Guión del primero Episodio del Podcast de Carro de Combate: Moda Basura

Por fin lo hemos hecho. Quienes nos conocéis sabéis que llevábamos mucho tiempo queriendo hacer un podcast de Carro de Combate. Y por fin está aquí. En este espacio vamos a analizar, como siempre hacemos, lo que consumimos pensando en sus impactos sociales y medioambientales. 

Somos Aurora, Raquel y una servidora, Laura. Empezamos. 

Vamos a explicar un poco cómo va a funcionar este podcast. Estos capítulos van a ser monográficos. En cada uno de ellos hablaremos de una industria concreta y, en algunos casos, de aspectos específicos de una industria. En algunos episodios, como por ejemplo el de hoy, estaremos sólo nosotras contando las investigaciones que nosotras mismas hemos hecho para Carro de Combate, pero en otros invitaremos a personas expertas para que sean ellas mismas quienes nos den las claves del tema del que estemos hablando. 

Y recuerda que si eres mecenas, podrás ver este vídeo de forma exclusiva unos días antes de su lanzamiento oficial, y que además, siendo mecenas, nos estarás apoyando para que podamos seguir haciendo episodios como este. 

Y como no podía ser de otra manera, para este primer podcast vamos a hablar de una de las industrias que más hemos investigado: 

No me digas: el sector de la moda. 

De hecho, el sector textil es uno de los primeros que investigamos, cuando ya empezamos en 2012, y en los últimos años hemos llevado a cabo una nueva investigación centrada en los impactos socioambientales que hemos llamado ModaBasura. Y que, como todas las investigaciones que hacemos, nos ha llevado a analizar las principales empresas, su publicidad, y la situación en diferentes países, entre otros. 

Cada año se producen más de cien mil millones de prendas de ropa en el mundo. Muchas de ellas apenas se usarán unas pocas veces. O solo una. En ocasiones, incluso ninguna.
Porque la moda se ha convertido en un producto de usar y tirar. Y detrás de esa ropa barata hay impactos que rara vez vemos.

Cuando hablamos de moda basura no estamos hablando solo de ropa de mala calidad. Hablamos de todo un modelo industrial basado en producir cada vez más cantidad, cada vez más rápido y cada vez más barato. Y con un único objetivo: que consumamos más sin pensar en las consecuencias

Este modelo tiene un nombre, que todas conocemos: fast fashion o moda rápida. Una moda que apenas nos ponemos unas pocas veces y que se consume casi como si fuera prácticamente un vaso desechable. 

Y esta moda rápida ha llevado a un gran incremento de la producción. En las últimas décadas, la producción textil mundial se ha duplicado, mientras que el tiempo medio de uso de las prendas se ha reducido de forma drástica. En 2023, se alcanzó un nuevo hito en la producción de fibras textiles, con 132 millones de toneladas producidas

Pero vamos a empezar por el principio. ¿Cuándo comienza todo esto?

El ser humano se ha vestido desde la prehistoria. Durante siglos sirvió para cubrir una necesidad básica, aunque con el tiempo fue incorporando un fuerte componente de identidad y estatus. Esto poco a poco va evolucionando y a partir de la Edad Media, vestir ya no era solo protegerse del frío, sino también mostrar quién eras y a qué clase social pertenecías.

El primer gran punto de inflexión llega con la Revolución Industrial, en el siglo XVIII, cuando el hilado y otros procesos empiezan a mecanizarse.

Sin embargo, el salto decisivo se da a mediados del siglo XIX cuando llas fábricas comienzan a producir ropa en masa. Ropa que ya no está hecha a medida. Este modelo se consolida tras la Segunda Guerra Mundial con la aparición del prêt-à-porter, que democratiza la moda y desafía a la alta costura.

Desde el inicio, esta industrialización estuvo ligada a condiciones laborales muy duras, especialmente para las mujeres, muchas de ellas migrantes, que trabajaban en las fábricas. 

Esto llevó a huelgas y manifestaciones por parte de las trabajadoras, siendo una de las más significativas la huelga de las camiseras, en la que miles de mujeres que trabajaban en talleres de Nueva York se levantaron en 1909 para demandar mejores condiciones laborales. Aunque hubo mejoras, como la reducción de la jornada laboral, dos años después, 146 trabajadoras, la mayoría mujeres, murieron en el incendio de la fábrica textil Triangle Shirtwaist. El incidente llevó a la aprobación de decenas de nuevas leyes que mejoraron las condiciones de trabajo y de seguridad en las fábricas, y también a la instauración del 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer.

La globalización del sector no es nueva, pero se intensifica a partir de la segunda mitad del siglo XX. Mientras la producción se concentraba en Europa y Estados Unidos, las materias primas procedían del Sur global. Con el auge del transporte marítimo en contenedores y el desmantelamiento de las barreras comerciales, la industria acelera su deslocalización.

A finales del siglo XX nace el fast fashion. Grandes grupos como Inditex introducen modelos logísticos que cambian por completo el ritmo de la moda: de dos temporadas al año se pasa a colecciones casi semanales.

En el siglo XXI, las redes sociales llevan esta lógica aún más lejos. Con el ultra fast fashion, empresas como Shein producen y lanzan miles de prendas nuevas cada día. La moda se vuelve instantánea. Y ahí es donde empieza, de verdad, el problema.

La consecuencia es una sobreproducción estructural: fabricamos mucha más ropa de la que podemos usar. Y esa sobreproducción es el origen de buena parte de los impactos que hemos analizado en Carro de Combate

La moda se presenta como algo efímero, ligero o creativo. Pero su huella es profundamente material: consume recursos, energía y trabajo humano a gran escala.

Y además es un fenómeno relativamente reciente. Porque nunca antes en la historia se había producido ropa a este ritmo ni en estas cantidades.

Uno de los impactos más invisibilizados de la industria textil es su enorme huella ambiental.
Empecemos por el agua. La producción de fibras, especialmente algodón, y los procesos de teñido y acabado consumen cantidades desorbitadas de agua dulce.

En muchas regiones del mundo, estas fábricas se instalan en zonas con estrés hídrico, compitiendo directamente con comunidades enteras por el acceso al agua.
Pero el problema no es solo cuánto agua se usa, sino en qué condiciones se devuelve al medio.

Los tintes y productos químicos empleados convierten ríos en auténticas cloacas industriales. Ríos que ya no sirven para beber, regar o pescar. 

De hecho esto es lo que investigamos en Bangladesh dentro de ModaBasura de la mano del periodista local Muktadir Rashid, quien documentó cómo las fábricas textiles han contaminado el Dhaleshwari, un río que pasa por las afueras de la capital del país, Dhaka, donde se concentran buena parte de los talleres de moda. Y nuestro compañero habló con los aldeanos locales como Pradeep, un pescador que aseguraba que ya no podía capturar nada porque el río estaba demasiado contaminado. 

Si quieres leer su historia puedes encontrarla en nuestra web.

Esto es a lo que nos referimos cuando hablamos de impactos socioambientales, porque los impactos medioambientales casi siempre vienen asociados a un impacto social de las comunidades donde se asientan estas industrias. Y a menudo esos impactos socioambientales han quedado a la sombra de otras realidades como las duras condiciones laborales, de las que también vamos a hablar. 

Vamos a volver a los datos sobre la huella ambiental de la industria, porque a todo esto que estamos contando, se suma el auge de las fibras sintéticas, derivadas del petróleo. De hecho las fibras sintéticas suponen ya el 63% de toda la materia prima que utiliza la industria, frente al 23% de las fibras orgánicas. 

Y esto, entre otros muchos impactos, contribuye a esa contaminación de las aguas de la que hablábamos. 

De hecho se calcula que, en un solo lavado, pueden desprenderse entre seiscientas mil y un millón y medio de fibras, dependiendo del tipo de tejido y del tipo de lavado, y que  hasta medio millón de toneladas de microplásticos procedentes de nuestras lavadoras llegan a los océanos cada año.  

Ante esta contaminación por microplásticos, nos han vendido como solución el reciclaje de poliéster para fabricar telas. Muchas habréis visto esos anuncios de botellas de agua que se convierten en cazadoras, jerséis o bolsos. Pues bien, resulta que al final es peor el remedio que la enfermedad y que las prendas de poliéster reciclado podría generar incluso un 55% más de microplásticos que las de poliester virgen.

Y hay una cosa más que es importante cuando hablamos de tejidos y de su impacto. No sólo importa de qué esté hecha la prenda, sino que las fibras no estén mezcladas, porque eso dificulta muchísimo su reciclaje. Cuando veas una etiqueta que ponga, por ejemplo, 50% de algodón y 50% de poliester, y otra que ponga sólo 100% poliester, va a ser mucho más fácil de reciclar esta última aunque sea toda de plástico. Y en esto es especialmente perverso el elastano, que es una fibra que se añaden para que la tela sea elástica y que es casi imposible de reciclar. De hecho, alguien de la industria me la calificó una vez como kriptonita del reciclaje textil. 

Y, por último, el clima. La industria de la moda es responsable de un porcentaje significativo de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Se calcula que produce aproximadamente el 10% global, que sería más que la aviación y el transporte marítimo juntos.

Y parte de esta huella procede de las fibras sintéticas de las que hemos hablado, pero la mayoría está relacionada con la logística y el transporte. Porque una prenda hecha por una gran marca suele viajar miles de kilómetros antes de llegar a la tienda donde te la encuentras. 

Pensemos en un ejemplo bastante realista, una prenda que se fabrica con algodón procedente de India. Este algodón probablemente se convertirá en tejido en un país como Pakistán y luego viajará a Bangladesh a las fábricas en las que la prenda será confeccionada. Finalmente será enviada a España para ser vendida. En total recorrerá entre 14.000 y 17.000 kilómetros.

Y puede que incluso más, porque con la competencia de empresas como Shein, cada vez más marcas de moda rápida convencionales están recurriendo a la logística por avión, alargando así sus cadenas. 

Un ejemplo es el de Inditex que, según una investigación, ha establecido su base logística aérea en Zaragoza y buena parte de su producción vuela desde Asia (u otros puntos del planeta) hasta allí antes de ser redistribuida a otros mercados. 

Esto hizo, por ejemplo, que en 2023 las emisiones de la empresa relacionadas con el transporte se incrementaran un 37 %. 

Quienes nos escucháis ahora mismo, sabed que los enlaces a todas estas investigaciones, reportajes e informes cuyos datos mencionamos aquí los encontraréis en nuestra página web. Con cada podcast, tendréis la posibilidad de consultar las fuentes de referencia utilizadas. 

Y por supuesto, no podemos dejar de lado los residuos. ¿Quién no ha visto las imágenes del desierto de Atacama llenas de montañas de basura? Y no es el único sitio porque se necesitan muchos vertederos para albergar los 92 millones de toneladas de ropa que se desechan cada año, ya que el 87% de esa ropa acaba siendo incinerada o depositada en esos vertederos. 

En muchos casos, la ropa usada viaja de nuevo hasta países del Sur Global, supuestamente como donaciones, pero a menudo terminan saturando los mercados locales y convirtiéndose en residuos sin gestionar. Esto es lo que pasa, por ejemplo en países como Ghana, un país que recibe cada semana 15 millones de prendas usadas, de las que cerca del 40% se consideran invendibles por la mala calidad. De hecho, las importaciones son tan grandes que en la capital del país, Accra, se había creado el centro de ropa de segunda mano más grande del mundo, el mercado de Kantamanto, que ardió en enero de 2025. 

La moda basura no solo tiene un coste ambiental. Tiene, sobre todo, un coste humano.
La mayor parte de la ropa que vestimos se produce en países del Sur global, en condiciones laborales marcadas por salarios bajos, jornadas interminables y una débil protección de derechos.

Hablamos de un sector profundamente feminizado, donde millones de mujeres sostienen la producción en fábricas y talleres. Muchas de ellas no ganan lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas.

Todo esto ocurre fundamentalmente porque la fragmentación de las cadenas de suministro permite a las grandes marcas desentenderse de lo que ocurre en los eslabones más bajos. Cuando sucede una tragedia, las responsabilidades se diluyen, pero el sistema no se detiene.

Además, la presión por producir rápido y barato impide cualquier mejora real en las condiciones de trabajo. Porque la precariedad no es una excepción: es una condición estructural del modelo.

Y eso conecta directamente con la idea de moda barata como algo aparentemente inocuo.

No podemos dejar de recordar aquí el suceso del Rana Plaza, que quizá muchas de las personas que nos están escuchando o viendo recordarán. 

El Rana Plaza era un edificio situado a las afueras de Daca, la capital de Bangladesh de la que ya hemos hablado. El edificio albergaba varios talleres textiles y el 22 de abril de 2013 apareció con grietas en la estructura, por lo que se recomendó evacuar el edificio. 

Sin embargo, los dueños de los talleres textiles obligaron a las miles de personas que trabajaban en ellos a entrar y continuar cosiendo. Porque a las trabajadoras no se les permitía perder ni un segundo, bajo amenazas de reducciones de salario o incluso de despidos. 

El edificio se derrumbó el día 23. Más de 1.100 personas murieron sepultadas y alrededor de 2.500 resultaron heridas. Se convirtió, de hecho, en el accidente industrial más grave de la historia del sector textil y en un símbolo brutal del coste humano de la moda barata.

El desastre del Rana Plaza generó una ola de indignación internacional. Y yo la verdad es que tengo que reconocer que en aquel momento fui bastante optimista porque pensé que un cambio real iba a ocurrir. Porque era tal la indignación, que realmente parecía que ya de verdad tanto las marcas como las personas consumidoras iban a cambiar el chip. Y sin embargo, por desgracia, poco ha cambiado desde entonces, por no decir que hemos ido incluso a peor. 

Es verdad que ha habido algunos avances en seguridad en las fábricas, porque no se quieren exponer a otro desastre de esas magnitudes, pero las condiciones laborales han cambiado muy poco. Por ejemplo, si hablamos de salarios, las trabajadoras siguen recibiendo un salario un 60% inferior a lo que necesitan para vivir dignamente. 

(Para consultar los datos sobre salarios que mencionamos a continuación, pueden encontrarse aquí)

Ya hemos hablado de la situación en Bangladesh, pero por poner datos concretos, en el país asiático el salario mínimo es de unos 98€ al mes, lo que supone aproximadamente un 37% de lo que necesitan para vivir dignamente. Pero lo peor es que hay incluso trabajadoras que no llegan a ese mínimo, en concreto un tercio de las trabajadoras dice que por debajo

En cuanto a China, que sigue siendo el principal exportador mundial y que ahora está creciendo de nuevo por el auge de Shein, el salario mínimo es mucho más alto, de 214 euros al mes, pero por el nivel de vida del país sólo cubre un 37% del salario digno. Además hay numerosos talleres clandestinos, muchos de ellos trabajando para Shein. Se han detectado también numerosos escándalos como el uso de trabajadores esclavos en los campos de algodón de la etnia Uyghur, un grupo minoritario que vive al oeste del país y que, al menos desde 2014, ha estado sometido a numerosas violaciones de derechos humanos como el trabajo forzoso que comentaba. 

Sin embargo, este repunte de la producción en China podría durar poco, porque los aranceles de la administración Trump están haciendo que Shein desplace su producción a su vecino Vietnam, que ya se ha convertido el tercer exportador mundial. 

En este país la situación de las trabajadoras no es muy diferente y el salario mínimo, de 132 euros mensuales, también supone poco más de un tercio de lo que necesitan para vivir

En cuanto a Turquía, que es el cuarto exportador mundial y un país considerado como de “producción de proximidad” para marcas españolas, el salario mínimo es de 135 euros al mes, lo que supone un 35 % del salario digno. 

Además, durante los últimos años se ha documentado la presencia de niños refugiados sirios en los talleres textiles en Turquía.

Y como hemos comentado antes fueron las investigaciones sobre el textil las primeras que hicimos en Carro de Combate, pero en concreto fueron esas condiciones laborales las que documentamos primero, en países como en Camboya, Brasil y Argentina y que fueron realmente las que dieron inicio a este proyecto.

Y las malas condiciones laborales van más allá de los bajos salarios. Durante todos estos años, las trabajadoras nos han contado cómo sus contratos eran siempre temporales y expiraban cada pocos meses, con una gran incertidumbre para ellas, la presión que sufrían para terminar las prendas sin apenas poder ir al baño, especialmente durante los picos de ventas como en las semanas previas a la Navidad, o los abusos físicos por parte de los empleadores. 

Y habréis notado que durante este podcast hemos hablado a menudo en femenino porque la industria de la moda tiene nombre de mujer. Pero no es porque su consumo se asocie mayoritariamente a la población femenina, sino porque las manos que la hacen posible son casi siempre de mujeres. De los entre 60 y 75 millones de personas que emplea el sector en el mundo, un 80 por ciento son mujeres

La mayoría están en la región de Asia-Pacífico, porque, como ya hemos visto, los principales exportadores son los países asiáticos. Y en algunos de ellos esta industria es la principal empleadora para las mujeres. En Camboya una de cada cinco mujeres trabaja en un taller textil;  en Pakistán y Sri Lanka, una de cada siete; y en Bangladés y Myanmar, una de cada nueve. 

Aunque el sector comienza a extenderse también al continente africano, especialmente países como Marruecos o Etiopía. 

En el caso de los sueldos, no solo las mujeres cobran salarios que apenas les permiten satisfacer sus necesidades básicas, sino que a menudo sus jornales son menores a los de sus colegas hombres. 

La brecha salarial es especialmente importante en Pakistán, donde las mujeres cobran un 48 por ciento menos, y en India, donde cobran un 39 por ciento menos. 

El abuso físico y el acoso sexual también están ampliamente documentados en la mayoría de los países donde esta industria está asentada. 

De nuevo en Bangladés, un estudio sobre la violencia de género en las fábricas encontró que un 76 por ciento de las trabajadoras encuestadas aseguraban que sufrían ​violencia de género de forma continuada en los talleres. De ellas, tres de cada cuatro eran víctimas de acoso sexual de forma regular. 

Los abusos más comunes en las fábricas, según este estudio, son bofetadas, que habían sufrido un 80 por ciento de trabajadoras, palizas, un 44 por ciento, o patadas, un 42 por ciento. Un seis por ciento reconocía además haber sido víctima de una violación por parte de un superior. La mayoría de los abusos, un 70 por ciento, no son denunciados por temor a las represalias.

Mira que llevamos años documentando todo esto, pero los datos siguen sorprendiendo. 

Y como no queremos dejaros así, sólo con los malos datos de la industria, no podemos dejar de hablar también de las alternativas, porque también las hay, y en Carro de Combate las hemos documentado durante todos estos años. Porque hay quien se esfuerza por producir con estándares éticos y sostenibles.

SÍ y hay también otras formas de consumir moda que no implican necesariamente comprar nada. De hecho, la primera regla de oro de la moda sostenible es alargar la vida de las prendas. Reparar la ropa —aprender a coser un botón, arreglar una cremallera o llevar una prenda a ajustar cuando ya no encaja— reduce de forma directa la necesidad de producir nuevas piezas. 

A esto se suma la segunda mano, una opción cada vez más accesible si se busca con criterio: no se trata de usar plataformas para deshacerse rápidamente de lo recién comprado en grandes marcas, sino de explorar mercadillos, tiendas locales y aplicaciones para encontrar prendas que ya existen y que aún tienen recorrido.

 En la misma lógica están los intercambios de ropa entre amistades: como compartir armario, organizar encuentros periódicos y dar una segunda vida a prendas que ya no usamos. 

También es clave apoyar marcas responsables, muchas de ellas produciendo en España con criterios sociales y ambientales más exigentes; para orientarse, conviene consultar directorios especializados que permiten identificar proyectos coherentes y transparentes. 

Y, por último, está el upcycling, que va un paso más allá del reciclaje: transformar retales y prendas usadas en piezas nuevas. 

Un ejemplo es Planeta Dots, que crea diseños a partir de excedentes textiles y ropa reutilizada, demostrando que es posible generar moda sin seguir alimentando la rueda de la sobreproducción. 

Porque, frente a la moda de usar y tirar, las alternativas existen: solo hay que mirarlas de cerca y darles espacio en nuestro día a día.

Sin duda, hay muchísimas opciones. Y yo voy a dejar una recomendación personal para quien quiera aprender un poquito más sobre cómo saber si una marca es sostenible, qué preguntas hacerse y dónde buscar, que es seguir a Martina Lubian en Instagram, porque ella va analizando marcas bajo distintos parámetros como el tipo de tejidos que utilizan, la cantidad de prendas que producen o el tipo de marketing que hacen. Y creo que es una buena manera de abordar el consumo crítico, haciéndose preguntas y sopesando las diferentes opciones. 

Y hasta aquí el primer episodio de este podcast, que se ha hecho tanto de rogar, de Carro de Combate. 

Y si has llegado hasta aquí y te ha interesado lo que te hemos contado, no dudes en echar un vistazo a nuestra web www.carrodecombate.com donde podrás encontrar toda la investigación de ModaBasura. En la web vamos además a subir todo este guión, con todos los links a todas las fuentes que hemos utilizado por si quieres ampliar la información. 

Y como te hemos contado al principio, estos podcasts se van a financiar con el apoyo de nuestras mecenas. Así que si tú también quieres apoyarnos para que sigamos produciendo episodios como este, puedes hacerte mecenas desde tan sólo 5€ al mes. De hecho esta es el primer episodio de una mini primera temporada de tres podcasts, en los que también hablamos sobre inteligencia artificial y sobre plásticos. Y que esperamos poder continuar pero eso es algo que dependerá, honestamente, de nuestro presupuesto. 

Esperamos que te haya gustado y no dudes en dejarnos tus comentarios, que será así cómo podremos ir mejorando. Muchas gracias por estar ahí.

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