La megaminerí­a desangra los Andes

 

«Eso anhelan con gran sed. Se les ensancha el cuerpo por eso, tienen hambre furiosa de eso. Como unos puercos hambrientos ansí­an el oro». Así­ describe un texto náhualt, citado por Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, la codicia que despertó la fiebre del oro entre los conquistadores que llegaron al continente americano cinco siglos atrás. Aquel oro, cuenta Galeano, financió la revolución industrial inglesa y consolidó la hegemoní­a europea, al tiempo que condenaba a la pobreza a los pueblos latinoamericanos, cuya «derrota estuvo siempre implí­cita en la victoria ajena».

Quinientos años después, muchas cosas han cambiado; otras, no tanto. Las venas de América Latina, un continente muy rico con muchos pobres, siguen abiertas mientras los grandes capitales locales o extranjeros expolian la riqueza de unos pueblos originarios condenados a desplazarse o desaparecer. Con una diferencia: el oro y la plata se agotan. Ya no es rentable explotar los socavones mineros. Así­ que la lógica del sistema impone un nuevo modelo de explotación: la minerí­a a cielo abierto. A saber: mediante colosales explosiones, se detonan los cerros; a continuación, la roca se sumerge en una mezcla de agua y cianuro, para separar el oro de la piedra: es el llamado proceso de lixiviación. 

Las consecuencias para el medio ambiente son más que alarmantes, comenzando por los daños al paisaje y la biodiversidad que producen esas brutales detonaciones en regiones protegidas como la Biosfera de San Guillermo, en la provincia de San Juan, al noroeste argentino, que acoge la mina de Veladero, de la canadiense Barrick Gold. En una región semidesértica, este proyecto minero gasta consume entre 80 y 100 millones de litros de agua potable al dí­a, según el documental. En su documental Tierra sublevada. Oro impuro (2009), del diputado y cineasta Fernando Pino Solanas. No sólo eso: la minerí­a a cielo abierto amenaza los glaciares argentinos, su mayor reserva de agua dulce.

La megaminerí­a es una de las metáforas más tristes del absurdo de un sistema económico que confunde desarrollo con crecimiento del PIB, y beneficio con dinero; los gobernantes latinoamericanos, sin excepción, se han convertido en los mejores aliados de las empresas mineras. Se les ofrece un marco legislativo de ensueño, como el que dejó en Argentina el gobierno neoliberal de Carlos Menem: bajas regalí­as, exenciones fiscales, subsidios, escasos controles y el compromiso de que el Estado se hará cargo del riesgo ambiental y de los costes de transporte y flete. A su favor, polí­ticos y empresarios, con la inestimable ayuda de los medios de comunicación, argumentan que la minerí­a llevará empleo y desarrollo a regiones empobrecidas. Pero la realidad es tozuda, y el avance de la megaminerí­a deja a su paso un reguero de contaminación y escombros, así­ que ese discurso no cala. 

No a la Mina

«Mina es muerte». «El agua vale más que el oro». «No a la Mina. Sí­ a la Vida». Lemas como estos se repiten en las calles y las carreteras al atravesar las provincias de San Juan, Catamarca, La Rioja, Salta, Jujuy. La megaminerí­a se ha convertido en el principal foco de las resistencias sociales no sólo en Argentina, sino en toda la región, porque, como afirma la investigadora Mariela Spamva, «plantea un conflicto territorial: compite por recursos, como la tierra y el agua, y reestructura e influye la forma de vida de los pueblos«, resume Spamva. La megaminerí­a amenaza las economí­as locales basadas en la agricultura o el turismo, y desplaza a comunidades enteras de indí­genas y pequeños campesinos, aunque los protegen leyes que son papel mojado frente a los intereses del capital. 

La montaña impone sus tiempos y su silencio. La cordillera andina, la espina dorsal de una América Latina con las venas todaví­a abiertas, se alza majestuosa, con sus cerros de mil colores, atravesando el continente suramericano. En el Paso de Aguas Negras, que comunica Chile con la provincia de San Juan, a 5.000 kilómetros de altura, hace frí­o y calor al mismo tiempo. Basta permanecer allí­ un instante para entender, siquiera un poco, esa idiosincrasia andina que resiste silenciosa, que conecta con la tierra, que venera su montaña. Basta presenciar una sola vez el espectáculo inefable de la luz del amanecer sobre los cerros multicolores de Jujuy para escandalizarse ante la sola idea de que se esté pulverizando la montaña para extraer las sobras del oro que aún guarda la montaña en sus entrañas. 

Potosí­, en Bolivia, es el sí­mbolo del despojo. De donde brotaban rí­os de plata, sólo quedan ruinas que se alzan como una acusación. «La perpetuación del actual orden de cosas es la perpetuación del crimen», escribió Galeano hace cuarenta años. Sus palabras son hoy más oportunas que nunca. Y el oro sigue siendo la más triste metáfora de la codicia del hombre blanco, que, cinco siglos después, sigue sin entender que el oro no se come.

* Versión resumida del reportaje publicado en el nº 5 de la revista Números Rojos.  Fotografí­a de Alisson da Paz y David Alves. 

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