Nuevo capí­tulo de Amarga Dulzura: la industria del azúcar en Camboya

Sólo unos pocos trabajadores pertenecen a los alrededores y no viven en el complejo. Uno de ellos es Chea Cheat, un robusto hombre de 38 años, un mook khmaw (cara quemada), como llaman a los agricultores en Camboya por el tono oscuro de su piel. Cheat cuenta que el trabajo en los cañaverales no es fácil. «Apenas puedo hacerlo más de tres dí­as seguidos. Al cuarto ya no me puedo ni levantar, así­ que busco otros pequeños trabajos para completar», asegura el jornalero que antes plantaba en el mismo lugar varias toneladas de arroz. La jornada empieza con las primeras luces y se acaban cuando el sol ya se está poniendo. Unas trece horas bajo el abrasador sol de Camboya (la recolección se hace durante la temporada seca, cuando más calor hace), cortando y transportando los gruesos tallos por los que cobran al peso. Por una jornada entera, Cheat cobra unos 5 dólares si trabaja a pleno rendimiento. «Todo depende del jefe de equipo que tengas. Unos pagan mejor que otros», afirma el agricultor. Las plantaciones se estructuran de forma jerárquica. Las empresas conceden la explotación a una especie de agentes, que se encargan de buscar trabajadores y de organizar el trabajo. A menudo, una «agencia central» contrata a jefes de grupo y son estos los que buscan la mano de obra. Cuantos más intermediarios hay en la cadena, menos dinero suele llegar al último eslabón. Era el caso de Srei Yeung, una menuda mujer de 40 años, a quien sólo le pagaban 1,25 dólares por cada dí­a de trabajo. «Era una miseria y el trabajo era demasiado duro, así­ que no lo he vuelto a hacer», afirma enfadada.

En este último eslabón hay a menudo niños de poco más de 10 años. «Toda la familia vive en los campos y los niños suelen ayudar a sus familias para conseguir más dinero», dice Cheat. El diario local The Phnom Penh Post publicó en el mes de enero un reportaje sobre el trabajo infantil en los cañaverales en la provincia de Kompong Speu, a unos 100 kilómetros al norte de Srae Ambel. El periódico pudo entrevistar a varios menores, de hasta 12 años de edad, que cortaban caña durante unas nueve horas diarias. Muchos no podí­an ir al colegio y otros intentaban compaginarlo. La compañí­a Phnom Penh Sugar, propietaria de las plantaciones, mandó una orden a los agentes para no contratar a menores, pero dos meses después, la cadena Al Jazeera volvió a encontrar a niños con el machete en la mano.

La disputa de Srae Ambel no es un caso único en el paí­s asiático. En Camboya, las expropiaciones se han convertido en una moneda corriente de cambio. Es un «paí­s en venta», como tituló la organización no gubernamental Global Witness -Testigo Global- su informe de 2009 sobre Camboya que detalla cómo se están concediendo las tierras de forma masiva a personas cercanas al gobierno y a empresas extranjeras, principalmente chinas y vietnamitas. «Después de haberse enriquecido con la tala de gran parte de los recursos forestales del paí­s, la élite camboyana ha diversificado sus intereses comerciales para abarcar otras formas de activos estatales. Estos incluyen la tierra, la pesca, las islas tropicales y playas, los minerales y el petróleo. El paí­s está siendo rápidamente parcelado y vendido. En los últimos 15 años, el 45 por ciento de las tierras ha sido comprado por intereses privados», asegura el informe.

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