Capí­tulo introductorio de «Amarga Dulzura»

¿Demasiado azúcar?

La adicción y la enfermedad llegan al final de la cadena. A los seres humanos nos gusta el azúcar por naturaleza, pues los azúcares son la principal fuente de energí­a para el consumo inmediato de nuestras células. Además, el organismo humano tiende a habituarse rápidamente al consumo de una determinada cantidad de glucosa, lo que significa que, cuanta más tomemos, más nos pedirá el cuerpo. Como en la leyenda del Arce, los problemas para la salud derivados del consumo de azúcar llegaron con su fácil acceso. Durante siglos, no estuvo al alcance de todos; hoy, el abuso en el consumo de azúcar deriva en enfermedades graves, como la obesidad y la diabetes, cada vez más frecuentes en los paí­ses ricos, donde el estilo de vida es cada vez más sedentario.

Las campañas publicitarias que promueven el consumo de azúcar se alternan con la propaganda que nos inyecta la afección por lo «˜light»™ o «˜diet»™. Pese al miedo a engordar generalizado en buena parte de la población, especialmente entre las mujeres, el consumo de azúcar sigue creciendo en el mundo opulento: en España, pasó de los 24 kilos por persona y año en 1987 a los 30 kilos de 2003 (10). Sin embargo, el consumo de azúcar de mesa «“los cristalitos que le colocamos al café o con los que preparamos los postres- disminuyó notablemente. ¿Y entonces? La respuesta está en los hábitos de consumo. La mayorí­a de los productos elaborados que compramos, dulces o salados, llevan azúcar añadido, desde unas empanadillas hasta una salsa de tomate, pasando por los embutidos. El 75 por ciento (11) del azúcar que consumimos viene de este tipo de productos, sin duda menos saludables que los alimentos frescos. La mayor parte de las veces, consumimos azúcar sin siquiera saberlo»¦

Las resistencias

Los datos siempre son frí­os, pero esta larga cadena, subyugada a la lógica del capital, oculta miles de nombres propios, protagonistas, ví­ctimas y triunfadores. Conoceremos sus historias. Y tampoco será todo amargura: cada vez surgen, también, más alternativas que buscan un menor impacto social y medioambiental, como la miel «“que endulzó los paladares europeos hasta la generalización del consumo de azúcar en el siglo XVIII- o la estevia, una planta que muchos aclaman por sus cualidades medicinales y que se puede cultivar en cualquier balcón. Y resistencias de quienes, a lo ancho y largo del mundo, sufren en primera persona los vaivenes del mercado, como los valientes guerreros del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil. O quienes, desde latitudes más acomodadas, pelean desde sus pequeños huertos caseros para escapar a la lógica de un sistema donde cada vez es más difí­cil tener garantí­as sobre la toxicidad de los alimentos que comemos.

La primera batalla es la de la información. Queremos saber no sólo de dónde viene el azúcar, sino en qué cantidades debemos consumirlo y cuál es la bondad tanto de las alternativas solidarias «“el comercio justo está en el punto de mira- como de los sustitutos «“ciertos edulcorantes hipocalóricos, como la sacarina, han sido prohibidos en algunos paí­ses por sus efectos negativos para la salud-. Queremos conocer cuáles son las perversiones de un sistema que alimenta a los coches antes de las personas, y que, en nombre de la sacrosanta libertad «“que a menudo no es sino una carta blanca a la dominación de los grupos de poder-, condena a la miseria y al despojo a millones de campesinos en todo el mundo, obligados a trabajar de sol a sol a cambio de un salario indigno. Un sistema para el que todo es mercancí­a, desde la tierra a los jornaleros, desde el agua a las semillas. Nada escapa a la lógica de la acumulación de capital y a las voraces leyes de competencia del mercado global.

La producción del azúcar sigue siendo una historia muy amarga. De todos nosotros depende hacerla más dulce.

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 10. Cf. «¡Que no te amargue un Dulce! Revista Options, verano de 2009, pag. 11.
11 ídem.