y el suceso saltó a los medios.
Ante esta situación, la respuesta ciudadana no se hizo esperar. La población se organizó en grupos de personas voluntarias para afrontar una tarea casi imposible: retirar del litoral millones de pequeñas piezas de plástico.
Y, al mismo tiempo, se abrió un debate que hasta entonces había pasado prácticamente desapercibido.
Efectivamente, a pesar de los avisos de científicos, organizaciones ecologistas y colectivos ciudadanos, la contaminación por pellets había sido en gran medida ignorada hasta entonces. Sin embargo, es un problema cada vez más habitual en las costas y mares de todo el mundo.
Europa cuenta hoy con varios puntos negros de contaminación por granza, y uno de los más preocupantes se encuentra en la costa mediterránea. De hecho, es algo de lo que hablamos en el Anuario de Consumo Crítico de 2024 con un reportaje completo que firmaba nuestra compañera Tania Alonso. Y sólo quiero recordar algunos de los datos que ella da: Cada año acaban en el mar más de 160.000 toneladas de pellets solo en Europa, y más de 450.000 toneladas a nivel mundial, siendo ya la segunda fuente de contaminación directa por microplásticos, solo por detrás de las fibras que desprende la ropa durante los lavados.
Un ejemplo claro es Tarragona, donde las consecuencias sociales y medioambientales son especialmente relevantes. Esta provincia alberga el mayor polígono petroquímico del sur de Europa. Allí se producen combustibles, plásticos, fertilizantes y otras materias primas.
Cada año, de esta zona salen alrededor de dos millones de toneladas de pellets, que, debido a su diminuto tamaño, son especialmente vulnerables a pérdidas constantes durante los procesos de producción y transporte. Es decir, no hace falta un accidente para que haya una fuente constante de contaminación por pellets en diversos puntos del mundo.
Ante esta realidad, Europa ha trabajado en una propuesta de Reglamento para mejorar la manipulación de la granza plástica en todas las etapas de la cadena de suministro. El objetivo es ambicioso: reducir hasta en un 74 % la pérdida y el vertido de pellets al medio ambiente. Entró en vigor en diciembre de 2024, pero está por ver cómo funciona.
Pero como somos un poco frikis, nos hemos ido al BOE a leer el reglamento y es interesante ver cómo comienza:
Los microplásticos son ubicuos, persistentes y transfronterizos. Son perjudiciales para el medio ambiente y potencialmente nocivos para la salud humana. (…) Se desplazan con facilidad a través del aire, las aguas superficiales y las corrientes marinas, y su movilidad es un factor agravante. Se encuentran en el suelo, incluidos los terrenos agrícolas, en lagos, ríos, estuarios, playas, lagunas, mares, océanos y en regiones remotas, antes vírgenes. Los efectos de los microplásticos en el medio marino están ampliamente documentados (..) son prácticamente imposibles de recoger, y se sabe que son ingeridos por diversos organismos y animales y que dañan la biodiversidad y los ecosistemas.
Bueno, ahora que ya nos sabemos qué son cada uno de los tipos de plásticos, vamos con la segunda pregunta. ¿Cómo se han desarrollado? ¿Cuál es su historia?
Todo comenzó de forma modesta, a finales del siglo XIX en EEUU. Los primeros plásticos fueron en forma de látex, baquelita y PVC. Desde entonces, la evolución del plástico ha sido imparable. De hecho, ha vivido un crecimiento exponencial: tanto en formatos como en usos, cada vez con propiedades más específicas y adaptadas a necesidades muy concretas.
Termoestables, resistentes, aislantes, impermeables… los plásticos comenzaron a sustituir a materiales como la madera, algunos metales o el vidrio ya en los 60. Y en la década de los 80 constituía una industria floreciente que atizaba el desarrollo económico. La producción del plástico crecía de una forma vertiginosa y también la investigación e innovación en torno a posibles variantes mejoradas respecto a ciertas aplicaciones, como la médica, que ha supuesto importantes ventajas en medicina. A principios del siglo XXI, su producción era masiva.
Los plásticos están hoy presentes en cualquier objeto de nuestra vida cotidiana, incluso en la ropa. Su uso se ha globalizado. No en vano, algunos miembros de la comunidad científica denominan la presente época como la del plasticoceno.
Porque vivimos en la sociedad del plástico debido a su producción y consumo masivos.
Vamos, que hemos llegado a un momento en el que los plásticos lo inundan todo. Y no sólo de forma figurada. También lo inundan todo de forma literal…
Vamos a hablar de los impactos de los plásticos sobre el medio ambiente, y sobre la salud de las personas… empezando por el más evidente, el que experimentan muchos países en vías de desarrollo.
La falta de infraestructuras de reciclaje y gestión de residuos hace que toneladas de desechos terminen en ríos, suelos fértiles y costas, afectando la salud humana y los ecosistemas locales. En comunidades donde el acceso a agua potable y a servicios sanitarios ya es limitado, la quema informal de plásticos y la contaminación de fuentes naturales agravan las desigualdades y generan riesgos cotidianos.
Esto es literalmente así.
Un estudio de Waste Aid y otras organizaciones calculaba en 2019 que hasta un millón de personas podrían morir al año en los países en desarrollo por vivir en zonas contaminadas por plástico. La relación de los plásticos con la pobreza es clave, pues en los territorios más empobrecidos se están produciendo dos fenómenos simultáneos. Por un lado, se ha producido un brutal desembarco de plásticos en forma de productos vendidos en monodosis -desde bebidas alcohólicas a minúsculas bolsas de frutos secos-; lo que facilita la adquisición de los productos a quienes tienen un menor nivel económico, pero, a la vez, provoca la generación de numerosas basuras en e un entorno en en el que no existen apenas servicios de recogida de basuras.
Además, existe un inmenso circuito de comercio internacional, entre legal e ilegal, que no para de crecer, por el cual los países más ricos, Europa incluida, envían sus residuos plásticos a otros países. Para ponerle cifras, el mercado internacional de residuos plásticos superó los 38.000 millones de dólares en 2024 y se espera que alcance los 64.000 diez años después, en el 2034.
Y este mercado es tan importante que en 2018 hubo un buen revuelo con esto porque China cerró sus fronteras a las importaciones de residuos plásticos y se tuvieron que buscar nuevos destinos para estos residuos, que en muchos casos terminaron en el Sudeste Asiático. Y algunos de esos países también empezaron a rechazar este tipo de basura. Por ejemplo, en 2019, Malasia devolvió 3.000 toneladas de basura a sus países de origen, entre ellos España, porque habían sido enviados de manera ilegal. En otros casos, estos residuos han terminado en países como Turquía, donde ya se han registrado casos de trabajo infantil el sector.
Es importante señalar que desde el año 2021 el comercio internacional de residuos plásticos está regulado por el Convenio de Basilea, que desde los años 90 recogía el intercambio de otros residuos peligrosos.
Este convenio limita la exportación de plásticos (y aunque desde entonces parece que se ha producido una reducción del comercio internacional de estos residuos – o al menos de la exportación oficial-) este descenso ha sido muy limitado, de apenas un 15%.
No olvidemos, además, que los delitos relacionados con los residuos plásticos han sido comunes, antes incluso de la entrada de este sector en el convenio de Basilea.
Así en 2020, un informe de INTERPOL alertaba de que se había producido un aumento considerable de los envíos ilegales de residuos, principalmente desviados al Sudeste Asiático (después de este cierre de fronteras chino del que hablábamos) a través de múltiples países de tránsito para camuflar el origen de los residuos.
Además, hablaba del aumento de la quema ilegal de residuos y de los vertederos en Europa y Asia, el incremento significativo del uso de documentos falsificados y de registros fraudulentos, y ofrecía casos concretos.
Otro lugar donde vemos esto de forma muy evidente es en mares y océanos, donde se encuentran las llamadas “islas de plásticos», por ejemplo, que son fruto de una gestión deficiente de los mismos que alimenta un sistema de exportación de plásticos muy dañino, por ejemplo, en la UE. Por no decir que existen países donde ni siquiera hay un servicio de recogida…
Allí se encuentra, entre otras, la Gran Isla de Plástico del Pacífico, que no es una metáfora ni una exageración, como muchas personas piensan. Es, literalmente, una enorme aglomeración de plásticos o, mejor dicho, de microplásticos, identificada por primera vez ya en los años 70. Situada entre Hawai y California, abarca cerca de 1,6 millones de kilómetros cuadrados, más de tres veces el tamaño de España. Los residuos convergen allí debido a las mareas y, con el paso del tiempo, se van fragmentando y descomponiendo en partículas cada vez más pequeñas, conocidas como microplásticos. Ya no hablamos de botellas, bolsas o redes: ahora son millones de pequeñas partículas fácilmente ingeridas por error por los animales marinos de los alrededores. Y no es la única de estas islas: se contabilizan hasta siete, repartidas por diversas zonas en los océanos del planeta, y el Mediterráneo tiene zonas especialmente afectadas.
Y aquí podríamos estar horas hablando de esto porque el problema de los microplásticos en el mar es enorme, y tiene varias derivadas. No sólo los animales que mueren ahogados porque quedan atrapados, sino también los que se comen esos plásticos y que, o también mueren o luego esos plásticos continúan en la cadena trófica llegando en algunos casos a los seres humanos.
Y el mar no es el único contaminado. Los suelos también están llenos de plásticos, entre otras razones porque cada vez más cultivamos con plástico. De hecho,se calcula que los microplásticos que llegan a los ecosistemas terrestres podrían ser hasta 23 veces mayores que los que llegan a los océanos, pero están mucho más invisibilizados. Son temas en los que nos gustaría profundizar pero que dejaremos para otros podcast.
Pero sí queríamos señalar que, como siempre, hay alternativas, hay opciones. Y hay, de hecho, países, organizaciones y personas que llevan años trabajando por un tratado contra el plástico. En marzo de 2022 se logró un primer acuerdo para empezar a trabajar en este tratado. En su momento, fue un momento calificado de “histórico” por Naciones Unidas, pero lo cierto es que desde entonces no ha avanzado a la velocidad esperada. Un año y medio después, en noviembre de 2023, se comenzó a discutir sobre un borrador, después ha habido otras rondas de negociación, pero aún nada en firme.
Entre los puntos clave del tratado están la limitación de los plásticos de un solo uso, el control de sustancias químicas peligrosas, la mejora de la gestión de residuos y la responsabilidad de las empresas productoras. También se pone el foco en la contaminación por microplásticos, del que ya hemos hablado antes.
Las negociaciones no están siendo sencillas. Una muestra clara de que hay muchos intereses en juego. Porque no se trata solo de reciclar más, sino de reducir la cantidad de plástico que se fabrica, eliminar los productos más problemáticos y fomentar alternativas más sostenibles.
Pero claro, hay grandes diferencias entre países productores de plástico y aquellos que sufren de forma más directa sus impactos.
Por poner algunos datos sobre la mesa:
En 2022 los principales exportadores de plástico y sus manufacturas fueron: China, que es responsable de más del 30 % de la producción de plásticos a nivel mundial; Estados Unidos, Alemania, Corea del Sur y Países Bajos, según el Observatorio de Complejidad Económica.
En cuanto a las mayores empresas productoras, según el informe Plastic Waste Makers Index (que sería como el Índice de los principales “creadores” de desperdicio plástico), en el año 2023 destacan ExxonMobil (EEUU), Sinopec (China), Dow (EEUU), Indorama Ventures (Tailandia), Saudi Aramco (Arabia Saudita), LyondellBasell (Países Bajos), PatroChina (China), Realiance Industries (India), INEOS (Reino Unido) y Apek SAB de CV (Méjico).
Por eso está siendo tan complejo avanzar en el tratado sobre plásticos.
Aun así, el objetivo global es claro: lograr un acuerdo jurídicamente vinculante que ayude a frenar la contaminación por plásticos a nivel mundial.
Si sale adelante, podría marcar un antes y un después, del mismo modo que ocurrió con los acuerdos internacionales sobre el clima. Un intento global de poner límites a un material que ha transformado nuestra vida… pero que hoy amenaza el equilibrio del planeta.
Os lo contaremos, no os quepa duda, en nuestra web. Porque vamos a seguir hablando de los plásticos y de otros temas que no nos ha dado tiempo a tratar hoy.
El plástico ha sido durante décadas símbolo de progreso, comodidad y consumo rápido. Hoy, sin embargo, se ha convertido también en símbolo de un problema global y un recordatorio constante sobre qué modelo de producción y de consumo queremos como sociedad y qué es posible aguantar para el planeta.
Porque aunque la mayoría de nosotros no lo veamos -gracias a nuestros centros de gestión de residuos, alejados de las ciudades y casi escondidos, como cuenta el periodista inglés Oliver Olivier Franklin-Wallis en el libro Vertedero (editado por Capitán Swing), el plástico No no desaparece cuando lo tiramos. Permanece en el mar, en la tierra… y, cada vez más, dentro de nosotros.
Si te has quedado hasta aquí, hasta el final, te recordamos que estos podcast se financian con el apoyo de nuestras mecenas. Así que si tú también quieres colaborar para que sigamos produciendo episodios como este, puedes apoyarnos desde tan sólo 5€ al mes.
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