Comida, S. A.

 

Para todos aquellos a los que no les dé miedo pensar, imprescindible el documental Food Inc., que habla sobre los peligros y sinsentidos de la industria alimentaria en Estados Unidos, pero que -cosas de la globalización- se podrí­a aplicar a prácticamente el mundo entero. Advertencia: cambiará tu perspectiva ante la comida y ante el mundo. Entenderás que, cuando hablamos de consumo responsable, no sólo está en juego el futuro del planeta Tierra o las condiciones laborales de personas que viven en la otra punta del mundo, sino tu propia salud.

El punto central del documental es hacernos comprender que detrás de los alimentos que consumimos no hay granjas, sino fábricas, y que éstas están en manos de grandes corporaciones, cada vez más grandes, más poderosas y más concentradas, que controlan toda la cadena de producción, desde la semilla hasta el supermercado. McDonald’s, por su volumen, juega un papel protagonista: controla el 80% del mercado de vacuno y es el comprador principal no sólo de lechuga, tomate o pollo, sino incluso de manzanas. Esto le da un poder de presión enormemente ventajoso sobre los productores. Y esto es peligroso, por varios motivos.

Primero, por las consecuencias para la salud de entender los criaderos de pollos, vacas o cerdos como cadenas de montaje en las que igual da si se produce comida o zapatos. Una granjera denuncia que las grandes empresas imponen la lógica de la cadena de montaje y obligan al granjero a que produzca cada vez más, en menos tiempo y más barato. Si se puede criar un pollo en 49 dí­as, ¿por qué gastar tres meses? Se modifican los pollos genéticamente para que tengan más pechugas; los animales, a menudo, están tan engordados artificialmente que no pueden cargar su propio peso y se desploman al segundo paso. Viven literalmente hacinados, sin espacio para caminar. Las vacas son arrojadas al matadero con la misma delicadeza que se depositan las bolsas en un vertedero. “Esto no es criar pollos, es producción en masa”, sentencia la granjera.

 

Todo el entramado agroindustrial se sostiene sobre los bajos precios del maí­z. Para lograrlo, la industria ha hecho una larga labor de ‘lobbying’ que ha fructificado en polí­ticas y subsidios que incentivan la producción de maí­z, un producto que hoy ocupa el 30% de los campos en Estados Unidos. Esto garantiza los bajos precios del jarabe de maí­z alto en fructosa, que se encuentra en buena parte de los productos que se encuentran en el supermercado, como los cereales para el desayuno. También posibilita la rebaja de los precios de la carne, pues el ganado se alimenta con grano. ¡Incluso a los peces se les da maí­z! Si las vacas están diseñadas por la naturaleza para comer pasto y las engordamos con maí­z, saldrá barato a las empresas, pero a nosotros no nos saldrá gratis. Una de las trágicas consecuencias de esta perversión ha sido la aparición de la bacteria E-coli, que puede tener consecuencias mortales.

Otra consecuencia evidente de los subsidios al maí­z es la mala calidad de la alimentación. La sensación de diversidad que tenemos al entrar en un supermercado, lleno de coloridos envases y múltiples marcas, es pura ilusión. La mayor parte de las marcas pertenecen a unas pocas corporaciones; el 90% de los productos que se comercializan en Estados Unidos tienen soja o maí­z y la gran mayorí­a, transgénicos. El subsidio a estos productos convierte a las calorí­as basadas en maí­z o glucosa en las más baratas, con lo que, cuanto menos recursos tenga una persona, más posibilidades tendrá de caer en la obesidad o la diabetes. Comprar un tomate o una cabeza de brócoli suele ser más caro que adquirir una hamburguesa completa en el McDonald’s.

A menudo, la industria coloca en el individuo la responsabilidad como consumidor para prevenir estas enfermedades. Pero se nos oculta algo: estamos diseñados genéticamente para desear tres sabores: sal, azúcar y grasa. Los alimentos que contienen esos sabores son escasos en la naturaleza, pero abundantes en el supermercado: así­ que la industria pulsa nuestros botones evolutivos para ofrecernos hamburguesas, refrescos de cola, dulces de chocolate y tantos otros productos que no sólo nos resultan más tentadores, sino más baratos que el brócoli.

 

Food Inc entrevista a un granjero de verdad, de esos que usan sombrero, muerden una brizna de paja y muestran con orgullo su ganado de verdad, pastando sobre pasto de verdad, en una granja de verdad. í‰l explica, con la convicción del sentido común, que en su granja las propias vacas abonan la tierra, y no hace falta traer fertilizantes en camionetas; que la naturaleza es un sistema perfecto donde nada se desperdicia, mientras nuestras absurdas cadenas de montaje humanas son algo sucio y feo. “La comida industrial no es honesta”, dice. Y tampoco barata, si incluyéramos esos costes sociales y ambientales que los empresarios ‘externalizan’. “Si miras a un cerdo como un objeto para lucrarte, también verás así­ a otros individuos y pueblos”. Como a los trabajadores de esas cadenas de montaje diseñadas para que sus movimientos sean tan sencillos que puedan sustituirse con la misma facilidad que si cambiáramos un tornillo. Como a los agricultores mexicanos a los que, tras el tratado de libre comercio con Estados Unidos, el maí­z subsidiado yanqui dejó sin trabajo y obligó a emigrar al norte del Rí­o Negro, para aumentar las hordas de mano de obra barata que llegan a los campos.

Actualmente, un producto recorre una media de 1.000 kilómetros para llegar de la granja al supermercado. La carne que comemos en una hamburguesa es una mezcla de diferentes animales, procedentes de diferentes vacas, esas mismas que no podí­an ni caminar tras un intensivo proceso de engorde a base de grano barato y transgénico. Frente al absurdo, una convicción: no se puede aplicar a todo la lógica del capitalismo. No a la tierra, al agua, al alimento.

 

 

Food Inc. nos insta a concienciarnos de que el consumo es un acto polí­tico, y ‘votamos’ cada vez que pasamos un producto por la caja del súper. Pero, además de los comportamientos individuales, hace falta forzar los cambios polí­ticos para que una alimentación saludable sea más barata y accesible que la comida basura. La alimentación saludable es un derecho, y los derechos se conquistan. No nos los regalarán esos mismos polí­ticos que se conchaban, puertas giratorias mediante, con las empresas a las que deberí­an fiscalizar.

Lo decí­an nuestras madres: lo barato sale caro. Y con la comida no se juega.

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