El consumo ético debe llegar al turismo

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Por Aarón Blanco

No hace mucho tiempo que, en la casa de verano de una persona amiga, en Finlandia, una conversación derivó hacia todos los males que los extranjeros llevaban a esas tierras. Yo soy uno de ellos, no nací­ dentro de estas fronteras -deidades ávidas de sacrificios humanos como las definió alguien. Yo no manejo con soltura el idioma en el que la charla se desarrollaba, por eso dependí­a de los fragmentos que mi amigo/a me fuera traduciendo. Esto que puede ser una desventaja a la hora de expresar las ideas de uno, también puede suponer un provecho pues permite reflexionar más antes de hablar, algo que estoy tratando de cultivar por déficit. El caso es que la conversación continuó un rato en esos términos y mi indignación iba en aumento puesto que -y es algo en lo que yo también caí­a hasta que fui consciente de ello- quedaba patente que solamente fijaban su atención a los inconvenientes que los inmigrados pudieran causar -que normalmente suelen ser simples interferencias con los códigos sociales establecidos- sin prestar el mí­nimo interés a los beneficios que las mezclas culturales (y genéticas) suelen traer a las sociedades.

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En ese momento, en inglés, decidí­ tomar partido irónicamente rompiendo una de las normas de comportamiento más respedadas en este paí­s: interrumpí­ al que estaba hablando para preguntar si no creí­an que ellos generaban problemas cuando se iban, pongámosle, a Grecia -como habí­a sucedido poco tiempo antes- de vacaciones. Respondieron que no, que incluso era positivo por la «generación de riqueza» que suponí­a el turismo al sur de Europa. En ese momento comprendí­ que el dinero polariza las impresiones con respecto a la mayorí­a de los fenómenos humanos actuales, es decir, que si el movimiento de personas da dinero al lugar que los recibe, inmediatamente esto anula toda consecuencia negativa. Les indiqué que no estaba al dí­a de las problemáticas de Grecia a ese respecto, pero que los habitantes de muchos puntos de la costa española tení­an que sufrir disrupciones de su vida cotidiana por jóvenes extranjeros -y no tan jóvenes- que ya que van una o dos semanas de vacaciones, las quieren vivir al lí­mite y se emborrachan, se violentan, molestan a los vecinos del lugar, destruyen mobiliario urbano y se enfrentan con las fuerzas de seguridad, para las cuales, no solamente la represión de estas actitudes sino también el cuidado de las personas que las llevan a cabo supone todo un reto.

A esto me respondieron que tení­a razón, pero haciendo gala de ese mecanismo de protección psicológico que todos tenemos, me dijeron que ellos no formaban parte de esa gente. Traté de hacerles entender que ese era solamente un ejemplo de las diversas problemáticas, que una que me preocupaba más todaví­a sabí­a que habí­a sido alentada por ellos al alojarse en hoteles «en primera lí­nea de mar». Pusieron cara de no entender y les expliqué que para dar cabida a los turistas que vienen a España haciendo, al mismo tiempo, lugares más atractivos para ellos, las constructoras mantení­an una carrera para construir lo más cerca del mar posible, algo que durante unos años estuvo controlado debido a las normativas -que aún así­ eran insuficientes y no se cumplí­an-, pero que estaba a punto de desregularizarse para volver a dar el pistoletazo de salida para poder construir a escasos metros del agua.  Esto no solamente supone un graví­simo problema medioambiental, destruyendo parajes naturales de gran belleza y atentando contra la rutina de algunas especies de aves, sino que además, por hacer privatizar y vallar lugares que antes eran públicos, los lugareños en muchas ocasiones han de dejar de ir a sus lugares de costa favoritos -no solamente playeros- para ceder su disfrute exclusivo a los turistas.

Esto pareció calarles y hacerles entender que, ciertamente, sus desplazamientos a otras partes de la geografí­a mundial, también generan inconvenientes y, en algunos casos, mayores que los que los inmigrados traí­an a «sus» territorios, pues estábamos hablando de problemas medioambientales y de justicia social, algo con lo que los miembros de esta familia sí­ están muy sensibilizados.

Con el uso de un argumento válido me hicieron ver que eso se debí­a a la corrupción de los polí­ticos y que eso era responsabilidad nuestra, que ellos no los elegí­an. Sin poder quitarles la razón, puesto que gran parte de la miseria que tenemos en nuestro paí­s nos la buscamos nosotros mismos en las urnas, les respondí­ que si los turistas hicieran un acto de consumo responsable también en sus paquetes de veraneo y adquirieran habitaciones en hoteles que no estuvieran a menos de quinientos metros de la costa, los constructores deberí­an cambiar sus hábitos destructivos por la falta de demanda de estos espacios. Por lo que de alguna manera también estaban alimentando el problema. Al final concluyeron, con gran acierto, que desearí­an que alguien les indicara las problemáticas de los paí­ses a los que viajan para así­ estar más informados sobre los posibles efectos que sus viajes puedan tener en la naturaleza del lugar como también en la vida de los lugareños.

Al final llegamos a la conclusión al tiempo que dejamos un nicho de mercado abierto, que el consumo ético también tiene que llegar al turismo -en otro momento me gustarí­a tratar los desplazamientos- y que los que deseen viajar tienen la responsabilidad de pedir información al respecto de estas problemáticas de los destinos que quieren visitar, solamente así­ las empresas se pondrán las pilas para satisfacer las necesidades de sus clientes, puesto que hasta ahora las mismas se valen del desconocimiento para alimentar a un monstruo que ingiere millones de euros y miles de metros de costa.

Como podréis entender, al tiempo, también pusimos en perspectiva las supuestas bondades que todos tenemos claras -por repetición- sobre el turismo y las maldades que la inmigración trae a los paí­ses.

¿Somos como islas rodeados de mar?

Uno de las preguntas que me hago en este proceso es si somos una isla en medio del mar. El camino que recorremos tiene un claro objetivo del «bien común», y como tal, debe ser compartido, pero muchas veces uno no sabe cómo transmitir esta información a las personas de su entorno pues, las que ya están en el proceso de la racionalización del consumo no precisan de la mayorí­a de información que tú puedes ofrecer, y el resto de personas suelen ser reticentes a recibir estos estí­mulos, porque al fin de cuentas, les estás transmitiendo que desde tu visión están haciendo algo mal, como podrí­a ser comprar sus prendas en Zara o H&M y no preocuparse por el origen de la carne que consumen.

No está socialmente censurado, a pesar de que el individuo en concreto se pueda molestar, que a una persona que fuma le digamos lo mal que hace al mantener ese vicio, al contrario que con una persona obesa sobre la que observamos que sus hábitos alimenticios son incorrectos: está mal visto que podamos atrevernos a decirle a esa persona que come demasiado y que, por cuestiones de salud, deberí­a moderarse. Sin embargo, en ambos casos, con mayor o menor efectividad, lo que se alza es una voz colectiva que habla de los problemas que provoca fumar o la obesidad, es la sociedad, cuando un problema se identifica como importante, la que se encarga de difundir estos mensajes por diversos medios: o por iniciativa estatal, o por la lucha de un colectivo concreto, porque se empieza a difundir en los medios, porque se convierte en una preocupación general, etc.

Es entonces responsabilidad de todos nosotros expandir este mensaje con el objetivo de que, de alguna manera, comience a estar en boca de todos y, puedo decir por experiencia propia, que debemos encajar que una persona se pueda molestar con nosotros por plantear dudas sobre sus hábitos de consumo: una persona cabreada suele ser una persona que ha reaccionado a un estí­mulo, y si sabe leer sus emociones, con el tiempo sabrá desbloquearse y la semilla plantada hará que comience a reflexionar y, eventualmente, a desarrollar pequeños cambios en sus hábitos que le lleven a hacer un consumo más responsable con el que pueda sentirse, en última instancia, más a gusto consigo misma.