‘Homo Plasticus’: los microplásticos también invaden nuestro cuerpo

Varios estudios publicados recientemente han mostrado preocupantes efectos sobre la salud de las partículas más pequeñas de plásticos, mientras el tratado global para ponerles freno está estancado

Por Rosa M. Tristán

Están en toda la columna de agua del océano, en las nubes, dentro de nuestras casas, en los alimentos que ingerimos y hasta en la placenta y dentro del cerebro. Los microplásticos (partículas de hasta cinco milímetros) y nanoplásticos (mil veces más pequeños que un milímetro) son una pandemia invisible y sus impactos en la salud, por todos sus componentes tóxicos, son cada día más evidentes. Y mientras, las leyes para ponerles límite van a paso lento: un tratado global para poner límite a la producción de este material se ha topado con presiones que lo han dejado en el aire en el último intento.

Desde mediados del siglo XX, ya se han fabricado unos 10.000 millones de toneladas de plástico, más de una tonelada por habitante actual del planeta. El 40% son envases. Y son muchos, pero serán más:  las más recientes estimaciones calculan que para 2060 su volumen será tres veces mayor si no se limita la producción, algo que se intenta a través de un tratado global, similar al del clima, pero que de momento no se consigue por presiones de la industria química, como pasó en este verano de 2025.

En los últimos años, las mejoras en la detección de las micropartículas plásticas han permitido comprobar que su presencia en el medio ambiente que nos rodea está mucho más generalizada de lo que se pensaba hasta ahora, y con ello se ha puesto en evidencia que el riesgo que suponen para la salud humana es elevado debido a su capacidad de traspasar tejidos biológicos, tanto humanos como de la fauna y de las plantas. Si la basura plástica visible es un grave problema ambiental, por ingestión, su versión diminuta tiene consecuencias que aún están por concretar en su mayor parte, aunque ya se sabe que existen y no son buenas.

El sociólogo francés Gerard Bertolini ya en 1995 alertaba de que nuestra especie estaba camino de convertirse en ‘homo plasticus’, aunque entonces era impredecible hasta qué punto ese material formaría parte de nosotros. Hasta el momento, se han detectado partículas plásticas en distintos tejidos y fluidos humanos, incluyendo la sangre, los pulmones, el hígado, el riñón, el bazo, la placenta, los intestinos, y las muestras de colectomía, esputo, semen, leche materna y heces. Entre las últimas partes del cuerpo donde se ha localizado está el cerebro. Una investigación publicada en febrero de 2025, con gran impacto internacional, revelaba que se acumulan también en tejidos cerebrales de muestras humanas post mortem. Además, este grupo de científicos, liderados por el italiano Raffaele Marfella, comprobó que, entre 2016 y 2024, la concentración media aumentó en torno al 50%. Los tejidos analizados pasaron de tener 3.345 microgramos por gramo los más antiguos a 4.917 microgramos por gramo los más recientes.

Microplásticos en nuestro intestino

Si la detección ha mejorado, los estudios sobre consecuencias sobre la salud humana han sido también objeto de innumerables investigaciones, en las que no siempre hay conclusiones claras, pero sí orientativas. Los que llegan por ingestión se han encontrado en el sistema digestivo. Hay datos que sugieren que el intestino es uno de los principales lugares de acumulación, si bien sigue siendo un desafío cuantificar con precisión las partículas que hay en las heces debido a su pequeño tamaño. En todo caso, este estudio del impacto en la microbiota intestinal es una línea emergente para la ciencia que ya da resultados. En España, un estudio pionero del CSIC, dentro del proyecto europeo PlasticsFatE, ha evidenciado que los microplásticos de tereftalato de polietileno (PET), tan utilizado en las botellas, modifican la microbiota humana del colon durante una digestión simulada en el laboratorio. Otras investigaciones han evidenciado que hay otros polímeros que también pueden alterar la composición de ese microbioma, incluso en personas enfermas, causando una disminución de bacterias beneficiosas y un aumento de patógenos y microorganismos resistentes a antibióticos. 

“A veces es muy difícil determinar la causa-efecto con estos materiales, que no solo están en el sistema digestivo. Sabemos que los plásticos de 2,5 micras nos llegan a lo más profundo del sistema respiratorio y que se acumula una parte, lo que genera una inflamación crónica o se relaciona con problemas cardiovasculares”,  señala el experto Nicolás Olea, de la Universidad de Granada, que lleva más de 20 años investigando sobre los impactos. “Y no hay que olvidar que haber tenido la boca tapada casi dos años con mascarillas de polipropileno, durante la pandemia, colaboró en esa acumulación. Tampoco ayuda el cóctel químico que tenemos en casa: la ropa sintética, los colchones, tapicerías, suelos… Nuestra vestimenta suelta continuamente fibras textiles con todos sus químicos asociados, un cóctel que pasa a ser parte de nuestro organismo, no de forma física sino orgánica, celular”, continúa el experto. 

Y es que estos micro y nanoplásticos invisibles, que pueden proceder de la fragmentación del plástico visible, pero también de fibras textiles -un lavado suelta cientos de miles- o del roce de millones de neumáticos con el asfalto, entran también en el cuerpo por la nariz o incluso por la piel a través de cremas. Se ha descubierto que cada día inhalamos sin salir de casa hasta 68.000 nanoplásticos que flotan en el aire e incluso son 74.000 dentro del habitáculo de un vehículo. De momento, no se sabe el porcentaje de estas partículas que se quedan dentro de los organismos, pero sí se conoce una cifra preocupante: hay en el planeta en torno a 1.300 especies acuáticas y terrestres que, en mayor o menor cantidad, tienen plástico con todos sus componentes en su interior, desde insectos hasta los habitantes de toda la columna oceánica, incluso en los abismos y las tierras polares.

Cuatro científicas del CSIC -Victoria Moreno-Arribas, Cinta Porte, Amparo López-Rubio y Auxiliadora Prieto-, autoras del libro “Micro y nanoplásticos”publicado en 2025, insisten en el peligro para la salud de las partículas más pequeñas que se acumulan en tejidos profundos. Las más grandes, de hasta cinco milímetros, se han localizado en mayor medida en branquias, estómagos e intestinos. Pero son las de tamaño ‘nano’ las que pueden generar estrés oxidativo e incluso daño en el ADN celular, espoleando dolencias inflamatorias. 

Un ámbito poco regulado

Aunque se han dado algunos pasos para regular la proliferación de plásticos, los expertos consultados consideran que son insuficientes. Una de estas regulaciones ha sido la normativa aprobada a nivel europeo en octubre de 2023 y que veta determinados envases y objetos de un solo uso y productos como la venta de purpurina (aunque aún se encuentra en algunos comercios) por alto contenido en microplásticos. La misma normativa alargaba el plazo para cosméticos de exfoliación o limpieza con microplásticos hasta octubre de 2027. En el caso de maquillajes, pintalabios o pintauñas, aún tendrán vía libre hasta el año 2035. Por su parte, el reglamento de la UE sobre envases se aprobó finalmente el pasado mes de enero, pero no entrará en vigor hasta agosto de 2026. La adaptación al mismo de la Ley de Envases, aprobada en España en 2022, está pendiente. 

Esta norma europea refleja otro asunto igualmente preocupante. Los científicos llevan tiempo alertando del peligro que supone tanto su materia prima principal, sea PET, PVC, polietileno o poliestireno, como los componentes tóxicos que llevan asociados. Son sustancias que definen sus características de dureza, flexibilidad, comportamiento frente al calor, etcétera. Una investigación publicada en la revista médica The Lancet este año confirmaba que son un peligro “grave, creciente y poco reconocido para la salud humana y planetaria” porque causan enfermedades y muertes. Concretaban que son responsables de pérdidas económicas por 1.500 millones de dólares y denunciaban la “falta de transparencia” de la industria del plástico en torno a esas sustancias químicas, sus volúmenes de producción, sus usos y su toxicidad conocida o potencial.

En julio, pese a ese oscurantismo, se conoció una aproximación a esa cantidad de tóxicos complementarios. Un informe científico del proyecto PlastChem demostraba que al menos 4.200 químicos del plástico son preocupantes para la salud y el medio ambiente y que son utilizados incluso en los envases alimentarios, liberando su toxicidad. “Ni se les ocurra calentar en un microondas un plástico alimentario porque se traspasa a la comida”, alerta Olea. Por su parte, Martin Wagner, de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología (NTNU), y autor principal de ese informe, recomienda“rediseñar” esos compuestos “para que sean más seguros, sobre todo cuando se trata de plásticos que se van a reciclar o reutilizar”.  Pero hay quien cree que no es suficiente: “La cuestión es que cuando se veta uno, enseguida sale otro nuevo, que es parecido y tardará años en prohibirse”, denuncia Ethel Eljarrat, directora del IDEAE-CSIC (Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua).

Un caso claro de lo lenta que avanza la legislación es el del compuesto Bisfenol A, prohibido en enero de 2025 en la UE para envases plásticos alimentarios. Se sabe con certeza que es un disruptor endocrino, es decir, altera el funcionamiento de las hormonas humanas, y se ha asociado al cáncer de mama, trastornos de la conducta y diabetes. Llevaba desde 2006 en el listado de sustancias peligrosas. En España se vetó dos años antes, con la Ley de Envases, aunque ya desde 2011 se prohibía en comida para bebés. Para los juguetes, que estos mismos bebés chupan, la prohibición efectiva para un total de 10 bisfenoles no se prevé hasta dentro de 4,5 años, según la última revisión de la directiva correspondiente, de mayo de ese año. Es un plazo que expertos como Olea consideran “muy excesivo porque ya se sabe que no son inocuos”. 

Lo mismo ocurre con los PFAS, familia de otros 4.700 compuestos fluorados persistentes que, según la Agencia de Medio Ambiente Europea, son acumulativos en los organismos. También se usan en envases plásticos de productos de limpieza, aseo personal, alimentos, en revestimientos anti-manchas, pinturas, barnices… Científicos de Estados Unidos en 2023 probaron que pueden pasar a la comida, pero de momento solo algunos PFAS se han prohibido en la UE y en España; y para que definitivamente no se usen en alimentación también habrá que esperar 54 meses. Solo un par de países del entorno se han adelantado al ver su peligro: Dinamarca los vetó en 2019 en algunos productos y Francia ha seguido sus pasos en 2025. En España, partidos como Alianza Verde han pedido en el Congreso su restricción total, pero no hay noticias al respecto.

El tercer grupo preocupante de tóxicos ligados a plásticos son los ftalatos, utilizados para ablandarlos. Algunos están prohibidos en la UE y otros están en proceso de serlo, pero no la mayoría. “Cuanto más pequeñas sean las partículas que los contienen, son más peligrosos”, reconoce Eljarrat, que ahora ha iniciado otra línea de trabajo: “Y cuanto más se afina en la búsqueda, más encontramos todos esos tóxicos”, apunta la científica, ahora inmersa en un trabajo para comprobar si también entran en el cuerpo con el flujo vaginal a partir de productos de higiene menstrual que los contienen.

Las soluciones no son fáciles. Se estima que en el mundo hay 8.000 millones de toneladas de residuos plásticos descontrolados que se van acumulando, especialmente en los océanos, pero también en ríos, lagos, como sedimentos en la tierra y, como se indicaba, en los organismos vivos. Y es una producción que no cesa. Si en 1950 se produjeron de este material dos millones de toneladas, en 2022 fueron ya 475 millones y se estima que se triplicarán (1.200 millones) para 2060. Si bien menos del 10% se recicla, los expertos ya advierten del riesgo de “reciclar plásticos con aditivos que acaban mezclándose unos con otros”. Auxiliadora Prieto, del CSIC, defiende que incluso en el caso de los bioplásticos, como los que investiga en su laboratorio, habría que contar con una gestión aparte, dado que no se degradan como la materia orgánica. 

La realidad es que la gran mayoría de los plásticos se abandona o se incinera, convirtiéndose en tóxicas emisiones contaminantes que, a su vez, generan enfermedad y muertes. Y al mismo tiempo que se está frenando el tratado global que podría poner límite a la producción, se anuncia un nuevo invento: un plástico “con una vida larguísima”, es decir, con una capacidad aún superior de mantenerse con sus propiedades en el medio ambiente. Entre sus recomendaciones a los consumidores para evitar efectos adversos, los expertos recomiendan intentar rodearse de materiales lo más naturales posible, y si no fuera así, procurar no barrer en casa (“mucho mejor aspirar”, coinciden Olea y Elarrat) para no levantar las partículas del suelo, ventilar o tener especial cuidado con los bebés que gatean por superficies con microplásticos. “La normativa debería ser mucho más eficaz. Vamos lentos”, reconocen ambos especialistas.

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