El boicot al aceite de palma no es la solución

Fruto de la palma. Imagen tomada en Esmeraldas (Colombia) por Jheisson A. López.

 

Cuando en Carro de Combate decidimos hacer una investigación en profundidad sobre los impactos del aceite de palma, y logramos financiarnos con un crowdfunding para viajar a algunos de los países productores, no imaginábamos que, poco después, se iba a hablar tanto de la palma en España. En el momento en que nosotras arrancamos, hace unos tres años, muchas personas no habían oído hablar del aceite de palma, pues hasta ese momento ese ingrediente aparecía camuflado en las etiquetas bajo el genérico “aceites vegetales”. Una vez cambió la legislación y los productores comenzaron a indicar el tipo de aceite que usaban, los españoles se sorprendieron al comprender la barbaridad de cosas que consumen cotidianamente y que están elaboradas con aceite de palma: alrededor de una de cada dos cosas que se venden en el supermercado.

En estos últimos meses, el aceite de palma se ha puesto de moda, y lo hecho en forma de alarma generalizada sobre los posibles impactos negativos sobre la salud de este tipo de aceite, a pesar de que, como suele suceder en temas nutricionales, diferentes estudios llegan a conclusiones muy diversas. Pero más allá de los detalles concretos, la mayoría de los estudios y expertos coinciden en que el abuso de una grasa saturada que es utilizada fundamentalmente en productos procesados no es muy saludable, ya proceda del aceite de palma o de otra grasa similar.

En el caso de la palma como en los demás que hemos investigado en cinco años de Carro de Combate, nuestro foco no está tanto en los efectos sobre la salud de los consumidores como en la diversidad de impactos socioambientales que genera la palma africana en las diferentes fases de la cadena de extracción, producción, transporte y distribución, consumo y desechos. El consumo es, pues, sólo una de esas fases y, aunque sea la que más nos afecta directamente, el resto de las fases también lo hace, porque el planeta es uno y no conoce de fronteras. Si la deforestación que provoca la palma en el Sudeste asiático o en Centroamérica nos está dejando sin bosques tropicales, eso nos afecta más directamente de lo que pensamos. Y si el aprovechamiento industrial de este aceite maleable y rentable provoca el desplazamiento masivo e incluso el asesinato y amedrentamiento de campesinos, eso nos debería afectar también. Porque no hay emancipación humana sin justicia global. Porque, como decía Khrisnamurti, no existe tal cosa como mi sufrimiento o tu sufrimiento: sólo existe el sufrimiento humano, que a todos nos atraviesa.

Por eso pronto comenzó a incomodarme cuando las empresas multinacionales de producción y distribución, las mismas que habían provocado el problema, comenzaron a liderar el necesario debate sobre el uso y abuso de palma por parte de la industria agroalimentaria, así como antes la Mesa Redonda de Palma Sostenible (RSPO, en sus siglas en inglés), promovida por Nestlé y Unilever, había “abanderado” la lucha contra la destrucción ecológica que estaba provocando el monocultivo.

Cuando Alcampo o Mercadona dicen que dejarán de vender productos con aceite de palma, a buen seguro no están diciendo que dejarán de vender alimentos ultraprocesados: y entonces, ¿con qué producto sustituirán el aceite de palma esas marcas? Seguramente, con uno que sea lo más rentable posible; tal vez, con algún derivado de la soja, que provoca en el Cono Sur americano, en países como Argentina y Brasil, impactos socioambientales tan profundos como los que provoca la palma aceitera en las regiones tropicales. Y entonces, ¿no estaremos complicando más las cosas con esta solución? Pienso en los campesinos colombianos que conocí realizando esta investigación, que acaban de plantar palma, un cultivo a 25 años de cuya rentabilidad les convencieron los grandes empresarios y los funcionarios públicos; pienso cómo se irían a la quiebra la demanda baja bruscamente, y cómo, paralelamente, el agronegocio se expandirá hacia nuevos territorios para sustituir el ingrediente maldito por otro igual de nefasto, pero con mejor prensa. Y ello, mientras la palma se sigue plantando para producir agrodiésel.

El problema nunca fue la palma aceitera: el problema no puede ser una planta. El problema es el modelo del agronegocio industrial y globalizado que está arrasando con otros modos de cultivar la tierra, que pueden no ser perfectos, pero son sin duda más sostenibles ambientalmente y más justos socialmente. El problema, a fin de cuentas, es haber dejado al sistema capitalista, regido por la ganancia, cuestiones tan fundamentales como qué comemos, cómo cultivamos y cómo nos relacionamos con los demás seres humanos y con la naturaleza. Y entonces, el problema es tan complejo que requiere de soluciones que lo aborden en toda su complejidad. Una solución tan fácil como cambiar un ingrediente con otro no sólo no resuelve el problema, sino que puede empeorar las cosas.

¿Qué hacer, entonces? Que la solución no sea simple no significa que no haya solución. El capitalismo es una creación humana y, como tal, permanecerá el tiempo que lo decidan los seres humanos que habitamos la tierra. Podemos empezar, por ejemplo, por ir más al mercado y menos al supermercado. Por comprar más frutas y verduras -si son agroecológicas, compradas directamente a pequeños productores, mejor- y menos “alimentos” ultraprocesados. Por hacernos conscientes de cómo nos manipula la publicidad y cómo cada detalle en el supermercado está milimétricamente diseñado para que, creyéndonos libres, compremos lo que ellos quieren que compremos. Por hacernos preguntas que nos lleven a cuestionar el sinsentido de este orden económico global que alberga absurdos tales como los alimentos kilométricos o la obsolescencia programada.

Cada vez estoy más convencida de que las soluciones pasan por colocar en el centro la noción de soberanía alimentaria y la agroecología como programa político. Por más que los poderosos quieran siempre robarnos las palabras, agroecológico es mucho más que una certificación que te asegura que los productos que compras en el supermercado son más saludables que los que se pagan a un precio inferior: esto, además de cuestionable -hartos estamos de conocer estafas y engaños por parte de las industrias-, nos lleva a un mundo distópico donde sólo los ricos pueden acceder a alimentos saludables, mientras el resto nos resignamos a comer veneno. Agroecología implica un reparto justo de la tierra, supone capacidad de los productores para cultivar alimentos saludables y venderlos a un precio justo, y requiere de nuestra inventiva para crear nuevos canales de distribución que superen el actual cuello de botella que suponen los intermediarios. Y está enmarcada en un proyecto político más amplio, que necesariamente ha de colocar en el centro el criterio de justicia social y ambiental, y por tanto, pasa por desmontar la omnipotencia actual de las corporaciones globales.