Cinco años combatiendo el consumo irresponsable

 

Carro de Combate nació cuando Laura, que escribía desde Camboya, y yo, que lo hacía desde Brasil, nos dimos cuenta que estábamos denunciando en nuestros reportajes dinámicas similares, como las condiciones casi esclavistas de los trabajadores y trabajadoras de países latinoamericanos y asiáticos en los cañaverales o en los talleres ilegales del textil, productos que, en ambos casos, terminaban siendo consumidos por los países del Norte global, incluida España. Un día, quisimos aunar fuerzas y preguntarnos cuál era la relación entre esas situaciones de explotación y el contexto global, y entender qué podríamos hacer, como periodistas y como consumidoras, desde una situación que es de privilegio frente a esas poblaciones abocadas a la sobreexplotación por el chantaje de la miseria y el hambre. Lo demás, fue llegando poco a poco: nuestra primera investigación sobre la industria del azúcar –Amarga Dulzura-, nuestros informes de combate sobre productos, recopilados después en el libro Carro de Combate. Consumir es un acto político de Clave Intelectual; la investigación en profundidad sobre el aceite de palma, financiada a través de un crowdfunding, o el reciente libro La dictadura de los supermercados, publicado por Akal.

En ese camino, fuimos descubriendo que el consumo como acto político es un concepto muy poderoso, que nos interpela de un modo directo y que nos permite introducir pequeños y grandes cambios en nuestras vidas cotidianas, mientras interiorizamos que, como decía Gilles Deleuze, no hay dos luchas, una interna y otra externa, sino que se trata de una misma lucha: “El combate revolucionario que se ha de llevar a cabo en el exterior y en el interior es exactamente el mismo” (Deleuze, Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia). En otras palabras, las de Mahatma Gandhi: “Sé la revolución que quieres ver en el mundo”. Que tal vez no pasa por la toma del poder central, sino por esa revolución de lo cotidiano a la que se refería John Holloway.

Con cada gesto cotidiano -no sólo de consumo, sino cualquier interacción humana o cualquier gesto que afecta a nuestro medio natural- ayudamos a reforzar unas estructuras o a combatirlas; en una sociedad tan injusta, tan enferma como la que habitamos, no hay lugar para la neutralidad. Si compras en Zara, contribuyes a que Amancio Ortega sea uno de los hombres más poderosos del mundo a costa de las trabajadoras de los países del Sur global. Si compras moda sostenible, puedes contribuir a que surjan nuevas iniciativas que portan semillas de cambio para otros mundos posibles. Sin olvidar nunca que la coherencia absoluta es imposible, al menos para quienes vivimos en ciudades, y que obsesionarse con ella puede ser el mejor camino a la frustración. Mejor informarnos, ir introduciendo cambios según vamos conociendo las alternativas, ir modificando nuestros hábitos de consumo, cuestionando por qué creemos necesitar ciertas cosas que a buen seguro no necesitamos, y también, encontrar en paralelo mecanismos de presión para influir en nuestros gobernantes y obligarles a que impongan restricciones legales a las empresas, para que éstas dejen de ser impunes en sus violaciones de los derechos humanos y en su trato irresponsable con la naturaleza. En definitiva, se trata de invertir el orden de fuerzas actual, en el que las grandes multinacionales se escudan en códigos éticos voluntarios, que suelen incumplir sistemáticamente, para evitar el peso de la ley al que los ciudadanos de a pie sí estamos sometidos.

Hoy como hace cinco años, Carro de Combate es también un intento muy personal por hacer viable el periodismo que nos interesa y que consideramos imprescindible: el periodismo independiente (aunque eso debería ser una redundancia) y de investigación. Pausado, reflexivo, riguroso. Ese por el que no apuestan los grandes medios, porque es caro, y porque no interesa a los poderosos que están detrás de esas empresas mediáticas. Como nosotras, muchos colegas en los últimos años, aprovechando las posibilidades de las nuevas tecnologías de la información, andamos explorando modelos que nos permitan hacer un periodismo digno. Hasta el momento, nuestro modelo se ha basado únicamente en las donaciones de nuestros mecenas, que han posibilitado que podamos financiar los gastos administrativos e informáticos; pero todavía estamos muy lejos de ser sostenibles, y no hemos conseguido remunerar nuestro trabajo para poder liberar el tiempo que requiere la investigación. Por eso seguimos animándoos a que, si os interesa nuestro trabajo, lo apoyéis divulgando nuestros contenidos -porque el periodismo no es nada sin sus lectores-, pero también contribuyendo económicamente para que podamos continuar investigando.

Gracias infinitas a todas y todos los que, hasta ahora, nos habéis ayudado a llegar hasta aquí. Seguiremos, porque estamos cada día más convencidas de que no hay democracia sin derecho a la información -que es un concepto mucho más amplio que el de la libertad de expresión al que tanto apelan los grandes grupos mediáticos- y de que, si el consumo es un acto político, entonces la primera batalla es la de la información.