Capí­tulo introductorio de «Amarga Dulzura»

Los desequilibrios del comercio internacional

La cadena de producción del azúcar no se resume a la siembra y el cultivo: después de la recogida de los tallos de la caña o de las raí­ces remolacheras, queda aún un largo camino hasta que el azúcar llegue a nuestra mesa: refinado, envasado, transporte, distribución. El comercio del azúcar es cada vez menos localista y más global, es decir, el azúcar que consumen los seres humanos de todo el planeta cada vez viaja más kilómetros. Esto, además de consecuencias sociales e incluso geopolí­ticas, supone un alto coste en términos medioambientales, que han abierto un debate en torno a la necesidad de proteger la producción local mediante medidas proteccionistas en cada estado que, además, protejan la soberaní­a alimentaria de cada paí­s. Frente a estas posiciones, los paí­ses del Sur enfatizan la injusticia que supone que los paí­ses del Norte, que obligaron al Sur a abrir sus fronteras a las manufacturas europeas y estadounidenses, levanten altos muros para defender su agricultura, el único sector en el que pueden competir muchos paí­ses africanos o latinoamericanos.

Mientras los jornaleros brasileños, camboyanos o guatemaltecos experimentan en sus carnes las duras leyes de la competencia del comercio mundial, los agricultores europeos que todaví­a plantan remolacha lo hacen gracias a los generosos subsidios de una Unión Europea, que no sólo garantiza su mercado imponiendo fuertes tasas al azúcar que llega de fuera, sino que coloca en el mercado exterior su azúcar a un precio muy inferior al de coste (práctica conocida como dumping). Con ello, expulsan del mercado a paí­ses que no pueden producir a un coste tan bajo, e introducen volatilidad en un sector que depende más de los subsidios y las cuotas que de la demanda real.

Paí­ses como Brasil, Tailandia y Australia han batallado en la Organización Mundial del Comercio (OMC) para poner fin al dumping practicado por una agricultura europea que se debate entre la competencia desleal con los paí­ses del Sur y la desaparición. Pese a las resistencias, y en parte gracias a la presión de los paí­ses exportadores del Sur «“o tal vez por la propia lógica del sistema capitalista-, algunas de estas medidas proteccionistas van cayendo, y desde 2006 los cambios regulatorios en el mercado europeo del azúcar han hecho caer en picado los cultivos de remolacha en paí­ses como España, al tiempo que los criterios de eficiencia imponen una mayor concentración al sector. Sin embargo, la liberalización del sector no ha hecho aumentar, por ahora, el precio internacional del azúcar. En cuanto a Estados Unidos, otro importante productor de remolacha, las tareas de la cosecha están reservadas de forma casi exclusiva a los inmigrantes latinoamericanos. Una vez más, del norte de América hasta Camboya, inmigración y explotación laboral van de la mano.

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