Knowcosters: por un etiquetado que refleje todos los costes

La crisis económica ha incrementado la preocupación social hacia la forma en la que se organizan los procesos productivos. El impacto social y ecológico es un elemento cada vez más importante en las decisiones de compra de los consumidores y los productos fabricados de forma ética van ganando posición en el mercado. Poco a poco, la información sobre el origen de lo que compramos se convierte en una reivindicación creciente de los ciudadanos y el etiquetado, en su mayor forma de expresión.

Sin embargo, la información que se da sobre el origen de los productos en las etiquetas es aún escasa y a menudo engañosa. Como ya hemos expuesto aquí­ en alguna ocasión, las empresas suelen señalar sólo uno de los paí­ses de fabricación, aunque haya varios implicados en el proceso productivo.  Se buscan además formas de esconder el origen de muchos productos, como ha ocurrido durante años con el textil en Birmania o las gambas en Bangladesh, que en ambos casos pasaban por Tailandia para poder poner el nombre de este paí­s. Muchas empresas se niegan además a publicar quiénes son sus subcontratistas o de dónde sacan sus materias primas, por lo que dificultan aún más la trazabilidad de sus productos.

En Carro de Combate hemos defendido desde el principio la importancia de un mejor etiquetado como herramienta del consumidor para tomar decisiones de compra más responsables. Por eso nos ha parecido especialmente interesante la iniciativa de Knowcosters, una página web que invita a «consumir como se piensa».

Según la filosofí­a de Knowcosters los ciudadanos deben comprar aquellos productos elaborados según su manera de ver la sociedad. Así­, si una persona cree que los puestos de trabajo deben estar bien remunerados y contar con ciertas seguridades jurí­dicas, sus compras deben premiar los productos elaborados según estos principios.

Pero este proceso es inútil sin información. Knowcosters ha elaborado así­ el concepto de «triple packaging», un etiquetado en el que además del precio de venta se incluyan otros costes asociados al producto. «Pretendemos que además del PVP como valor monetario tradicional los consumidores puedan tener otros dos indicadores adicionales como son el Coste Planeta y el Coste Estado de Bienestar», asegura Miguel Conde, principal responsable de esta iniciativa.

Se trata de reflejar así­ las externalidades negativas, es decir, todo aquel daño provocado a personas que no participan en la compra-venta o consumo del producto y que no está contabilizado dentro de los costes de la empresa y, por tanto, en el precio. «Estos dos costes [Planeta y Estado de Bienestar] están cifrados también en euros y en los mismos parámetros para que uno pueda darse cuenta de lo que realmente paga por otro lado», continúa explicando Conde.

Uno de los elementos más importantes que Conde considera que se debe incluir en el cálculo del Coste Estado de Bienestar es el impacto sobre el empleo, y no sólo el positivo, sino también el negativo.  «Cada vez que se abre una industria y se genera empleo, la cuestión es cuánto se ha destruido para generarlo y para eso sí­ que hay unas tablas estadí­sticas de las que se pueden hacer correlaciones y así­ elaborar unos algoritmos que puedan dar unas cantidades concretas. Con todo ello, podremos ver cómo en este ejemplo el desempleo que se ha producido va a generar por otro lado unas necesidades de protección social, etc; que son pagadas también con nuestro propio dinero», explica.

Esos algoritmos de los que habla Conde serí­an la base para determinar los costes externos de los productos. Conde propone que sean creados a través de las universidades y que su elaboración implique a profesionales de diversas ramas, como la sociologí­a, economí­a, matemática, filósofí­a o estadí­stica. «Ellos pueden contribuir a generar unos algoritmos que correlacionen una serie de datos y de prácticas con un importe económico directo a pagar a través de nuestros impuestos, tanto directos como indirectos».

Un consumo en defensa propia

La necesidad de ser conscientes del poder de nuestras decisiones de compra no responde simplemente a «un consumo responsable, yo lo llamarí­a un consumo en defensa propia», según las palabras del propio Conde. Se convierte así­ no sólo en una elección, sino en una necesidad.»No estamos hablando de construir un mundo mejor, que ya en si mismo serí­a un objetivo; estamos hablando de salvar el mundo que ya existe. Por lo tanto, los consumidores se verí­an beneficiados porque acabarí­an sobreviviendo a esta forma de vida».

Sin embargo, consumir mejor no significa necesariamente consumir más caro. A menudo, las condiciones de fabricación de los productos de lujo o de las marcas más caras son igual de terribles que los de sus versiones más baratas. De hecho, no es extraño que estén fabricados en el mismo lugar. La obsesión por el low cost llevó a reducir los costes de producción, y con ello a deslocalizar la fabricación y a buscar lugares con menor protección del trabajador. Sin embargo, la mayor parte de las empresas han seguido el mismo camino y sólo mejoran las condiciones de sus fábricas a golpe de escándalo.

No obstante, ese consumo sí­ debe ser más limitado, explica Conde. «Es evidente, que el control del hiperconsumo es una ví­a. Una sociedad que debe aprender a necesitar tal vez menos cosas, a ser más consistentes y a mantener una sostenibilidad en el mundo que quieren vivir».

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