¿Alguien se acuerda de la plusvalí­a?

El pasado mes de agosto, la noticia saltó a las portadas de los periódicos de Sao Paulo, donde yo viví­a en aquel momento: Zara, la marca más emblemática del imperio Inditex, utilizaba mano de obra esclava. O, más especí­ficamente, que uno de los proveedores de la marca empleaba a inmigrantes sin papeles, en su mayorí­a bolivianos, a los que pagaba un salario de miseria en tres talleres clandestinos en el estado más próspero de Brasil.

Lo que el Ministerio de Trabajo brasileño llama de «condiciones análogas a la esclavitud» consistí­a, en la práctica, en jornadas de trabajo de entre doce y dieciséis horas al dí­a; mujeres, hombres y adolescentes hacinados viviendo en los mismos talleres donde tejí­an, de los que sólo podí­an salir con autorización expresa de sus jefes. Y todo ello, a cambio de una cantidad irrisoria pagada por pieza, que acababa rindiendo mucho menos del salario mí­nimo en Brasil (de 622 reales, unos 245 euros). Por si fuera poco, con ese salario ridí­culo tení­an que pagarse los pasajes de avión desde sus paí­ses de origen, principalmente, Bolivia y Perú; una estrategia muy repetida por quienes se dedican al atroz negocio de la trata de los modernos esclavos de los que se sirve el sistema capitalista para mantener bajos los costes de producción.

Lo explica muy lúcidamente el director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) cuando señala, en este artí­culo publicado por Clarí­n, que el actual sistema económico «considera al trabajo como un costo de producción que debe mantenerse bajo para elevar la competitividad y las ganancias», mientras los trabajadores son vistos, ante todo, como consumidores. Y en medio de todo ese engranaje, «nos hemos olvidado de que el trabajo es fuente de dignidad personal, estabilidad familiar, paz en la comunidad». Es lo que pasa cuando todo se le confí­a al Dios Dinero.

Evidentemente, Zara no se hací­a responsable: fue su proveedor quien incumplió las normas y códigos de conducta de la multinacional. La tí­pica trampa de la tercerización. Pero, según la ley brasileña, la empresa que recibe la mercancí­a es responsable de la situación de los trabajadores que fabrican esa mercancí­a, aunque sea a través de una subcontrata. Se trataba entonces de determinar si Zara tení­a conocimiento las condiciones en que trabajaban los empleados de su proveedor, extremo que, pero dejadme que aplique la lógica aplastante del sentido común para concluir que, si las condiciones de trabajo fueran dignas, Inditex simplemente no producirí­a en Sampa, sino que deslocalizarí­a «“uno de esos mágicos conceptos, como tercerización y externalización de costes, que nos trajo el neoliberalismo- en el sudeste asiático, que es más barato. Y esto vale para Zara como para cualquier otra marca de ropa, o de lo que sea, que se nos ocurra. Pura lógica del sistema.

No seamos hipócritas. Cualquiera que haya paseado por la feria que cada domingo se celebra en el barrio paulistano de Pari, frecuentada por «“y casi sólo por- bolivianos, sabe de lo que estoy hablando. Yo presencié escenas de evidente cooptación de mano de obra que no tení­a la pinta de ajustarse al respeto impoluto de los derechos de los trabajadores. Aquella plaza de Kantuta da una idea del remanente de ciudadanos inmigrantes, ilegales, temerosos de denunciar para no ser denunciados, que pueblan la mayor ciudad de Suramérica. Y no nos rasguemos las vestiduras, no, que ejemplos muy cerca de la puerta de casa siempre hay, y desde luego existen a puñados en España. Vuelvo a acordarme del filme Biutiful, que lo ilustra con maestrí­a. Unos colocan el sudor y la sangre y otros se llenan los bolsillos de su codicia infinita, mientras una amplia mayorí­a prefiere mirar para otro lado, no vaya a ser que, si todos cobramos lo que deberí­amos, no me llegue el sueldo para comprarme diez vestidos por temporada.

Cuando simplificamos mucho, el emperador se queda desnudo. El proveedor de Zara pagaba a sus operarios unos dos reales por pieza de ropa que cosí­an. La multinacional gallega vendí­a esa misma pieza por unos 150 reales. Amancio Ortega, presidente del Grupo Inditex, es el hombre más rico de España, con una fortuna de 31.000 milones de dólares. ¿Alguien se acuerda de qué era eso de la plusvalí­a?

Puedo parecer parcial, pero casi todo estaba, hace ya siglo y medio, contenido en la obra de Karl Marx. í‰l introdujo el concepto de plusvalí­a, para indicar que el dueño de los medios de producción se queda con una parte del valor de lo que el obrero produce, al retribuirle con salarios menores del valor de las mercancí­as que los trabajadores producen «“otro dí­a hablamos, si queréis, de cómo el sistema indujo a la confusión entre el valor de uso y el valor de cambio, provocando una economí­a dominada por el dinero, luego por la arbitrariedad del precio, que se asume erróneamente como sinónimo de valor-.

Podemos seguir mirando hacia otro lado y hasta decirnos que esos pobres bolivianos al menos pueden comer con el medio salario que les paga la subcontrata de Zara, y seguir comprando la ropita de Inditex sin mala conciencia. O podemos hacernos cargo de una vez por todas de que EL CONSUMO ES UN ACTO POLíTICO. Y empezar hoy mismo a hacer uso de una de las pocas formas de participación polí­tica real que nos queda en estas democracias de hoy: ser selectivos a la hora de gastar nuestro dinero.

Sólo una anotación final: el trabajo esclavo no es una rara excepción en Brasil. Cada año son liberados miles de trabajadores empleados en condiciones penosas e indignas; desde 1995 han sido liberadas más de 30.000 personas; 2.625 de ellas sólo en 2010. Algún avance ha habido en la fiscalización; incluso las autoridades han creado una «˜lista negra»™ de empleadores de trabajo esclavo «“que Zara podrí­a pasar a engrosar-. Pero sigue siendo una práctica casi institucionalizada, en el interior del paí­s y también en Sí£o Paulo, el Estado más rico del paí­s. Aquí­, donde se mueve un tercio de la economí­a de Brasil, el trabajo esclavo posibilita el lucro de la industria textil en la capital o del cultivo de caña de azúcar en poblaciones como Riberí£o Preto. El periodista brasileño Leonardo Sakamoto, muy comprometido con esta causa, hace una sí­ntesis inmejorable en el tí­tulo de este artí­culo: «Trabajo esclavo contemporáneo, fruto del capitalismo». Y así­ nos va»¦